La exposición que acaba de presentar la artista argentina Marie Orensanz en la Galería Evelyne Guichard —luego de aquella exhibida en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires (1998) y antes de la que tendrá lugar en la Galería Ruth Benzacar (1999)— fue interesante en muchos aspectos, sobre todo por la escogencia del sitio. Se trató de dos edificios diferentes, separados pero próximos, que obligaban al visitante a atravesar un espacio neutro para ir de una exposición a la otra. Este desplazamiento forzoso al exterior, que podría llevar a una ruptura en las propuestas de una misma historia, se convirtió en respiración de una luminosidad diferente, en ritual anónimo que reforzó la continuidad visual y sensible de dos espacios que proponían, según una dialéctica estética y poética, dos concepciones del color y del volumen. La obra fue suficientemente construida en el pensamiento y en el gesto como para resistir a ese no man's land y soportar ese anonimato. En el edificio más grande de esta antigua fábrica hecha de ladrillos rojos, donde las ventanas fueron caladas al estilo de claustro, Las hojas de la vida, la obra en negro, reunió los trabajos más recientes de la artista (esculturas en tela y técnica mixta). En el edificio contiguo se encontraba la obra en blanco titulada Las venas de la tierra, que comprendía obras en papel y mármoles.

La evolución de la obra de Marie Orensanz puede sorprender. Del blanco al negro, del mármol a la tela, de lo lineal a lo orgánico, del peso a la ligereza, de la materia al aire. El camino recorrido desde su manifiesto titulado Fragmentismo, de 1978, se acopla sin embargo a una lógica conceptual y formal que constituye el centro de la obra y genera su transformación en lo más profundo del proceso creativo. En ese deseo de la artista de desmultiplicar el objeto, para delimitar mejor su falta de conclusión y estado incompleto y exorcizar su dimensión de lo infinito, el fragmento de mármol recuperado en la cantera de Carrara, escogido por su existencia transitoria, es reemplazado por la fragmentación de la obra. No es menos evidente que subsiste, en esta última propuesta, "la integración de una parte a un todo”, que autoriza todas las libertades. La constancia en el cambio, la continuidad en la diferencia, he aquí uno de los aspectos más destacados de la obra de Orensanz, tal como se pudo ver en esta exposición.
El juego de contrastes, sabiamente orquestado por la exposición en dos lugares, abrió una lectura nueva a la alternancia del blanco y el negro, del mármol y la tela, también inducida por la explosión y diseminación de las formas. La sala blanca sería aquella de la meditación, del silencio, un espacio un poco monacal donde los papeles plegados y los mármoles construyen un orden siempre inacabado, una inestabilidad en la cadena polisémica del saber y de lo sensible. En cuanto a la sala negra, ella fue más bien dinámica. Gesto, trazo, despegue, grito. Acción. Alquimia de la mutación. Un hilo conductor guiaba la mirada mental y física, desde abajo (la tierra) hacia arriba (la vida), siguiendo la continuidad- discontinuidad de esos símbolos morfogenéticos. Las incursiones de la escritura sobre el mármol se han disuelto, el fragmento de materia ha explotado para convertirse en una nueva palabra, testigo desgranado en un orden disperso, sobre un muro liso e inmaculado. Esas diferencias no son en el fondo más que el juego de apariencias, pues las venas de la tierra y las hojas de la vida se mezclan y se responden en un solo y único tema que Marie Orensanz lleva al corazón de sus interrogaciones de creadora.
Es paradójicamente cuando está dibujando, pintando (sobre el mármol y el cartón) y ensamblando materiales diversos —luego modelando un lienzo misteriosamente impregnado de una mezcla que, al secarse, le dará esa rigidez definitiva—, que la artista da forma a su relación con el espacio y el mundo. Más que nunca, Marie Orensanz establece una relación carnal, amasando esa masa a la cual da formas que ella da el nombre de hojas, cubriéndolas de pintura negra. Sin embargo, con esas imágenes identificadas, metaforizadas (hojas de la vida), estamos tanto en el cuerpo (evocación del sexo femenino, de la mano) como en la naturaleza. Desde que comenzó a hacer "brotar" sus tótems abstractos, Marie Orensanz ha incursionado en una geometría en movimiento que corrobora su propuesta vital. Las tres etapas (venas/tierra, raí- ces/mujer, hojas/vida) no son sino las expresiones de un recorrido interior donde se entrelazan la reflexión sobre la forma y su sentido, y sobre la vida que se está viviendo.
La tercera observación que se puede hacer sobre esta exposición tiene que ver con el papel cada vez más importante de la museografía que interviene sobre el sentido de su obra. La artista considera que la presentación hace parte integrante de la exposición, insiste en colgar personalmente su obra. La relación entre el sitio y las piezas expuestas constituye así una dimensión inseparable del análisis de su trabajo. La incidencia de la luz es también un componente mayor, principalmente en la sala negra, donde fue filtrada por unas persianas, Alhambra moderna donde la obra negra (opaca) se cubre de una aureola y se impregna de una cierta religiosidad. Las hojas negras y los toques de luz formaron un damero de contrastes fugaces. En la sala blanca, una ventana se abría sobre la naturaleza, y la mirada del espectador andaba del exterior hacia el interior, en una ida y vuelta desde la verdadera naturaleza a la naturaleza imaginada. Es entonces que ser perfila en nuestra memoria o en nuestra imaginación la interrogación recurrente de Orensanz: la experiencia frente a ese "camino", que vas hasta quién sabe dónde.
CHRISTINE FRÉROT
