¿Cómo resucitar a una liebre muerta? fue el título que Alfredo Prior eligió para una performance ejecutada el 20 de noviembre en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de Buenos Aires. El anuncio en los diarios capitalinos advertía al público que la performance era una respuesta del artista argentino a la performance que Josef Beuys realizó en una galería de Düsseldorf en 1965,¿Cómo explicarle las pinturas a una liebre muerta? La realidad de la presentación de Prior escenificaba un complejo juego exegético, del cual la performance es sólo la punta de un iceberg, y una explicación a los espectadores-liebres de las pinturas de Prior.
Prior ha expuesto en Buenos Aires desde la década de los años ochenta. Su producción, al igual que la de la mayoría de su generación, se materializó en forma pictórica. A lo largo de diversas muestras, Prior propuso alternativa y sucesivamente un conjunto de artistas, alter egos o ficciones esquizoides, que participaban de una muestra colectiva;un grupo de pinturas con unidad estilística, que visitaba los títulos y temas de las obras maestras de la historia de la pintura, cruzadas con alusiones vernaculares; una serie de personajes (un payaso buenazo y horrendo, un conejito) que habitaban desmesuradamente los estilos de los que habían nacido; y otras combinaciones e Ingeniosas críticas de los dudosos estatutos del pintor, del autor y del estilo. A lo largo de toda esta sucesión de parafernalias pictórico-conceptuales, se mantuvo una serie de preocupaciones ácidas hasta hacer eclosión en esta fase performática de la obra del artista.

El vehículo elegido para atravesar, tanto la voluntad desmesurada de auto-ficcionalización como la crítica desilusionada al sistema de exposición, circulación y consagración de la obra y del artista, ha sido un humor preciso, lacerante y lúcido. En una pantalla colgante transcurren durante la larga espera, y durante parte de la performance, dibujos animados de Bugs Bunny. El conejo, doble fantasma de la liebre de Beuys y de la pintura de Prior, reaparece en el disfraz solemnemente grotesco del artista, en forma de orejas gigantescas. La nariz roja, de payaso. La sala del museo, aún sin refaccionar, es un espacio grisáceo, industrial, indefinido, como los fondos chorreados de la pintura de los ochenta. La performance misma no apela a lo chamánico, a lo corporal, ni a ningún elemento que implique participación o interacción con los espectadores, sentados o parados en filas relativamente ordenadas. Se trata, más bien, de una lectura un tanto académica, si no fuera por lo disparatado del disfraz y del contenido, de un texto. Unas breves y agresivas interrupciones musicales a cargo de Rafael Cippollini, un literato con incursiones en la crítica, dan paso a un segundo texto, también de Prior, leído por Cippollini, disfrazado de gorda en camisón. Cierra el evento otro embate musical que sirve de cortina a la única acción de la performance: Prior despliega unas zanahorias en el piso siguiendo una vaga geometría circular, mientras el artista plástico Fabio Kacero hace de espectador y de él mismo simultáneamente, deambulando por los fondos de la sala en actitud casualmente lunática.
Los textos de Prior, el meollo de la cuestión, están construidos básicamente sobre dos vectores: ficcional y crítico. Ambos planos se entrelazan delirantemente. Una narrativa teutónica, llena de princesas, escenas de caza y de la corte, sirve de ruta y de performance. corado para una serie de reflexiones sobre la función del artista. El otro texto, el leído por Rafael Cippollini, parafrasea genialmente el tono y la prosa del crítico de arte del más tradicional matutino nacional, e ilustra el contenido y las preocupaciones críticas de los textos originales con una serie de ejemplos desopilantes sobre el arte leído a partir de la categoría género.
La estrategia que Prior encontró para salir de la encrucijada planteada por su pintura conceptuales claramente literaria. No sólo constituye una pequeña literatura en sí misma, sino que se mimetiza con los ritos, las formas y las tradiciones de la literatura rioplatense, a saber, la conversión de la persona Prior en un personaje tan coherente con la propia prosa, que termina volviéndola plausible; la construcción de una narrativa doble, legible de un modo para el lego, pero protagonizada por los mismos lectores a los que se dirige, o sea, operando entre los iniciados que leen el subtexto; y por último, el uso de iconografías y tradiciones absolutamente distantes en el tiempo y el espacio (los cuentos chinos, el medioevo alemán, etc.) Las fuentes de estas microtecnologías literarias son tan ilustres como paradigmáticas: Macedonio Fernández, la novela Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, y la figura ineludible de Jorge Luis Borges, entre otros hitos canónicos de la literatura argentina.
La actividad literaria de Prior se completa con asiduas colaboraciones a la revista de cultura Tokomoma, una ópera a ser estrenada este año, y un sinnúmero de sistemáticos y patinosos mensajes en contestadores automáticos de actores clave del medio artístico, con fragmentos de textos, improvisaciones, y lapidarias aseveraciones críticas. El desplazamiento brillante de una obra desarrollada dentro del mundo plástico hacia la literatura es un indicio del renacimiento de algo que ha sido una ausencia notable en el desarrollo de la cultura argentina postdictadura militar: la interdisciplinariedad. El aprovechamiento integral del recurso natural por excelencia en el terreno de la tradición para un argentino, su literatura, agrega al artista Prior un espesor semántico, y crítico, considerable.
NICOLÁS GUAGNINI
