Para el pintor Jason Galarraga el cuadro es el lugar más oportuno para meditar sobre la pintura, sobre los iconos de la historia del arte y sobre el espacio pictórico. Esa concepción de la obra como soporte de lo intrínseco de lo visual caracteriza la trayectoria de Galarraga, activo en las artes plásticas venezolanas desde mediados de los años ochenta.
Fue en París donde Galarraga definió su visión de pintor. Son los tesoros de los museos parisinos los sujetos iconográficos e informativos que de manera reiterada van estableciendo los perfiles de su propia obra. Es París, finalmente, una evocación constante en la imagen plástica del artista.

Así, Défense d'afficher, título de su exposición, evoca esa sentencia autoritaria que mil veces aparece en los muros de París: "prohibido fijar carteles". Pero en Galarraga esa cita no tiene más valor que un dato de conjuro. La tela es la pared, y en ella no hay afiches sino elementos de un fraseo pictórico, cualidades de una pintura de amplio registro matérico en el que encontramos aperturas y cambios de dirección desde la materia misma. Luego, están algunos breves datos, sean pautas constructivas, serialidades, figuras geométricas, zonas cromáticas o citas del arte, bien Ingres o Duchamp e, incluso, la reproducción de diseños populares galos, como aquel del cigarrillo Gitanes.
Galarraga persiste en los códigos de su pintura, en un límite no establecido entre pintura propiamente dicha y dibujo, entre lo magno y el detalle, entre lo público y lo privado, en un campo visual que tiene, por una parte, la riqueza de la materia, de la paleta, de su progresivo contraste y, por la otra, la incorporación como asunto plástico de la letra, de la escritura, de la frase de molde, que bien puede ser el abecedario o algún nombre en particular, pero, a pesar de esto último, sin la denominación que significa, pues aparece en función de un nuevo hecho pictórico, donde se comportaría, en consecuencia, como factor del código que proponga el artista.
Luego, es acertada la apreciación que hace la crítica María Luz Cárdenas, cuando dice que esta obra es una especie de modelo para armar, "con lo que (Galarraga) rompe la uniformidad de la tela". Entonces, el gran mérito del artista sería trabajar desde códigos figurativos, sin plantear series temáticas y, muchísimo menos, cuestiones anecdóticas.
Obra de grandes formatos, sin abigarramientos de motivos, en mutación del concepto de dibujo (recurre al acrílico, al crayón de óleo y al grafito sobre tela), y de libertad en la función de la materia, es asimismo el lugar donde se conjuga lo público circunscrito a lo urbano, a la letra que asociaríamos a fundamentos comunes y colectivos, a imágenes emblemáticas rápidamente reconocibles y, al mismo tiempo y con igual intensidad, un territorio de lo privado que, desde aquello que concierne al autor, permite una identificación reflexiva con los códigos, los giros y climas de una pintura que estimula la invención de otra imagen, aquella de la memoria (en el marco de la cultura, de la sociedad que compartimos) y de los firmes lazos desde lo inmaterial.
JUAN CARLOS PALENZUELA
