Exposición Individualene 1999 - mar 1999· Por Inés Katzenstein

Mónica Van Asperen

Alianza Francesa

En la primera ala de la galería de la Alianza Francesa de Buenos Aires, la pared estaba pintada de azul oscuro y sobre ella había colgados tres bultos alargados de género blanquecino. Era una fibra traslúcida sostenida de la pared por una varilla de madera flexible que funcionaba como una percha. Los bultos sostenían sus volúmenes lánguidos, sus pliegues y frunces con alfileres y costuras. El tamaño de los bultos era francamente antropométrico: frente a estas piezas es difícil no pensar en vestidos, en mortajas o en alguna representación del cuerpo humano. En la pared principal de la galería había una pieza de guata que se conformaba como un volumen más firme que los anteriores. La pieza era blanca con parches de color rosa flúo y un ribete de ese mismo color, y estaba cosida de tal modo que parecía una pelota desinflada. El ribete no se correspondía con ningún borde; era como un resto olvidado del mundo diseño; el resto cómico de una funcionalidad ya definitivamente burlada.

Entre otras obras, compartía esa misma pared una bolsa de cuerina y tela rojas, sostenida por una punta. Su peso estaba concentrado en el extremo inferior, como si la bolsa estuviese rellena con algo, o más bien ensimismada, rellena de sí misma. Se parecía a esos tubos mullidos sobre los que los boxeadores ejercitan los golpes y también, por su concavidad y su brillo carnoso, a un órgano sexual híbrido, mitad femenino, mitad masculino.

Exposición Individual: Mónica Van Asperen — imagen 1
Mónica Van Asperen. Sin título, 1998. Técnica mixta. Dimensiones variables.

No es común asistir a la primera muestra de un artista y salir pensando que se trata de una obra madura. Pero en las obras que presentó Mónica Van Asperen en ésta, su primera exposición, sucedía algo así: había una relación particularmente firme entre las formas, la elección y el manejo de los materiales y las problemáticas a que dichas obras aludían. Además, hay algo de exquisito en la manera en que la artista hace coexistir en una misma figura la mayor violencia que puede ejercerse sobre la imagen de un cuerpo —esto es, su disolución, su caída en lo informe—, y la suave forma de construir, de componer ese nuevo estado.

Van Asperen entró al mundo del arte recientemente pues antes de comenzar a trabajar, en el programa de becas dirigido por Guillermo Kuitca, hizo su carrera en el ámbito del diseño de indumentaria. Esta profesión parece haberle asegurado, por un lado, el ejercicio de una especie de escultórica de precisión con materiales lábiles y, por otro lado, haberla llevado a una compenetración muy íntima con los problemas del cuerpo como volumen, y del diseño en tanto que sistema de opresión de los cuerpos.

La decisión de la artista, nunca explicitada, pero evidente, fue la de manifestar una crítica a la ortodoxia del diseño en tanto mimesis del cuerpo, por fuera de la especificidad de la disciplina. Las obras de esta muestra se encontraban entonces en el punto más fértil de una transición biográfica, pero sobre todo teórica, desde el mundo funcional y reglamentado del diseño hacia el ámbito más elástico y potencialmente abstracto del arte. Me interesa mostrar el final de un cuerpo codificado. "Mi premisa fue simplemente abstraer el cuerpo de la situación; después, la obra se hizo cargo de hacer de esa idea algo más brutal, más categórico, comenta la artista".

La idea de abstracción aparece porque estas telas, aunque estén ligadas a las proporciones del cuerpo humano en la mayoría de los casos, o cercanas a bolsos o moldes en otros, parecieran aspirar a ser miradas como mutaciones o movimientos de un organismo cuya arquitectura va naciendo, al mismo tiempo que se auto-aniquila. Pienso en las obras blancas de paño traslúcido, que no sólo están literalmente "sostenidas por alfileres", sino que, por el contacto prolongado con el aire, se van poniendo amarillentas, transformándose en la escenificación de una lenta agonía de la forma. Pero en las obras más sólidas, por ejemplo, en las realizadas con el revés de una tela de neoprene, de alguna manera ocurre lo mismo: la forma se enrosca en sí misma, se derrama, se anuda, se autoconsume. La situación es abstracta, pictórica, expresionista, pero se dirime en volumen, en cuerpo, en el movimiento de la tela como un organismo vivo, a la vez sereno y convulsivo. La lógica del diseño desaparece. Aquí no hay exterioridades que cubrir; el cuerpo es una interioridad desbordada.

Todos estos rasgos colocan a la obra de Van Asperen en un plano diferente del que se delineó entre los artistas jóvenes de Buenos Aires en los últimos años, caracterizado por un formalismo altamente estilizado e irónico. Esta muestra deja entrever que tal vez se esté abriendo una escena distinta, en la que los efectos críticos de la obra no radican necesariamente en una traición burlona a la historia, sino en el desgarramiento de ciertas estructuras.

INÉS KATZENSTEIN

Mónica Van Asperen, por Inés Katzenstein | artnexus