En la última exposición que presentó en Caracas Miguel Borrelli, joven artista venezolano radicado en Inglaterra, pone de relieve la consistencia de sus búsquedas, mientras demuestra una nueva investigación del espacio plástico.
A diferencia de muchos artistas actuales que han desistido de esculpir para presentar instalaciones, Borrelli no ha dejado de investigar las posibilidades de la escultura, tratando incesantemente de expandir sus límites formales, sin que deje de ser escultura en su sentido prístino, es decir, creación de formas sólidas y significativas en el espacio. Ello le ha permitido lograr poderosas imágenes, muy diferentes de las de la escultura tradicional, que evocan simultáneamente la presencia de objetos o aparatos de una tecnología extraña y desconocida y la de formas de la naturaleza.

La representación del espacio en la escultura es siempre un problema difícil de abordar. La escultura tradicional no representa un espacio, sino que lo ocupa de modo natural. De manera que introducir el espacio como parte constituyente del lenguaje escultórico (algo que interesa profundamente a Borrelli) requiere conocimiento, imaginación y una auténtica meditación de los medios propios de la escultura.
En la anterior exposición de Borrelli, presentada en el Museo de Bellas Artes de Caracas en 1993, se proponía la creación de espacios naturales por medios abstractos, y se invitaba a la percepción de grandes bosques silenciosos donde el visitante podía ver atraída su atención por diminutos objetos naturales: frutos, restos animales o vegetales, hojas. El artista aludía a esos espacios mediante amplias plataformas que situaba directamente en el suelo (o bien, para sus obras de menor tamaño, en pequeñas plataformas colocadas en un pedestal de museo), y los objetos entablaban en ellas un íntimo diálogo con otros objetos o aparecían solitarios en la inmensidad del espacio. Se pretendía así que el espectador, recorriendo un espacio real o imaginario, incorporase a una dimensión temporal a las obras. El tinte negro que cubría todo el conjunto igualaba la diversidad formal y destacaba las cualidades formales sobre las materiales, potenciando su capacidad alusiva. Ello hacía aparecer las obras como lugares solitarios en profundo silencio.
Aquel espacio, así abstraído, no dejaba de invitar a una visión en cierto modo naturalista. En la actualidad, Borrelli extrema la visión del espacio como una abstracción, ya que lo materializa mediante plataformas cuadriculadas de madera liviana, siempre pintadas de un gris uniforme. En cierto modo, esta representación abstracta del espacio trae a la memoria los espacios abstractos de la pintura medieval. Consistentes en fondos dorados, podían aludir en general a un espacio extraterrenal, celeste, donde aparecían las figuraciones de seres sagrados. Los espacios de Borrelli parecen tener la misma intención. No aluden a lo celeste, sino a lo terrenal indeterminado, a lo conceptual. Habiéndose hecho abstractos, ya que su tamaño no tiene por qué relacionarse con un supuesto espacio real, ni respetar una relación de escala entre el espacio y las formas en él contenidas, sino manifestarse de acuerdo con las necesidades propias del objeto plástico en sí.
También han sufrido un proceso más acusado de abstracción las formas talladas que aparecen en estos espacios. Formas y objetos que provienen en primera instancia de la naturaleza y que se originan, por lo tanto, en formas orgánicas han sido intensamente depurados y convertidos en símbolos de ellos mismos, sin dejar de evocar las formas naturales. Ponen de relieve el gusto de Borrelli por la creación de formas escultóricas talladas que provienen de una observación apasionada del mundo natural.
De este modo, y mediante el uso conjunto de técnicas de construcción y talla, en la obra de Borrelli se produce la relación y fusión de lo conceptual, lo constructivo, lo abstracto y lo sensorial, lo orgánico. Provenientes de la reflexión y la intuición, las obras evidencian que la escultura puede ser abstracta sin recurrir a materiales y formas tecnológicas, ya que las suyas son imágenes que apelan simultáneamente al intelecto y a los sentidos y son capaces de evocar, aunque de un modo lejano, como en eco, el mundo de la naturaleza.
IRIS PERUGA
