México ahora: más allá del limbo de lo local

Diego Toledo. Epidermis, 1994-1995. Instalación. Dimensiones variables.

Colectivaabr 1999 - jun 1999· Por Pablo Helguera

México ahora: más allá del limbo de lo local

Delaware Art Museum

La pregunta de cómo contextualizar apropiadamente a los artistas latinoamericanos en el marco internacional no deja de inquietar a curadores y críticos. Dan Cameron, curador del New Museum de Nueva York, preguntaba recientemente en una mesa redonda si el criterio para integrar a Latinoamérica debe estar regido por la rectificación histórica, ya que esta región no ha recibido la atención debida en décadas anteriores por los museos norteamericanos, o simplemente porque la obra, en efecto, lo amerita. Obviamente, es una combinación de ambas cosas. Pero si bien nadie puede cuestionar la necesidad de mostrar la mayor cantidad de obras de artistas latinoamericanos en Estados Unidos o Europa, la geografía tampoco puede satisfacer la necesidad de elaborar una lectura convincente de un grupo de artistas cuyas similitudes no van más allá de vivir en una misma ciudad.

Puede tener sentido el hacer exposiciones tales como Arte contemporáneo de China, pero la decisión curatorial de agrupar a una serie de artistas bajo pretextos exclusivamente geográficos es arriesgado en estos días en que las nacionalidades y la especificidad cultural son cada vez menos determinantes de la obra.

Conscientes de esto, los curadores de México ahora: punto de partida, María Guerra y Robert Stearns, afrontaron el desafío de crear una muestra que, aunque parte de la idea de mostrar el tipo de obra que se hace en México, busca borrar las visiones estereotipadas de lo que suele interpretarse como arte mexicano. México ahora: punto de partida, que viajó a San Juan, Puerto Rico, así como a Charlotte, Pittsburgh, Chicago y Delaware, incluyó artistas nacidos entre 1944 y 1968, tanto nacidos en México como extranjeros que se han situado en el país y cuya obra ha sido realmente producida dentro de ese marco físico.

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Yishai Jusidman. Sumo V, 1995. Óleo sobre lienzo. Dimensiones variables.

Guerra y Stearns muestran obras de artistas como la inglesa Melanie Smith, cuya obra, indulgente en la fascinación por lo plástico y lo kitsch, aparentemente conecta con temas independientes de alguna cultura en particular. Y, sin embargo, al ver las construcciones naranjas de Smith, queda claro que la artista está respondiendo a una realidad urbana que es inevitablemente mexicana.

México ahora muestra obras tan disímiles que es difícil sacar mucho en claro entre un artista y otro, con excepción de que todos ellos viven la misma lucha por encontrar una voz definitoria que trascienda tiempo, tradición y lugar.

Pero si bien se puede concluir que ahora menos que nunca se puede agrupar o generacionalizar a los artistas de México, sí se pueden apreciar algunos vasos comunicantes. Yishai Jusidman, por ejemplo, quien presentó obras de sus series de luchadores de sumo y de rostros semi-invisibles de payasos, alude a temas relacionados con la percepción, la composición y el acto mismo de pintar. El mismo tema, pero desde otra perspectiva, es abordado por Mónica Castillo en una serie de paisajes que ella elabora bajo la dirección de una empleada doméstica. En una secuencia de varios cuadros con un registro de diálogo, la pintora trata de crear el cuadro ideal para Marta. Mientras que Jusidman mantiene un distanciamiento filosófico, Castillo plantea de una manera directa y novedosa la pregunta del papel que juega nuestra condición social en la elaboración de nuestros juicios estéticos.

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Mónica Castillo. Cuadros para Marta, 1995. Óleo sobre lienzo. Dimensiones variables. Abajo: detalle.

Por otra parte, Silvia Gruner, Betsabé Romero y Yolanda Gutiérrez, pertenecientes a generaciones distintas de artistas, muestran la misma pasión por una iconografía poética utilizando elementos derivados de la reflexión sobre la historia, tanto la natural como la social. Mientras que Romero yuxtapone elementos tradicionales y contemporáneos —cubriendo un reclinatorio o un extinguidor con flores secas—, Gruner elabora un lenguaje visual —una serie de fotografías de objetos aparentemente sacados de una excavación— que comparte procesos y estrategias con la de Gutiérrez, quien arma esqueletos ficticios de pájaros hechos con mandíbulas de res.

Otra serie de artistas buscan menos la reflexión de serenidad poética que la encarnación de aspectos viscerales de una sociedad convulsionada. La obra de Carlos Aguirre, Con el peso de la ley, consiste en una máquina con un peso de libros que caen violentamente sobre la imagen fotográfica de un individuo anónimo. Diego Toledo, por su parte, se vale del impacto, y en ocasiones, opresividad, de los letreros luminosos para elaborar epigramas inquietantes con preguntas abiertas (como las palabras Sin y más), jugando con la tensión que se da entre la ambigüedad de las palabras y nuestro impulso de formular un significado inmediato y digerido, como nos lo condiciona el lenguaje comercial.

México ahora ofrece un panorama general, y no tanto novedoso, pero sí introductorio, del tipo de obra que se produce en México. Al terminar de ver México ahora uno decide que la única manera de trascender la disyuntiva internacionalismo/nacionalismo es encarándola, asumiéndola y dando paso a otras opciones de lectura.

PABLO HELGUERA

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