En sus Cuban Sketches publicadas en 1881, el cónsul de los Estados Unidos, James Steele, escribió: "No hay mantequilla y nunca la habrá; ni pan fresco ni de ninguna clase que pueda morderse o partirse. No vale la pena tratar de cambiar ninguna de estas cosas porque no es un país que favorezca las reformas". Ha pasado más de un siglo, y la historia de Cuba sigue siendo de desolación y escasez. Sin embargo, la resistencia del país al cambio, como lo observaba Steele, está cediendo a medida que surge la posibilidad de una nueva Cuba. El hecho de que Contemporary Art from Cuba: Irony and Survival on the Utopian Island sea una de las poquísimas vitrinas de arte en viajar de Cuba a los Estados Unidos en cuarenta años avala esta transformación. Todos los dieciocho artistas jóvenes (nacidos todos después de 1959) incluidos en la exposición se refieren en sus obras a las realidades del cambio social y cultural de Cuba.

La mayoría de los artistas tratan los temas del aislamiento político y cultural que ha caracterizado a la isla por largo tiempo. Sorprendentemente, uno de los subproductos de este aislamiento —la infame escasez— ha llevado a un conjunto de obras que fetichizan lo ordinario. Los materiales empleados recuerdan a los que se encuentran en el arte de Cornell, Duchamp y otros artistas que crean ensamblajes, como Bruce Conner y George Herms. En la obra Pa'Cuba, 1995-1998, de Fernando Rodríguez, una figura tallada en madera encabeza una procesión de carretas que llevan elementos cotidianos: aspirina, crema dental, Marlboro lights y un barril de petróleo, como referencia a la meta revolucionaria de suplir las necesidades básicas de las masas. En Telephone, Battery and Lamp, René Francisco convierte arcaicas partes de un teléfono, baterías para automóviles y bombillas rescatados de la desmoronada infraestructura cubana en objetos de arte encerrados en vitrinas. La planificada obsolescencia tan fácilmente absorbida en la existencia diaria de los estadounidenses no funciona en un país en donde las necesidades básicas no se reemplazan con tanta facilidad. El transporte, o la falta del mismo, es otra fuente de frustración para los cubanos, a la cual alude Flying Pigeon (1998), una pintura y relieve en madera de Los Carpinteros (Marco Castillo Valdés, Alexandre Arrechea Zambrano y Dagoberto Rodríguez Sánchez). El título se refiere a una marca de bicicletas chinas importadas a Cuba para compensar la falta de vehículos motorizados, después de la caída de la Unión Soviética. El retrato de un hombre pedaleando una bicicleta empleada como taxi, yuxtapuesto de manera extraña al relieve de un vagón de tren, ilustra, tal vez con demasiada claridad, el hecho de que es el esfuerzo humano y no el transporte motorizado el que mantiene a esta sociedad en actividad.

Varios artistas de la exposición se, concentran en la huida y lo inútil de la partida, dos cosas que los residentes de la isla sienten profundamente. La escena marítima pintada por Jacqueline Brito en 1996, Etatis Sue XX (hecha cuando yo tenía veinte años) le rinde homenaje a pintores románticos como Pinkham Ryder y Friedrich antes de que su oscuro mar se disuelva en abstractas gotas expresionistas en el primer plano. La propulsión del barco hacia la proa refuerza el temor que sentían los primeros navegantes que se aventuraron hacia el Nuevo Mundo: el de caerse por los extremos de la Tierra.
El tema de la huida es tomado en forma similar por Kcho, cuya instalación, In Order to Forget (Para olvidar, de 1996), consiste en un kayak, una balsa recreacional utilizada para "escaparse de todo", y botellas de cerveza, el contenido de las cuales se emplea a menudo con igual fin. La precaria posición del kayak, en lo alto de un "mar" de envases vacíos, alude a los balseros que intentan huir de Cuba (la mayor parte de las veces sin éxito) en improvisadas balsas. Las ventajas y riesgos de "vivir en una isla desierta" son el enfoque de Dreams Do Not Fall Out of Thin Air (1997), de Abel Barroso. La obra consiste en una serie de paneles de madera tallada que funcionan a la vez como esculturas y como placas para crear grabados. Representados en estos paneles se encuentran esquivos símbolos de riqueza —teléfonos celulares, mansiones, mujeres asoleándose al borde de una piscina— presentados en un estilo vernáculo.

Como lo atestigua su título, en esta exposición no falta la ironía. La adopción del humor como medio de subversión da como resultado un conjunto de obras que es deliberadamente político, sin ser demasiado dogmático. La tendencia hacia convenciones más tradicionales de la práctica artística —pintura, talla en madera, incluso mosaicos— produce un comentario social más efectivo que muchos de los intentos cargados de políticas de identidad que se dieron a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Dadas las barreras para el intercambio cultural, no sorprenden estas preferencias por la narrativa, la figuración y los medios más tradicionales. Sin embargo, también puede decirse que son más un reflejo de los gustos de la curadora Marilyn A. Zeitlin, que un indicador de una tendencia nacional. Contemporary Art from Cuba ha abierto nuevos caminos, al hacer que un grupo de obras esté al alcance de un vasto público estadounidense (de San Francisco, la exposición viajará a Bloomfield, Michigan, y luego a Austin, Texas). En vista de la reciente reducción en las restricciones para viajar al país, esperamos que, en un futuro próximo, haya una más amplia divulgación de la producción cultural cubana.
ALLISON ARIEFF

