Exposición Individualene 1999 - mar 1999· Por Marta Rodríguez

María Cristina Cortés

Centro Colombo Americano

Durante el mes de noviembre se exhibió en la sala principal del Centro Colombo Americano una serie de pinturas al óleo de María Cristina Cortés, quien hace parte de una generación de artistas que surgió en la década de los años setenta, la que vino a innovar el arte colombiano con el recurso del dibujo y la gráfica. Mientras que muchos de sus contemporáneos se acercaron a una figuración que estaba en deuda con las imágenes provenientes del arte pop y del hiperrealismo, ella, en sus carboncillos que entonces tenían como tema recintos interiores, evidenciaba un particular interés por la luz, que se ha mantenido a lo largo de su conocida producción que ha estado guiada por una investigación atenta a lo acaecido en este género a lo largo de la historia del arte.

El trabajo que consagró definitivamente a María Cristina Cortés fue una serie de paisajes en los que se recrea la fría y extraña atmósfera que tienen las tardes y los amaneceres en la sabana de Bogotá. Otra particularidad de este trabajo radica en que en ellos aparecen como protagonistas reses y vacas, en grupos o como figuras aisladas, apaciblemente echadas o caminando sobre la hierba y la tierra húmeda, casi siempre cerca de charcos o hilos de agua circundados por estacas. Estos componentes de sus imágenes parecían pretextos para explorar una enorme riqueza cromática que, como decíamos, se percibe en determinados momentos del día en estas frías regiones que circundan a la ciudad de Bogotá. Este paisaje cambiante y fugaz dio lugar a una inolvidable muestra que fue presentada en la Galería Garcés Velásquez en 1988, donde se pudieron percibir inusitadas posibilidades cromáticas en las que prevalecía una luz ambivalente que oscilaba entre tonos naranjas, rosas y violetas, la que, en virtud de su intensidad, descomponía los parajes y los cuerpos en una impresionante y osada sinfonía de matices muy difícil de olvidar.

Exposición Individual: María Cristina Cortés — imagen 1
María Cristina Cortés. De la serie Chambas Nº12, 1998. Óleo sobre tela. 116 x 163 cm.

En la misma galería, en 1996 María Cristina Cortés expuso una extensa serie de pasteles titulada Caldos de cultivo, en la que definitivamente se abandonaba el tema de las vacas, y en la que prevalecía su interés por la luz, particularmente por los reflejos que ella ocasiona sobre superficies acuosas. En algunas de estas obras la reminiscencia de los nenúfares de Monet parecía ser directa, especialmente cuando estos dibujos no dejaban ver otra cosa que reflejos y pequeñas hojas o materia orgánica, que en complicidad con el agua y la luz daban lugar a un juego cromático que se acercaba a la abstracción que se insinúa en las telas tardías del pintor francés; en otras ocasiones la imagen insistía en la presencia de un cuenco colocado sobre una superficie de baldosas que trae consigo la alusión directa al mundo objetual, y con él se evoca la presencia de un patio o de un recinto interior, de manera que la obra recordaba algunos bodegones realizados con anterioridad por la propia artista. La experiencia cromática que le quedaba al espectador después de ver esta muestra difería notablemente de la antes mencionada, pues en esta ocasión el montaje de estos dibujos siguió una línea continua que circundó todo el espacio de la sala, de manera que el espectador se encontraba literalmente rodeado por tonos bajos, donde prevalecían los azules y los ocres, con los que se hablaba de otra luz y de otros lugares.

En sus pinturas recientes que conforman la serie titulada Chambas, realizada durante los dos últimos años, se perpetúa el punto de vista tomado en la serie anterior, que omite la línea del horizonte y obliga al espectador a mirar una superficie en la que persisten vestigios y reflejos del paisaje. En estas superficies, de forma radical, se acentúa el interés por indagar en la materia acuosa, en una naturaleza contaminada que le permite a María Cristina Cortés trabajar otra densidad matérica y nuevas gamas cromáticas en las que prevalecen tonos verdosos y azulados que evocan lo inerte, lo gris, lo opaco y lo turbio; estos tonos aparecen ocasionalmente salpicados por puntos de tonos rosas y naranjas que traen consigo la presencia de una determinada hora del día. Una de las imágenes más impresionantes de esta muestra es la catalogada con el número 12, una tela de 116 x 163 cm en la que aparece una cantidad de escombros, cajas, canecas, latas y cartones trabajados en tonos cálidos que tienden al naranja; estos objetos flotan sobre una superficie acuática que recoge los tonos del cielo, en la que se observan vestigios de vida a través de la presencia de algunas plantas aún muy verdes. En la parte superior la imagen se desvanece hacia unos azules verdosos que resultan extraños e inquietantes, en la medida que al aproximarse a la tela, a causa del tratamiento mismo de la pintura, de la materia, no se sabe con certeza si la superficie es un reflejo o si ésta nos presenta la imagen del cielo infinito, con sus nubes y transparencias. Esta pintura parece hablar de la "catástrofe de un paisaje", tema que irremediablemente hace pensar en el pintor romántico Caspar David Friedrich, quien en sus pinturas develó la escisión definitiva entre el hombre y la naturaleza.

A lo largo del recorrido por esta muestra, el espectador se enfrenta a dos situaciones extremas que parecen ser propiedad de la pintura; por un lado, cuando las obras se miran a distancia, el ojo se encuentra ante un verismo, ante un realismo absoluto, como ocurre con los reflejos que se captan, por ejemplo, en las telas 1, 2, 3 y 4. Otras veces, el visitante puede recordar el lenguaje de la abstracción pura, cuando se encuentra muy cerca de otra de las piezas más interesantes del conjunto, la No. 10, que puede ser percibida como el reflejo veraz de un bosque tupido en el que los planos se acercan y se alejan sucesivamente sobre una superficie quieta, o que puede ser también simplemente un juego de colores en los que la materia y el color se complacen en su propia autorreferencialidad. Esta doble percepción ha estado presente y en tensión a lo largo de toda la trayectoria de María Cristina Cortés, quien, como "pintora de vacas", de paisajes o de bodegones, es ante todo una pintora que sabe que su asunto no es otra cosa que la pintura misma con su historia, con sus hitos, con sus vicisitudes y con su lenguaje hecho de materia y color, y me atrevo a afirmar que en su obra prevalece ese aspecto figurativo porque para la existencia de su peculiar color parece imprescindible la existencia de un mundo bañado por la luz.

MARTA RODRÍGUEZ

María Cristina Cortés, por Marta Rodríguez | artnexus