Incluso antes del bien conocido muro, Berlín era una ciudad dividida por el conflicto y las batallas internas. Para el artista Enrique Martínez Celaya, quien hizo de Berlín la piedra de toque temática para sus últimas pinturas y esculturas, todas las guerras se interiorizan, dejando cicatrices en la psique y en el cuerpo. Sobre la pared de la galería, el artista garabateó parte de un poema que escribió en 1997 sobre el deteriorado brillo e inolvidable violencia de esta ciudad; pero es la obra en sí — escalofriantemente vacía y cubierta de pétalos de rosa, cabello humano, pintura aguada o partes amputadas del cuerpo— la que convoca por completo la marea emocional de nostalgia y pesadumbre que le dio a esta exposición su latido casi físico. Por mucho tiempo, el modernismo y el postmodernismo se han sentido incómodos con la emoción.

Más aceptables, especialmente en Los Ángeles, se encuentran obras que exhiben un indiferente cinismo o una ironía crítica. Pero las obras de Martínez Celaya son desenfadadamente apasionadas en la forma como combinan los materiales físicos y una pintura inteligente y sugestiva; contribuyen a un refrescante encuentro con algo profundamente sentido y reflexivo.
En las imágenes de Martínez Celaya y en la forma como las presenta en la galería siempre hay espacio: grandes regiones de desolación teatral que conservan el irónico contenido de los lienzos, a la vez que dejan espacio para reflexionar sobre el significado. En The Confessional, la pintura blanca aguada constituye un amplio aunque frágil piso para varias manchas rojas circulares y la reveladora evidencia de las blondas de papel embadurnadas de pintura que el artista empleó para hacerlas.
Estas manchas salpican la pintura como decorativas huellas sangrientas que rodean a un pájaro casi invisible. Su cuerpo es una borrosa silueta bajo la pintura, pero su delicada cabeza delineada a lápiz surge ilesa, y de su pico abierto sale suavemente, como un susurro, la palabra untrue (falso) dibujada a lápiz. Una línea escrita, de dorado brillo, deletrea las enigmáticas palabras just great (fantástico) por entre los manchones rojos, enviando toda la imagen a un confuso estado de mentiras y negación que parece cuestionar toda verdad, así como el territorio entre silencio y habla.
Para mí, la forma en que las pinturas de Martínez Celaya rechazan la certeza y presentan continuamente la trascendencia como fragmentada y elusiva es lo que las hace tan conmovedoras. Al disponer las imágenes en capas, permite que el significado se fusione lentamente en el lienzo. En pinturas como Terror and Remains, el ojo tiene que llegar más allá del fuerte color de las imágenes superficiales para descubrir la gruesa tela incolora bordada que brota de la parte superior de una cabeza transparente. En una esquina, la forma ambigua de un brazo o pierna casi invisible que flota, como la cabeza cercenada, sobre las apabullantes formas rojas, convierte todo el lienzo en un campo de batalla de enternecedora y efímera carne y pesadas manchas de sangre.
Las imágenes de Martínez Celaya son reticentes. Hablan de viejos sufrimientos y terrores como el holocausto judío, dejando que los colores y los materiales formen asociaciones que lo sacan, como una toxina, de la propia mente del espectador. Es un sobrio tratamiento de persistente horror y es particularmente inquietante en sus esculturas.
Para esta exposición, Martínez Celaya moldeó cabezas y brazos hechos en resina mezclada con tierra y follaje seco hasta que tomó un color casi negro, y luego los colocó sobre pedestales altos. Fuertes reminiscencias de relicarios católicos o de exhibiciones de cadáveres momificados que se encuentran en los museos son perturbadoras aunque extrañamente románticas, con sus vueltas de rosas secas aglutinándose alrededor del cuello, trozos de piel de pálida cera o blancas líneas escarificadas de sensual poesía que se deslizan como tatuajes amorosos y sentimentales sobre la parte posterior de los brazos. Tal vez estas obras, más que las pinturas, revelan cómo Martínez Celaya ve el conflicto como dolor y belleza a la vez. Es una posición entrelazada con la pérdida, que lucha por encontrar significado entre las cenizas.
SUVAN GEER
