Aires es el título de la exposición de Magdalena Fernández, realizada en la Sala Mendoza de Caracas, en el último trimestre del año pasado. La muestra ha tenido gran significación por su calidad, por su denso planteamiento perceptual y sensorial, además de implicar una experiencia reveladora en la obra de la artista.
Para comprender esta muestra es importante señalar algunos aspectos de otras obras expuestas anteriormente. En aquéllas, la estructura conformada por elementos modulares sustenta la instalación. Estos elementos son formas puras, puntos o líneas, con los que la artista obtiene obras sutiles, caracterizadas por su levedad y fragilidad. Están en constante desafío con la gravedad y en permanente relación con el cuerpo humano —el del espectador—, siendo éste parte integrante de la obra vista así como un todo. Esta visión transparente, leve y móvil la obtiene en buena medida mediante la escogencia de materiales apropiados para ello (nylon, aluminio, poliéster, acero, etc.), y la ausencia, en muchos casos, de color. El espacio como vacío, más que un lugar para ser llenado, es considerado como un valor que acentúa la percepción de esa estructura leve y casi imperceptible. Estas estructuras han sido asociadas —discutiblemente— con los constructivistas y cinéticos e, incluso, con la obra de una gran artista como fue Gego.

Diseñadora gráfica, Magdalena Fernández se reconoce como discípula de una escuela seguidora de los preceptos de la Bauhaus. Posteriormente, en Italia, estudia con el maestro A. G. Fronzoni, de orientación minimalista. Siente pasión por la geometría y las matemáticas, lenguajes abstractos que le otorgan certeza y seguridad en su trabajo. A esto se agrega la importancia dada a la percepción como forma de acceso y apreciación de su obra, ya que ésta consiste en la reinvención de un espacio. Este es posible por medio de proyecciones o instalaciones logradas a través de transparencias, relaciones entre llenos y vacíos, asimetrías, etc.
Pero, por paradójico que parezca, tal grado de abstracción es llevado a una condición más orgánica. Ello se logra mediante retículas que establecen una correspondencia entre la naturaleza y su condición más abstracta. Ello lo descubre en 1997, en la pieza instalada en el Museo Jesús Soto. Allí es cuando adquiere conciencia del valor del vacío, pues la sala es dejada a oscuras y la luz pasa a tener función protagónica desde el momento en que 65 líneas luminosas se encontraban suspendidas en equilibrio dentro de ese espacio sensorialmente ilimitado. A partir de esta obra se propone romper la idea de un espacio estable. La luz, el agua y el aire en movimiento conforman los tres elementos esenciales tomados de la naturaleza, que permiten a la artista crear una atmósfera de esta índole. De allí Aires.
La primera obra (9i998) coloca al espectador en total estado de suspensión. "Yo sentí que volaba en un mar de viento", señaló una pequeña espectadora. Porque no existe aparente estructura. La instalación toma la sala en su totalidad. Paredes y techo constituyen una gran pantalla donde se reflejan las ondulaciones del agua creando tramas, asimetrías, ritmos. Lo proyectado constituye la retícula orgánica. Es el movimiento del agua, posible gracias a la luz, teniendo como soporte el mismo aire de la sala. Los medios utilizados son tanques de PVC y vidrio, colocados en el piso llenos de agua. Esta se mueve por medio de unos compresores, y la luz permite la proyección de la imagen. El desequilibrio buscado invariablemente en todas las piezas de la artista, se manifiesta en la condición misma de una superficie líquida. Se trata de un arte asumido con una racionalidad impecable. La luz y los impulsos que mueven el agua están programados. Existen un tiempo y un ritmo cuya tecnología queda en función de la belleza. El resultado es una total experiencia sensorial y poética.
Lejos de plantearse una obra de carácter conceptual, Fernández, por el contrario, recupera la visión. Una visualidad además bella, que involucra al espectador situándolo en comunión con la obra, ofreciéndole excepcionales instantes de placer, recogimiento o meditación. A diferencia del cinetismo, cuyo movimiento o manipulación por parte del espectador da sentido a la obra, nos encontramos ante una pieza que no se interviene y cuyo sentido se sustenta en el vacío de la sala. Austeridad, anonimato, neutralidad y vaciedad son conceptos que se oponen al cinetismo tradicional y, sin embargo, en nada inhiben el valor poético y estético presente en la obra.
10i998 es un recipiente de vidrio en cuyo interior el alcohol es prendido en fuego. La obra, fugaz, es otra manera de experimentar la belleza y, a la vez, la fuerza agresiva de la materia contenida. Se trata, como bien lo señala Rafael Castillo Zapata, "de una toma de conciencia de la propia materialidad que somos".
AJi998 consiste en una línea hecha con un espejo, colocada sobre una gran pared blanca que une las dos grandes salas de la galería. Se trata de una forma simple, elemental. Esta línea divisoria, en la que todo se refleja, es una pieza casi imperceptible en la sala, propia de la cualidad austera y leve de la obra de Fernández. En contrapartida, 11i998 es video que reúne visiones de burbujas e imágenes de agua y fuego, tomadas de diversas piezas de la artista. Se trata de formas en transformación, y constituye otra manera de enfocar la disolución de una estructura en cuerpos inestables. El color es determinante en estas imágenes y permite el paso de una imagen a otra. El video se convierte en un centro de contemplación, rodeado de un halo de fascinación y misterio.
No cabe duda de que Aires constituye una muestra de obligada referencia en la plástica venezolana y, sin duda, un paso crucial en la labor investigativa y creativa de Magdalena Fernández.
SUSANA BENKO
