Exposición Individualene 1999 - mar 1999· Por Inés Katzenstein

Jorge Macchi

Galería Ruth Benzacar

Desde hace ya una década, Jorge Macchi (n.1963) circula por Buenos Aires como uno de los contados artistas jóvenes que utilizan en su obra materiales, imágenes y recursos canónicos de la historia del arte conceptual. En 1993 Macchi ganó una beca del gobierno francés, que lo llevó a París, y a partir de entonces comenzó una largo itinerario por Europa, a través de talleres y becas. Este periplo, que lo llevó de Amsterdam a Rotterdam, y de allí a Londres y Berlín, parece haber intensificado ciertas características que la obra ya tenía, y modificado otras de un modo muy particular. La muestra que se presentó hace unos meses en la sala pequeña de la Galería Ruth Benzacar fue una ocasión especial para evaluar estos movimientos: para ver cómo la obra se hizo más ligera y más económica desde el punto de vista de los materiales, y más precisa desde el punto de la compenetración del artista con las ideas de azar y muerte.

En este sentido, la referencia a los viajes no es anecdótica: las continuas mudanzas que tuvo Macchi en los últimos años parecen, en principio, haberlo obligado a cambiar su concepción de los materiales; a valorar aquellas cosas circunstanciales con las que se encontraba en cada ciudad; materiales, diríamos, casi banales, que pudieran ser fácilmente transportables y sustituibles. La excesiva elaboración que tuvo su obra años atrás, debió desaparecer en pos de un trabajo más ligero, más efímero e incidental.

El material que parece haber dado mejores resultados en este proceso es el papel periódico. Objeto disponible y descartable por excelencia, el diario fue transformado por Macchi en una fuente fértil para sus especulaciones plásticas.

Exposición Individual: Jorge Macchi — imagen 1
Jorge Macchi. Música Incidental, 1998. Papel, CD, reproductor y auriculares. Dimensiones variables.

El título de la muestra, Música incidental, surge de una de las obras de la exposición: un enorme pentagrama cuyas líneas están dibujadas con renglones recortados de noticias policiales que relatan accidentes y asesinatos. Cada vez que una de estas historias breves llega a su fin, el artista deja un espacio en blanco y luego comienza con el siguiente relato.

Los espacios en blanco entre relato y relato aparecen, a la distancia, como si fuesen notas musicales esparcidas al azar por el pentagrama. A partir de la ubicación de estos blancos, Macchi compuso con una delirante obsesión matemático-musical una pieza para piano que el espectador puede escuchar por auriculares mientras se acerca al muro y lee las historias desplegadas en el pentagrama.

Aquí la idea de lo incidental se propaga desde el contenido de las historias del diario —que relatan muertes trágicas, siniestros y masacres de personajes anónimos— hasta el origen caprichoso y visual de la composición musical. La operación de Macchi consiste en trabajar con las consecuencias, con las figuras provocadas por un golpe de azar, otorgándoles una legitimidad nueva.

Algo similar sucede en una obra realizada a partir de un vidrio rajado que el artista encontró en uno de sus talleres. La obra consiste en la presentación de dos vidrios rajados de manera idéntica, dispuestos uno al lado del otro sobre una tarima, en lo que constituye un homenaje tácito al accidente sufrido por el Grand Verre de Duchamp.

Hay otra pieza en la muestra que también se relaciona con Duchamp. Es una página de la sección de avisos fúnebres de un diario, con la información de los avisos calada de tal manera que la página queda como una cuadrícula vacía, con los símbolos religiosos como única información. La obra, colgada en la pared por un extremo, se enrosca sobre sí misma y, curiosamente, recuerda la forma frágil de la Sculpture du Voyage que Duchamp hizo en 1918.

En concordancia con la estructura gemela de los vidrios quebrados, Macchi realizó una pequeña obra con una caja de fósforos, en la que dispuso el desorden de los fósforos de un modo idéntico en las dos mitades de la caja.

Tanto ésta como la obra de vidrios rajados representan instantáneas imposibles en las que una figura del caos aparece duplicada, lo cual teóricamente implicaría la existencia de un orden subyacente o destino rector. Macchi se muestra en estos trabajos absolutamente melancólico: escenifica las huellas de una concordancia plena del azar, capaz de transmutar en un orden plástico perfecto. La fatalidad pareciera ser para él una fuerza privilegiada que tiene la capacidad de conformar imágenes y desencadenar historias; tragedias que aquí no llegan a provocar ningún desgarramiento, ningún dolor, porque están congeladas —incluso en el pentagrama de siniestros policiales— por una opresiva ausencia de sujeto.

INÉS KATZENSTEIN

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