Imágenes en el espejo: Mujeres, surrealismo y autorrepresentación

Dorothy Cross. Stilettos, 1994. Zapatos y tetas de vaca. 25.9 x 8.3 x 13.4 cm. De la Colección Mary y Joe Donelly.

Colectivaene 1999 - mar 1999· Por Autor no disponible

Imágenes en el espejo: Mujeres, surrealismo y autorrepresentación

MIT, List Visual Art Center, Boston, Massachusetts.

Esta provocadora exposición de veintidós artistas, muchas de ellas de México, Cuba y Suramérica, examina las expresiones del yo de quienes se asociaron con los surrealistas en los años treinta y cuarenta, y el de aquellas que exploran temas de identidad, género y cultura. Las obras de más vieja data y más inquietantes de la exposición son los autorretratos de la artista francesa Claude Cahun, cuyo nombre de pila, el cual cambió a los veintitrés años, era Lucie Schwob. Considerada como una de las primeras surrealistas, abrazó este movimiento inclinándose por la mascarada. A través de sus diminutas (3" 5/8 x 2" 5/8) fotografías en blanco y negro, la artista se presenta en diversas formas, a menudo, con la cabeza rapada y usando trajes masculinos, adoptando deliberadamente una auto- imagen engañosa. En Self Portrait: Standing Japanese Doll, 1928, parodia, en forma extraña, papeles femeninos, disfrazándose con una capa cubierta de máscaras, y escondiendo su rostro tras una impenetrable cara de muñeca asiática.

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Marta María Pérez. Protección, 1990. Impresión en gelatina de plata. 50.8 x 40.6 cm. Cortesía: Throckmorton Fine Art.

Muchas de las surrealistas representadas en la exposición, particularmente las latinoamericanas, se pintan a sí mismas rodeadas de criaturas extraordinarias, dentro de ambientes artificiosos típicos de este movimiento. En la obra At the Ends of the Earth, 1949, de Leonor Fini, la pintora aparece como una belleza sobrenatural sumergida hasta el pecho desnudo en aguas turbias en las cuales flotan cabezas de animales. The Alchemist, 1955, de Remedios Varo, representa una figura que hace girar una rueda de piedra, y cuyo cuerpo inclinado está envuelto en una tira del piso a cuadros blancos y negros que se levanta bajo sus pies. El Self Portrait with Thorn Necklace and Hummingbird, 1940, de Frida Kahlo, demuestra la propensión de la artista a las imágenes dramáticas y vívidamente expresadas de sí misma. El laberinto de espinas de su collar, que le atraviesa la piel, evoca su dolor, mientras que el gato negro y el diminuto mico que están detrás de cada hombro, insinúan su tormento emocional de toda la vida.

Las artistas contemporáneas presentes en la exposición emplean el cuerpo como lugar para la autoexpresión. En IV, de 1996, la mexicana Paula Santiago cosió con cabellos suyos de color castaño, las dos caras de una armadura corporal en miniatura, elaborada en cera y suspendida de cabellos trenzados, dentro de una caja de acrílico. La armadura cuelga como evocador testamento de las luchas internas de una mujer. Stilettos, de 1994, de la irlandesa Dorothy Cross, presenta un inesperado par de zapatillas femeninas, una especie de transformación surrealista de lo mundano. Una teta de vaca cubre las punteras de cada zapato, y la piel café y rubia está cosida, forrando toda la zapatilla, excepto el tacón "puntilla".

Las fotografías de Ana Mendieta, de sus esculturas tierra-cuerpo, emplean la huella y la ausencia de su cuerpo como expresión. En Untitled (de la serie Silueta), de 1976, la delicada silueta de su cuerpo con los brazos levantados está grabada en la arena de la playa; los bordes de la huella se ven suavizados por el efecto de una ola que pasó. Los pigmentos de color rojo sangre que salpican la forma hueca le dan una vivida resonancia a su poderosa forma totémica.

Finalmente, las fotografías de Marta María Pérez Bravo y Francesca Woodman presentan expresiones contrastantes del ser. Pérez Bravo, cubana, seduce y desconcierta al espectador con sus autorretratos en blanco y negro en los cuales aparece desnuda, como en Protection, de 1990. Bañada de luz, la artista se ve quitándose la camiseta por la cabeza, dejando ver las suaves curvas de su pecho, herido por una legión de espinas negras.

Los autorretratos de Francesca Woodman, tales como House No. 3, 1975-1976, nunca captan su rostro. La artista aparece sentada en el piso lleno de yeso de una casa abandonada. El ambiente que la rodea está claramente descrito, pero su cuerpo es un borrón que se tuerce dentro de una nube efímera frente a la cámara. En cada fotografía, Woodman, al igual que Claude Cahun, niega su identidad al no dejar ver su cara.

En última instancia, esta exposición demuestra que la lucha de las mujeres por tratar el tema del género y sus confines desafía el tiempo y el lugar.

MARY SCHNEIDER ENRÍQUEZ

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