Exposición Individualabr 1999 - jun 1999· Por Ernesto Sosa

Milagros de la Torre

Museo Carrillo Gil

"Lo siniestro sería aquella suerte de sensación de espanto que se adhiere a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás"1

Sigmund Freud

En las fotografías de la peruana Milagros de la Torre, los objetos tienen la palabra aun cuando el sujeto aparezca. Los objetos son vistos con su carga de significaciones que remiten al sujeto ausente. Hay una huella, o más bien, un cúmulo de huellas que confieren al objeto su poderosa carga emotiva y vivencial; la elisión del sujeto no hace más que acentuarlas.

Exposición Individual: Milagros de la Torre — imagen 1
Milagros de la Torre. Bajo el sol negro, 1991-1993. Impresión de plata sobre gelatina, cera. 100 x 80cm.

En algunos de los trabajos de Milagros de la Torre se documenta también, aunque de manera no explícita, el afán taxonómico de la institución social; la clasificación del sujeto y del mundo. Si pretendiéramos hacer una lectura foucaultiana de su trabajo, no sería difícil advertir paralelismos entre el contenido latente de algunas fotografías y la arqueología que el filósofo francés desarrolló en sus trabajos epistemológicos, particularmente en Les mots et les choses, o en sus investigaciones sobre la sociedad carcelaria y la institución psiquiátrica. Estas cuestiones subyacen en trabajos como En blanco, en los que se han fotografiado los censos del siglo XV de la ciudad de San Marino, en los que aparecen luminosos pergaminos donde ya no son legibles los nombres de los censados. Como lo señala la ficha referencial, "¿Qué es lo que determina que se documenten o no las cosas, qué es lo que define la mente selectiva que construye los elementos dispersos que sobreviven al tiempo?" Desde mi punto de vista, la respuesta puede concernir más directamente a ese impulso social clasificador de la episteme moderna estudiada por Foucault, que a la abstracta selectividad de la mente. El censo es, además de muchas otras cosas, una forma de control social y político; una variante de la sujeción que la institución ejerce sobre el individuo, la clasificación o categorización, el principio rector que guía la mirada sobre el mundo. Una especie de síndrome de la enciclopedia china del cuento de Borges atraviesa todo el pensamiento racional desde el alba de la modernidad.

En la serie Últimas cosas, la artista presenta objetos utilizados para la rehabilitación de enfermos mentales. Estos objetos se nos presentan en toda su frialdad y desnudez como una alegoría de la reclusión, del confinamiento al que la sociedad condenó a los locos haciéndolos perder la dignidad de su sinrazón significativa. Los objetos irrumpen en una atmósfera de opresión y nos recuerdan el silencio ominoso roto por un grito furtivo o un sollozar lejano. Aquí, aunque no esté el sujeto, todo nos remite a él. A él, artífice y destinatario. Al ver las fotografías de Milagros de la Torre comprendemos que no hay objetos neutros o impolutos; todos tienen algo que decirnos, aún los mudos desechos reciclables de las sociedades postindustriales están cargados de alguna significación; son por sí mismos testimonios, aunque ya casi nunca los interrogamos.

Esta cualidad es más evidente en los trabajos políticos, como en Sin título (Los desaparecidos), en los que las prendas simulan la presencia del sujeto. En Los pasos perdidos, los objetos tomados en el vestíbulo del Palacio de Justicia de la ciudad de Lima son portadores de una historia, de un sufrimiento y, tal vez, de un clamor de justicia. Mudos testigos de crímenes pasionales o masacres políticas, los objetos nos hablan; murmuran primero algunos sonidos ininteligibles, después nos narran y emprenden un diálogo con nuestra mirada. Al verlos, accionamos una caja de música. Se trata de pequeños mundos de significación.

Esta capacidad iluminadora de la artista que fija nuestra atención en un objeto que se revela ante la mirada es más patente y menos oprobiosa en Gancho/medias. Alargadas/falda, Medias/vestido/zapatos/mano, en el que parece reflejarse un delgado hilo de la memoria por el que se filtra una historia cualquiera.

En Bajo el sol negro retoma el oficio del fotógrafo de pueblo; el sujeto reaparece bajo una forma despersonalizada y anónima. Uno se retrata por necesidad o diversión, y al hacerlo, está generando un objeto y, por lo tanto, generando el primer paso de un futuro mecanismo significante que quedará ahí, a la espera de que alguien lo ponga a funcionar. Cuando observamos una foto anónima, vieja o nueva, al igual que cuando leemos algo, propio o ajeno —pueden ser sólo unas líneas o un libro—, pareciera que estamos dotados de una máquina de evocaciones distinta para cada uno de nosotros y para cada tiempo y lugar. Quizá nuestra máquina esté ahora un poco debilitada por ese alud de objetos mudos y por la pérdida de nuestra capacidad evocadora, propiciada por la homogeneización de la sociedad global.

Se percibe un aire siniestro en algunas de las fotografías de Milagros de la Torre, y lo siniestro es una de las categorías que la fotografía puede retomar, si es que interesan a estas alturas las categorías estéticas. Lo siniestro es, en esencia, lo contrario a diestro, es decir, lo zurdo y torcido, y también lo no familiar, como en los objetos que, al mirarlos, pierden su cualidad cotidiana, su familiaridad, y se nos revelan como nuevos, como vistos por primera vez.

NOTA

1. Eugenio Trías, Lo bello y lo siniestro, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1984, pp. 190.

ERNESTO SOSA