Las fotografías de Héctor García de los años cuarenta a los ochenta captan en forma evocadora lo inesperado de la vida mexicana. Sus imágenes siguen la tradición de su maestro, Manuel Álvarez Bravo, el fotógrafo mexicano más famoso del siglo XX, centrándose en los detalles extraordinarios y en el juego de línea y luz evidente en el cuerpo de un niño que camina entre dos autos, o el de una mujer que esculpe una vasija de barro. Las imágenes de García, sin embargo, se expresan a través de los ojos de una crítica social, y desde 1960 se le ha reconocido por su obra excepcionalmente perspicaz como reportero gráfico. Como residente oriundo de la ciudad de México, cuando era niño trabajó como vendedor callejero para mantenerse, y sus fotografías retratan con sensibilidad esta experiencia y perspectiva.
Niño en el vientre de concreto, 1952, es una de las imágenes más poderosas de García, que combina una sobria composición modernista con un desgarrador comentario social. La imagen presenta la vista desde arriba de un pequeño espacio rectangular recortado de un andén de concreto, sobre el cual yace un niño de la calle, hecho un ovillo. Sus rodillas se doblan hasta la cabeza, sus pies se apoyan contra el marco de la obra, delimitando su diminuto refugio, y su cara se esconde detrás de unas sucias manos. Esta fotografía es, en un plano, una sorprendente imagen casi abstracta de un rectángulo dentro de otro rectángulo, expresada en mesurados tonos de gris y negro. En otro plano, es una expresión profundamente perturbadora de la lucha de este niño por sobrevivir, revelada por sus raídos y sucios pantalones, sus ennegrecidos pies y su enmarañado cabello.

El énfasis de García en las preocupaciones formales así como en las temáticas se revela también en Paso a la luz, 1963, una imagen de tranquilidad, casi etérea belleza, reminiscencia de una fotografía de Álvarez Bravo. La imagen que García retrata es una pequeña niña bañada por la luz del sol, escapándose de la cámara hacia un patio de piedra a través de una rústica puerta en forma de cruz. Su cuerpo proyecta una sombra que corta diagonalmente el piso de tierra del que, de otra forma, sería el cuarto oscurecido del cual salió la niña. Al fondo del patio se ve una resquebrajada pared de adobe, interrumpida por un par de grandes puertas de madera. García captó un momento mágico en este marco, una especie de enunciado metafórico expresado por la huida de la niña de la oscuridad a la luz.
A pesar de que muchas de las fotografías de García parecen enfatizar deliberadamente los asombrosos contrastes visuales producidos por la luz y la sombra, o la sobria composición definida por un solo detalle cautivador, también creó numerosas imágenes documentales. Estas fotografías registran su mundo, reflejando las dificultades de la mayoría de los mexicanos, con unos ojos profundamente humanos. En Ciudad Nezahualcóyotl, 1959, García retrata una de las áreas más difíciles de la ciudad de México como pobre y orgullosa a la vez, un desolado tramo de polvorienta carretera bordeada de una cacofonía de prominentes postes telefónicos y cables caídos. La pálida y vaga silueta de las montañas volcánicas llena el horizonte y una solitaria figura en bicicleta cruza la vía que corta en diagonal el grupo de achaparradas casas de bloque. La fotografía de García presenta la humilde comunidad como una visión casi surrealista. Parece estar bañada de una especie de energía mística generada por los totémicos postes telefónicos que marcan la árida extensión como las elevadas cruces de madera que cubren las cimas del sureño estado mexicano de Chiapas.
En Jaque, 1958, García fotografió en la ciudad de México una monumental estatua clásica de piedra de una figura histórica a caballo, sepultada por hombres y niños trepados encima de la figura y el caballo, agarrados de la cola del animal y agrupados en la base. Cada persona lucha por divisar el espectáculo público, probablemente un desfile, que pasa por la calle. El pasado compartido de estos mexicanos se refleja en el imponente monumento de estilo soviético de la Revolución, que los acecha por la espalda desde la lejanía llena de smog. A pesar de que parecen estar tranquilos, uno no puede menos que pensar en la fuerza de cambio que jóvenes como éstos pueden producir; concretamente, la Revolución mexicana, cuando la situación lo exija.
La cara humana de la vida mexicana que García evoca con tanta fuerza está ejemplificada en su obra maestra, Hombre ecológico, 1965. El perfil de un joven, de la cabeza a la cintura, se presenta ante la cámara, mientras hace una pausa después de trabajar en el campo de Veracruz. Sobre la cabeza lleva un sombrero de paja por debajo del cual caen gotas de lluvia mezcladas con sudor que se deslizan por sus mejillas y su cuello. Extendida sobre sus hombros, como alas, se despliega una enorme hoja tropical cuyo tallo, al bajar por el centro de la espalda del joven, hace las veces de columna vertebral. Es un extraordinario retrato de un hombre joven y su mundo, qué transmite tanto la habilidad del chico como sus humildes circunstancias. En esto radica el talento de García. Sus fotografías resuenan porque, al mismo tiempo, describen las realidades de la vida y captan los imprevistos detalles que matizan nuestro mundo.
MARY SCHNEIDER ENRIQUEZ
