En el encuentro de arte intercaribeño que se celebró en St. James, Barbados, el Caribe hispanófono se destacó por la coherencia y la contemporaneidad de sus representantes. Por primera vez, esa isla del "South Caribbean", situada entre Santa Lucía y San Vicente, organizó, luego de posponerlo dos veces, un evento de esa naturaleza. Algunas semanas antes, se celebró un coloquio también intercaribeño sobre crítica de arte. Barbados posee un alto nivel de cultura, con muy buenos artistas.
El planteamiento de Carivista era que el Caribe se interroga sobre su identidad, sus rasgos distintivos, sus legados, y sobre la mejor manera de abordar la contemporaneidad. La Fundación Cultural pidió a cuatro críticos de la región seleccionar y presentar un núcleo de artistas, oriundos, respectivamente, de las Antillas anglófonas, francófonas, hispanófonas, holandesas, fijando el número por isla. Cada curador debía proponer un ejemplo concreto de lo que él entendía por arte contemporáneo, capaz de desarrollarse en el Caribe y contribuir a su proyección.

Respondiendo al encargo de curar la representación del Caribe hispanófono, numéricamente predeterminada —2 dominicanos, 1 cubano, 1 puertorriqueño—, quisimos demostrar la compatibilidad de un compromiso contemporáneo radical con la obra de Tony Capellán y Fernando Vareta, por República Dominicana; Quisqueya Henríquez, por Cuba; Néstor Otero, por Puerto Rico. Todos participaron con instalaciones, a excepción de Varela. Dominique Brebion, curadora de Martinica y el Caribe francófono, expresó que fue la representación de lectura más difícil, pero la que mayores horizontes abría, con propuestas diferentes.
Tony Capellán, que hoy se dedica principalmente a la instalación y la tridimensionalidad, presentó una obra irradiante, por definición. Su Tierra de Sol era un astro, circular por necesidad, estructurado con chancletas recogidas en vertederos playeros informales, cromáticamente calentadas en la gama de los amarillos. No faltaba el talón de Aquiles: los clavos que perforan las suelas en el mismo medio... Su lectura se enriquecía en dos sentidos: el sufrimiento del inmigrante caribeño, y/o que, pese a las apariencias, no es una situación de total indefensión: penetrar aun agresivamente le corresponde a la diáspora antillana. Con el mar Caribe —representado por un rectángulo de azules— Tierra de Sol es una formulación cimera en la última producción del artista.
Fernando Varela, aunque ha abordado exitosamente la instalación, se aterra a la obra pintada, y esa persistencia le sienta bien. El equilibrio de las energías, de lo terrenal, espiritual y místico, se expresa perfectamente mediante el políptico, según tres paneles o un solo panel dividido en tres esculturas. El artista no deja de volcarse hacia la prehistoria, trátese de los tiempos bíblicos o de los tainos. Les rinde un homenaje iconográfico —flor y espinas—, recuerda sus vivencias e hispaniza colorísticamente el espacio, demostrando por cierto la fuerza de la sobriedad. Aun si Fernando Varela trabaja sobre tela o sobre papel —como fue el caso en Barbados—, la calidad armónica y textural es la misma, el dibujo y la pintura conforman una totalidad.

Quisqueya Henríquez, cubana por el jus soli y el origen materno, goza ya de una sólida reputación internacional. Su obra, plural en categorías —excepto la pintura, que ha apartado deliberadamente— y rica en materiales, se elabora con una teoría conceptualista. Ella pide al receptor de su obra que viva el arte, lo rete, lo someta a sus gestos y movimientos, involucrándose física, psíquica e intelectualmente... a imagen y semejanza de ella. Para esos fines, ella ha construido una serie de trípticos, en goma dura, que juegan con fotografías de pies-pasos: el espectador se mueve, viendo y caminando, entre elementos horizontales y verticales. Presentó un enfoque totalizante de la creación artística, sin que olvidemos su naturaleza de "instalación", modificable según el lugar de exposición.
Néstor Otero, en Puerto Rico, pertenece al ala radical de los contemporáneos de su isla. De São Paulo a Kassel, su aporte ha sido coherente. Carivista confirmó su contribución al arte que se está haciendo. Investigó, en Barbados, la línea del tiempo en el espacio, colocando en la pared una instalación que, aparentemente, desafiaba la ley de gravedad. Con la máxima eficiencia —plástica y expresiva— usó materiales pobres, esencialmente papel, tierra y cartón. Su composición es un ensamblaje, cuyo ritmo se observa en todas las direcciones. Hay en esta obra fuerte y frágil un mensaje de pureza y una preocupación de reciclaje (forma concreta de reflexión y metamorfosis), una propuesta estética y una advertencia ideológica, a la vez.

Los esfuerzos hechos por Barbados, la Fundación Cultural Nacional, su coordinadora Andrea Wells y un equipo muy pequeño, consiguieron que fuese una primera experiencia muy positiva, en lo humano y lo artístico.
Predominaron la densidad, la coherencia y la seriedad de los discursos, notables también en la representación anglófona, curada por el crítico y artista Chris Cozier, de Trinidad, proponiendo performances, instalaciones y pinturas. Sus elementos estéticos demostraron la simbiosis del potencial colectivo y la originalidad individual en el arte de ruptura, representado por el propio Chris Cozier, Walter Bailey (de Barbados), Charles Campbell (de Jamaica), Susan Dayal y Dave Williams (de Trinidad). En el Caribe francófono, seleccionado por Dominique Brebion, se destacaron Raymond Medelice y Valérie John, de Martinica; Bruno Pedurand, de Guadalupe—máximo ganador en el festival de Cagnes-sur-Mer—, y las islas holandesas, Kirindongo, Nelson Carilho y Ciro Abath, escogidos por la curadora Jennifer Smit, mantuvieron formas de ver y concebir la obra más tradicionales, menos liberadas del medio artístico y las imágenes arquetípicas locales.

En la parte teórica, los artistas se refirieron a los problemas compartidos por sus hermanos de "todos los Caribes". Les faltan oportunidades, estímulos, becas. Las dificultades se multiplican cuando de arte contemporáneo se trata: la vertiente "mercado del arte" prácticamente no se plantea, las subvenciones —meta utópica—deberían sustituirlo. Sólo la fe en un arte nuevo alimenta la persistencia.
Hubo consenso en el carácter esperanzador de ese encuentro contemporáneo de talentos, obras y criterios, y en las perspectivas de avance que Carivista ha abierto para la isla de Barbados y otros países de la región, en un plano de intercambios estrictamente intercaribeños.
MARIANNE DE TOLENTINO

