La definición del arte contemporáneo en el contexto mexicano está lejos de ser simple o evidente. La relación de tensión que los artistas de nuestro país tienen hacia adentro y hacia afuera de nuestras fronteras ha provocado en no pocas ocasiones debates y confrontaciones que parecen innecesarios. Sin embargo, parece mantenerse una postura basada en la dicotomía centro-periferia, a partir de la que se estructuran los juicios de valor y las interpretaciones sobre el arte más reciente producido por artistas mexicanos. En este contexto, la exposición más reciente de Tarcisio obliga a plantearse la pregunta ¿cómo hablar de la obra de Eloy Tarcisio al margen de los debates sobre el nacionalismo y la mexicanidad?
Comoquiera que se responda a esta pregunta, me parece importante ubicar la figura y las propuestas de Tarcisio dentro del contexto más amplio del arte no tradicional. Las obras de Tarcisio se insertan en lo que puede llamarse la tradición de la ruptura instaurada por la vanguardia artística desde el último cuarto del siglo XX. Aquí es donde su obra se torna capaz de jugar en más de un campo material, conceptual, regional, estético y artístico, además de estar fundamentalmente signada por el reconocimiento y la reconciliación con el sentido de lo efímero.

Los trabajos de Eloy Tarcisio se insertan en el campo de un arte efímero cuyas temáticas se encuentran en constante cambio y, por lo tanto, sus soluciones también, planteando experiencias y vivencias que sólo son posibles a través de obras vivas como Vista de siete días de Huipana Michoacán, con la que obtuvo una mención honorífica en el Primer Encuentro Nacional de Arte Joven en 1981. Se trata de siete tablones de madera sobre los que se clavaron nopales que después fueron bañados con chapopote. La pieza era en parte un homenaje al padre del artista y a las jornadas de labranza en el campo michoacano; pero también se presentó como una protesta contra el internacionalismo vacío simbolizado por la cortina de nopal de Cuevas.
Algo significativo en el conjunto de su trabajo es su capacidad para utilizar materiales y referencias obviamente locales, sin por ello limitarlas a una lectura exclusivamente semántica o iconográfica. Al contrario, el aspecto formal y composicional de sus propuestas tiene el efecto de una transubstanciación sobre sus materiales y motivos: son lo que se ve — corazones, pétalos, sangre, semillas, nopales—, pero también son otra cosa, y esa otra cosa siempre tiene que ver con un aspecto vital e integral de la condición humana. En este sentido, lo efímero no sólo es literal, en el sentido que los materiales y soportes de las piezas son obviamente degradables, sino que las obras se nos presentan ellas mismas durante este proceso de transformación, y ello precisamente porque se trata de obras de arte (que no objetos). Desde este punto de vista, es significativo el carácter procesual de una gran parte de su trabajo: la obra —tal vez sería mejor hablar de evento o acontecimiento— está sucediendo ahí frente a nosotros, gracias a nosotros, pero sobre todo sólo porque estamos ahí para atestiguarla, integrándose en el acto a nuestro bagaje de experiencias.
La capacidad de diferenciarse como obra artística es una constante de su obra. Ya se trate de pintura sobre láminas de desecho encontradas, de lienzos —sin marco— pintados con sangre y pulpa de frutas, o de tablones de madera o muros cubiertos de pétalos de flores o tunas, es imposible confundir cualquiera de estas cosas con un acontecimiento accidental o con el producto exclusivo del azar. Se trata de obras procesuales intencionadas que ponen de manifiesto la capacidad del artista para pensar su arte en registros diferentes y a la vez simultáneos. Es decir, las obras funcionan vitalmente justamente porque no se confunden con la cotidianidad: parten de ella pero para transformarla y traducirla estética y artísticamente, de tal modo que el poder de la verdad que nos revelan es mucho más contundente.
En sus trabajos más recientes, Tarcisio ha recurrido a la utilización de semillas —ya sea con lodo y tierra, o solas—, aludiendo a un tipo de efimeridad del todo distinta de la de obras anteriores. Si en Vista de siete días se trataba de evidenciar el proceso de descomposición de los materiales, las transformaciones que actualmente sufren las semillas tienen una connotación más productiva: las piezas están pensadas para que las semillas germinen, se produzcan. En este sentido, hablar de un re-nacimiento no es descabellado. En la trayectoria de Eloy Tarcisio vemos, por fin, como los dos extremos se unen en el círculo que contiene la creación y la destrucción, y, muy probablemente, para llegar hasta este punto, le fue necesario transitar por parajes más desoladores, pero no por ello menos ciertos. Desde cualquiera de los lados, se puede participar del proceso creativo.
Así, el trabajo de Eloy Tarcisio es doblemente contemporáneo. Sus propuestas se han vinculado formal y conceptualmente con el arte más actual, pero especialmente en su condición de efimeridad se vuelven momentos, tránsitos pasajeros en la vida de quienes las experimentan y se ven tocados en ese instante, en el presente de la experiencia, por su arte.
ISSA MA. BENÍTEZ
