El pasado mes de octubre se inauguró en Guatemala la muestra El hombre ilustrado, de la artista mexicana Adriana Calatayud. Organizada por el proyecto para el arte contemporáneo, Colloquia, la muestra se compone de una importante colección de fotografías digitalizadas e impresas sobre formatos de hasta tres metros de largo. Adriana Calatayud, nacida en México en 1967, realizó estudios en el Centro de Capacitación Fotográfica Tecnofot en México y ha participado en importantes exposiciones colectivas en el Museo de Arte Contemporáneo Carrillo Gil, en 1997, y en la exposición El cuerpo en/de la fotografía, en 1998, en el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica.
La presencia en Guatemala de la exposición El hombre ilustrado fue un importante aporte visual y conceptual. Especialmente, teniendo en cuenta que este país atraviesa por un momento de gran interés por la fotografía. Sin embargo, más que la exposición, las imágenes de cuerpos sobredimensionados, viejos, arrugados y encorvados vienen a ser un importante componente en la trayectoria de la artista. Después de su exposición personal titulada Desdoblamiento, El hombre ilustrado es un magnífico ejemplo y despliegue del uso preciso de la tecnología. Además del realismo de las imágenes, la artista consigue articular una obra que transgrede las fronteras de la representación.
Anteriormente, la artista había producido obras en donde los cuerpos de jóvenes de indudable belleza y perfección eran los protagonistas. Pero El hombre ilustrado goza de la posibilidad de producir fricciones y confrontar nuestros estereotipos de belleza o nuestra actitud general frente al cuerpo, nuestras represiones y efectos de sensualidad, rechazos o deseos.
Dentro de la cultura contemporánea, la tecnología ha producido su propio rostro. Pero la obra de Calatayud recurre a ésta con sabiduría. El punto de partida en la obra de Adriana Calatayud son, indudablemente, la fotografía y los sistemas sofisticados de la tecnología, pero el uso de cuerpos atípicos y el traslape de ilustraciones de órganos internos sobrepasan el ejercicio del registro y alteración para proponer un interesante discurso en torno a las transformaciones del cuerpo y sus ambivalencias. En este sentido, la obra de Adriana Calatayud sugiere las conexiones entre la belleza y la fealdad, exterioriza la salud y la enfermedad, evoca el goce y el dolor corporal. En estos últimos años, cuando el arte ha redescubierto la presencia y el valor esencial del cuerpo, se presuponen nuevas actitudes hacia él. De ahí que la obra de Adriana Calatayud intente recordarnos que éste, además de los esquemas de belleza tradicional, también provee olores, asperezas, deformaciones y secreciones que son parte de un proceso de transformación y lugar común a todo individuo.
El cuerpo es algo que ha fascinado al ser humano desde siempre. Y a partir de una actitud más severa ante el conocimiento de lo interno, han surgido maravillosas ilustraciones del cuerpo y sus distintos órganos. Adriana Calatayud las aprovecha para traslaparlas a través de la digitalización de las imágenes. De ahí que en sus hombres ilustrados, las distancias entre el concepto de la ilustración y las posibilidades de la imagen digital desaparezcan para ratificar la obsesión humana por el cuerpo y su conocimiento. Ello también nos recuerda que para entender la complejidad de nuestro cuerpo, se ha tenido que compartimentar su conocimiento, y clasificarlo. No obstante, todo parte de lo mismo, y en el cuerpo no existen fronteras en sus datos, no hay líneas divisorias entre lo físico y lo subjetivo.

Las obras de Adriana Calatayud presentan al cuerpo como una identidad intangible, al que sólo puede accederse mediante el rastro del tiempo. Las obras que componen la exposición, propuestas como lecturas metafóricas, nos acercan a una posible explicación de nuestra condición de seres llenos de vida y muerte, frágiles y temporales, situados todos en un proceso de deterioro imparable. El fotomontaje que utiliza la artista funciona como rayos X, y como la única forma de que coincidan nuestros distintos niveles de existencia, lo interno y lo externo.
Sin embargo, como la misma artista explica, "no podemos abrir un cuerpo para descifrar su enigma, de la misma manera en que no se puede abrir un reloj para saber lo que es el tiempo".
ROSSINA CAZALI
