Exposición Individualene 1999 - mar 1999· Por Laura Gil

Jesús Desangles

Museo de Arte Moderno - Santo Domingo

En manos de Jesús Desangles, la pintura se ha convertido, en un ejercicio de desmitificación, y son sobre todo los mitos del eterno femenino, por ejemplo el arquetipo de la Tres Gracias, los que sufren con más fuerza su embate. Sin embargo, toda profanación, por una dialéctica que le es inherente, se convierte en nueva mitificación, una consagración de lo opuesto a lo que es agredido por el sacrilegio, y, en este sentido, la acción del artista es semejante a la de aquellos cristianos que construyeron una basílica en el lugar exacto donde estuvo un templo pagano, o aquellos fieles musulmanes que pusieron minaretes a una iglesia.

Se advierte en las pinturas de Desangles, por otra parte, una evidente fascinación por la figura femenina, y aun por la creación de personajes femeninos, con los que la imagen se convierte en síntesis de una historia, aun cuando no tenga en absoluto carácter narrativo. Son ejemplos de ello Perfil de Marcelina después de ser rica o Nana, la hermana de Neno, ambas piezas de la exposición del MAM.

Exposición Individual: Jesús Desangles — imagen 1
Jesús Desangles. Sueños de perros domesticados, 1998. Técnica mixta sobre tela. 200 x 200 cm.

Pero lo más significativo en todos los casos es la recurrencia de una estética de la transgresión y la fascinación. Más que la diva, Desangles presenta a la antidiva desenmascara el fantasma consciente de la vanidad, que impulsa sus gestos como las cuerdas de una marioneta, con una cierta crueldad inocente y una rabia creadora que en su tiempo atribuyeron a Degas, cuando trataba a sus bailarinas y bañistas en los momentos más íntimos y menos graciosos, y que encontramos también en experiencias pictóricas de Picasso, De Kooning y Antonio Saura, en particular con sus retratos —formidables y grotescos— de Brigitte Bardot y Geraldine Chaplin.

Todo ello entraña la destrucción de los cánones clásicos de belleza en lo que toca a la proporcionalidad del cuerpo, que en ocasiones se acerca a la macrocefalia de los primitivos, pero también a la distorsión de los movimientos, en la que no falta un sentido muy caribeño del ritmo, traducido en la línea, a menudo sincopado como el de una tambora. Todas las deformaciones de línea y proporción, lo mismo que las reiteraciones de perfiles, con intensidad enfática, obedecen a un propósito no descriptivo, sino expresivo, y también a un impulso transgresor que no tolera límites para la libertad creadora sobre el lienzo.

El color es el elemento más característico, con una intensidad violenta y dramática, en pinceladas y trazos cada vez más gestuales, desbordantes y dionisíacos. A través de él, el mundo se le revela a Desangles también como femenino, y su poder y misterio se encarnan en esa diosa que mueve los vientos, que tan pronto se transforma en pájaro o perro, y que tiene la llave de los secretos ancestrales.

Como en las viejas mitologías de la India, Dionisos se torna en Kali, y domina, entre tanto, todas las fuerzas de la creación como las de la destrucción. La ironía no es más, entonces, que la otra cara de la fascinación que mueve al artista, ante el reconocimiento del misterium tremendum.

Y en todo ello el cuerpo es el sujeto y el objeto, y el lugar de la fascinación. También es la morada del instinto, al que Desangles confía todo el proceso de creación artística, pues, como él mismo dice, nunca trabaja a partir de un plan de una idea previa, pues considera que eso ya no sería auténtica creación artística, sino mera ilustración. Hurgar en el instinto y liberarlo es inquirir por los secretos del cuerpo, que son más profundos que la mera mecánica fisiológica, y que tienen mucho más que ver con los grandes ritmos del Cosmos y con la imaginación, y la libertad que ahora nos revela el indeterminismo, que con la metáfora de la máquina que fascinó a los científicos del renacimiento. El artista estudia el cuerpo, lo mira, lo deforma y lo descoyunta, tratando de apresar su esencia escondida, quizás lo que algunos todavía llaman alma, el puro aliento psíquico que lo anima, lo único que en él, que en sí mismo, es, ante todo, enigma e interrogación abierta, y es susceptible de ofrecer respuestas.


LAURA GIL

Jesús Desangles, por Laura Gil | artnexus