56 Salón Arturo Michelena

Julián Chaves. La calle de los heladeros, 1998. Premio Bolsa de Trabajo Braulio Salazar. Acrílico sobre tela. 204.5 x 275.5 cm. Foto: Jesús García.

Colectivaabr 1999 - jun 1999· Por Eugenio Espinoza

56 Salón Arturo Michelena

Ateneo de Valencia

Hace ya mucho tiempo que el Salón Arturo Michelena cumplió su función como centro renovador de las artes plásticas del país. Pero ahora le toca asumir nuevos retos. En el pasado fue uno de los salones nacionales más importantes, y aún lo es, pero por alguna razón desconocida, cada nueva edición da la impresión de repetir algo obtuso y atascado. Sería interesante estudiar este fenómeno porque la infraestructura que posee dicho Salón es bien atractiva. Creo que si éste cambiara algo, como cambió ya su espacio físico, se podría convertir en un evento más aceptable, ya que el Estado, a través de su mirada burocrática, ha impedido la verdadera trascendencia de dicha actividad, limitándola a ser un concurso inútil y monótono. Este sería ahora el paso que, después de 56 años, debería dar con mayor sabiduría, pues, de lo contrario, le espera una decadencia irreversible.

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Mauricio Sánchez. Rectángulo, 1998. Premio Juan Lovera. Técnica mixta sobre tela. 145 x 189 cm. Foto: Jesús García.

Este año concurrieron, como siempre, muchos artistas jóvenes, la mayoría de la provincia del país y, en calidad de artistas invitados, asistió un grupo significativo de artistas maduros, cuya obra ha sido ampliamente reconocida en nuestro medio. Se unieron nuevamente todas las expresiones y medios conocidos del arte contemporáneo, aquellas que veníamos observando durante más de dos décadas, sin muchas variaciones: fotografías, pinturas, esculturas e instalaciones. Hubo una revelación interesante: la pintura de artistas muy jóvenes, que trabajan al borde de la pobreza más insólita. Estos escogieron un lenguaje idiosincrásico, en el que lo más importante es defender su condición de acorralados sin esperanza. Entre estos artistas, Julián Chávez, ganador de la Bolsa de Trabajo Braulio Salazar, demostró fuertemente cómo la pintura podría servir una vez más para responder a necesidades más complejas, donde los vapores de la poesía y las maravillas de la emoción pueden sustituir el aburrimiento de un arte programado, codificado, que continuamente se institucionaliza a nuestro alrededor. Julián Chávez es un pintor dotado de una gran sensibilidad popular. La manera como desarrolla su temática es aquella que muchos pintores tratan de imitar cuando quieren ser espontáneos. Hace bien al desconocer las reglas y el oficio que han ido minando la sensibilidad de muchos pintores. Su pintura hierve, no de planteamientos estéticos, sino de una necesidad incontrolable de acercarse a las circunstancias del hombre (tal como lo sufren inevitablemente las pinturas de Ernesto Zalés, el rey de las tinieblas).

Magdalena Fernández (Premio Arturo Michelena), a quien podríamos llamar con mucha alegría una artista contemporánea o constructivista, por no decir conceptual, es heredera de una tradición que se rompió a mediados de los años setenta, pues su obra va más allá de esos límites. Su acercamiento a estas tendencias está teñido del encantamiento de la obra de Gego, por lo que su obra es fresca y optimista. El resultado de su trabajo está caracterizado por una masa amorfa de constructivismo o cinetismo, por una sensibilidad especial que aún no se puede definir con seguridad. Su interés es más bien de naturaleza poética. Su obra se centra en una obstinada búsqueda de la belleza, oculta en las articulaciones de las estructuras que son torpes y frágiles, como lo son,  en muchos casos, las articulaciones humanas. Su premio fue un merecido reconocimiento.

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Luis Lovera. Doble -ce.www.com IV, 1998. Premio Andrés Pérez Mujica. Madera. 180 x 180 x 180 cm. Foto: Jesús García.

Mariana Monteagudo (Premio Francisco Narváez) sobresale, no por la calidad de su trabajo, sino por el hecho de confrontar al público con algo imprevisible. Esta sorpresa quizás se convierte también en otro tipo de calidad. Su obra se presenta con una clara conciencia escultórica. Monteagudo trabaja sobre una pequeña imagen del cómic japonés, convertida casi en una Venus precolombina cubierta con amuletos y otra suerte de objetos chamánicos. La atmósfera del arte contemporáneo, especialmente en Nueva York, está cubierta ahora con muñecos de todo tipo. Los traumas infantiles vividos por los artistas parecen encontrar un alivio convirtiendo a estos muñecos en objetos de arte. La obra de Mariana Monteagudo se dirige a direcciones de orden antropológico. Parecería que estuviese cargada de fuerzas sobrenaturales que inspiran dulzura y a la vez terror.

Luis Lovera (Premio Andrés Pérez Mujica) ha demostrado, a través de salones y muestras colectivas, que su obra representa una posibilidad de desarrollar los problemas de la escultura, ignorados hace más de una década por jóvenes artistas preocupados quizás por la búsqueda de lo real y social a través de estrategias garantizadas por lo virtual y lo efímero del arte conceptual. Sus esculturas no dejan de dar testimonio de una cultura hambrienta y dependiente de tecnología. Sus volúmenes torcidos son construidos con desechos de cajas de madera de la industria automotriz, y siempre cuelgan como bizarras piñatas imposibles de golpear. Lovera parece creer todavía en las infinitas posibilidades del espacio que penetran el volumen, tal como lo demostraron Moore y, más recientemente, Chillida. Sin embargo, es la construcción de su propio volumen con los desechos de madera lo que hace que sus obras sean una revisión humilde de la tradición escultórica, logrando, desde una zona marginal, establecer una posible perspectiva.

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Mariana Monteagudo. Idolos y accesorios, 1998. Premio Francisco Narváez. Yeso y cerámica. Dimensiones variables. Foto: Jesús García.

La aguda participación de artistas que podrían ser considerados ingenuos o naïf fue lo más importante de este Salón. Fueron, a mi parecer, el grupo de pintores más audaz por su fuerza poética y expresiva. Quizás, su desconocimiento técnico y artístico los mantiene en una zona de privilegio donde la fuerza de la inocencia rupestre los conduce al acierto y a la trascendencia. Un claro ejemplo, además de Julián Chávez, es la obra de Luis Méndez, quien, desde su talento espontáneo, inventa composiciones imposibles de ser imaginadas por artistas profesionales.

Se suma la obra espectacular, por su gran humildad, de Mauricio Sánchez (Premio Juan Lovera),  quien afortunadamente pinta con mucha poesía y poco concepto. Siempre he pensado que es preferible un buen cuadro que una mala instalación y, de tal manera, es preferible un buen cuadro ingenuo que una mala pintura conceptual. Pintar pasó a ser un acto de profunda necesidad expresiva, de absoluta entrega, y no una mera estrategia de inteligencia postmoderna. La mayoría de los artistas que en este Salón se identifican con estas estrategias, se convierten automáticamente en artistas con una obra vacía de propósitos, y se perciben perdidos en sus constantes provocaciones irónicas.

Como Mauricio Sánchez, encontramos a Oscar Sjostrand (Premio Antonio Edmundo Monsanto), otro artista desconocido, autodidacta, con una obra plena de intenciones eróticas. Su obra, sin temor alguno de cursilería y mal gusto, es un homenaje al encantamiento femenino, en la que hermosas mujeres sostienen sus propios senos frente a ellas mismas, conscientes de acariciar unas de las bondades más divinas de su ser.

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Magdalena Fernández. 8i998,1998. Premio Arturo Michelena. Instalación en aluminio y acero. 300 x 300 x 300 cm. Foto: Jesús García.

En una dimensión totalmente diferente se encuentra la obra de Edison Parra, con sus volúmenes tejidos de algodón. En las tendencias contemporáneas, el volumen ha ido desapareciendo, tal vez por sus fuertes reminiscencias primitivas y orgánicas, diferentes de las imágenes mecánicas y seductores de las impresiones masivas, sean fotografías u otras transferencias muy usadas en el arte conceptual. Parra construye volúmenes cerrados como nuevas piezas de alfarería, con tapices decorados con gráficos o jeroglíficos de tipo precolombino. El resultado es altamente sofisticado. Es una solución casera a problemas escultóricos, resueltos con tradición artesanal y un alto sentido de lo pictórico. Diría que son esculturas conceptuales donde la materia escultórica ha sido sustituida por una superficie plana de carácter pictórico, como lo es el tapiz. El planteamiento de Parra y el de Magdalena Fernández convergen en sus intenciones de abarcar, con menos materia y esfuerzo físico, el espacio tridimensional. Parra, luego de una larga trayectoria como pintor, se encuentra de repente resolviendo una gran ambición de muchos pintores: convertir sus pinturas en un proyecto tridimensional. Frank Stella es uno de los artistas más ambiciosos que ha llevado esa preocupación a una escala monstruosa.

La fotografía, una de las manifestaciones artísticas con mayor empuje en los últimos salones, existe a través de dos enfoques: el que se apoya en su propia tradición, y el que usa el artista como un recurso perfecto para sus intenciones conceptuales. Rafael Salvatore (Premio Eladio Alemán Sucre) viene realizando durante muchos años un trabajo fotográfico basado en la problemática social. Sin embargo, las preocupaciones estéticas o artísticas de sus trabajos sirven para acentuar el clima inhumano de sus personajes siempre bajo torturas, o lo que les queda de sus cuerpos, entre charcos de sangre.

Amalia Caputo (Premio Henrique Avril), Gabriela Gamboa, Nam González, Antonio Lazo, Nacho Marín, Antolín Sánchez, Corina Rodríguez y Vasco Szinetar abordan los límites y las posibilidades de la fotografía, con intenciones de engrandecer este medio como lo han logrado otras expresiones más tradicionales. Es curioso ver cómo la pintura se retuerce para afirmarse nuevamente o para perecer, por descuido, mientras medios como la fotografía y afines se abalanzan sin consentimiento sobre una audiencia ávida de historias y de juegos. Este Salón es otra muestra de este conflicto.

Otros artistas galardonados en este Salón son: Víctor Hugo Irazábal (Premio Iván Petrovszky), Pedro Terán (Premio Armando Reverón), Hernán Alvarado (Premio Antonio Herrera Toro) y Nela Ochoa (Premio Harinjs Liepins).

EUGENIO ESPINOZA

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