El museo Denys Puech, de Rodez, ciudad de 40.000 habitantes del suroeste de Francia, fue creado a principios del siglo por iniciativa del escultor que lleva el mismo apellido. La colección permanente, donada por el artista, integra obras suyas, esculturas de la época y pinturas regionalistas (paisajes, escenas bucólicas, personajes). Este tipo de donación era bastante corriente en esa época, y de esta manera se constituyeron varios museos franceses en el siglo XIX. Renovado hace diez años, este museo se dedica hoy en día a la difusión del arte contemporáneo. Es interesante subrayar que Francia tiene una peculiar tradición centralizadora tanto en el campo político como en el campo cultural. Si bien la regionalización reciente ha modificado en cierta medida este panorama, muy lentamente se imponen otros centros artísticos fuera de París y de las otras grandes urbes, Lyon y Marsella. Es un verdadero desafío para las ciudades medianas —muchas veces enfrascadas en regiones rurales, bastante alejadas y aisladas de las metrópolis culturales— tener una política de arte contemporáneo que vaya seguida de difusión. La escasez de público —localizado en su mayoría en las grandes ciudades—, la ausencia de galerías, la carencia de coleccionistas y la incipiente educación artística contribuyen a hacer más difícil la tarea de difusión. El desafío consiste, a la vez, en tratar de satisfacer la dimensión pedagógica, ofrecer diversidad, mantener el nivel de calidad y seguir la actualidad artística.

El Museo de Rodez trabaja en esa dirección, y con la exposición que presentó este verano piensa haber logrado sus objetivos. La idea de Ida y vuelta nació de la convergencia de dos parámetros que van a constituir el hilo conductor de esta manifestación: la presencia en esa ciudad de un artista de Nuevo México, Fernando Benítez, que trabaja en Rodez y en Santa Fe, y la existencia de una representación de la virgen de Guadalupe (traída de México en el siglo XVII e instalada en la catedral de Rodez), una de las dos representaciones existentes en Francia, con la virgen de la Catedral Notre-Dame en París. Doce artistas han sido invitados para exponer y trabajar en tres lugares de la ciudad: el museo, los talleres del museo y la Menuiserie, un nuevo lugar para el arte contemporáneo. Todos, con la excepción de Reginald Gammon, tienen entre 27 y 48 años y trabajan en Nuevo México. La gran variedad de expresiones —ya sean emanaciones del arte conceptual (instalaciones), o pinturas, objetos, collages y fotografías estrechamente vinculados a las culturas hispana y negra— consta del mosaico cultural y artístico que configura a Nuevo México. Lo que es sin duda interesante en este proyecto es su deseo y su facultad de establecer un puente, no sólo adentro de Nuevo México, sino también —en éste y en otros contextos— desde Estados Unidos hacia la provincia francesa. También consta de la importancia que significa la circulación de las imágenes en el desarrollo de la historia de las artes. Presentar un conjunto de artistas con expresiones muy diferentes es siempre un riesgo conceptual y estético; lo decisivo aquí es que la coherencia visual para el visitante se manifieste a través de un concepto que congrega. El recorrido de los tres lugares de exposición se vive como un itinerario iniciático que abarca, fuera de lo estético, cuatro dimensiones: una de tipo religioso (místico o iconoclasta), una urbana (social y cotidiana), una intimista (universo femenino) y una identitaria (alusión a las culturas hispana y negra), entremezcladas en algunas obras.

John Tuccillo (1963, Missouri) presentó dos obras colgadas en la pared, haciendo referencia al paisaje urbano contemporáneo, desviando objetos con esas rejas de madera en trompe-l’oeil, entre escultura y pintura. La calle también está presente con Reginald Gammon (1925, Pensilvania), artista negro norteamericano cuyo arte —situado entre denuncia y reconstrucción de la identidad— se emparenta con la figuración chicana, sin contar con la violencia pictórica propia del arte chicano. Los óleos de Deborah Gavel (1954, Cleveland) están impregnados de un clima esotérico e intimista. Con una suerte de halo pictórico rodeando una reja central, esas pinturas cuestionan con delicadeza las fronteras de lo pictórico y de lo decorativo, oponiendo lo escondido a lo visible, lo vacío a lo pleno, creando un clima entre misticismo y misterio. Raphaélle Goethals (1958, Bruselas) trabaja sobre el vacío, con transparencias obtenidas por el uso de la cera, haciendo dialogar, dentro de una geometría sensible, el desequilibrio de un espacio preponderante interrogado por signos de tipo caligráfico. Otros universos espaciales y materiales pueden estar asociados a este último, como las pinturas de Keri Ataumbi Greeves (1971, Wyoming) y las de Sally Condon (1950, Maine) en Los talleres, por su exploración abstracta de la materia y de la memoria.

El impacto de la sala principal del Museo (primer piso) lo produce la presentación de dos obras que están museografiadas frente a frente, de cada lado de la sala. A la derecha, una instalación —o más bien un altar— de Delilah Montoya (Texas, 1955). La guadalupana toma como referente la virgen de Guadalupe, símbolo omnipotente y omnipresente de la cultura chicana. Constituida por fotografías y objetos, la obra presenta en su centro la inmensa fotografía en blanco y negro de un hombre —se supone que es un prisionero—volteado con las manos amarradas con esposas y llevando en la espalda un tatuaje de la virgen de Guadalupe (coloreado por la artista). Alrededor de esta fotografía, un friso de otras representaciones, tatuajes de la virgen de Guadalupe en medio de ramos de rosas rojas, sobre fragmentos de otros cuerpos. En el piso, sobre un mantel blanco de encaje corriente con el calendario azteca, están dispuestas otras efigies de la virgen, veladoras, rosas rojas, banderas, piedras y ángeles. Nutrida de la problemática cultural reivindicativa propia de la comunidad chicana, la fotografía construye de manera bastante teatral su universo estético y conceptual. En ese altar, como en las 18 fotografías (calotipos) presentadas en la sala del sótano, coexisten dos niveles de lectura, a través de dos campos simbólicos, real y metafórico, entre realismo y sueño.
A la izquierda, la obra de Fernando Benítez abre otro espacio fuerte. Una serie de retratos (Têtes, óleos sobre tela) extáticos, con miradas volteadas, está irregularmente dispuesta alrededor de una figura central, la de una niña semidesnuda y vestida de blanco. Child with thoughts (óleo sobre tela, de 1997) es a la vez una imagen límpida y complicada que remite a la cuestión de la representación, la del doble, la identidad y el otro. De una manera pictórica sobria y casi escultural, en el espíritu de la mística barroca, Francisco Benítez también interroga el pasado confrontando una lectura de la historia del arte (Caravaggio, Zurbarán, el barroco latinoamericano) con una actualidad marcada por el peso de la contemporaneidad.
Intimismo y miradas hacia la naturaleza, con cierto referente surrealista, en las obras de Judith Scariano (1961, Wisconsin); las cajas, collages y objetos de Laura Telender (1964, Minnesota) exploran el universo femenino. También metafóricas, las instalaciones de Janet Maher (1954), en La Menuiserie, y de Christine Wallers (1963, Illinois) en el sótano y la escalera principal del Museo, pertenecen a esa búsqueda del paisaje entendido como cultura, incluidas la tierra, las piedras, las pizarras y el papel. Ese interés por las huellas, por lo que queda, contribuye a crear esa "idea de lugar", tanto la del yo entendido como espacio íntimo, como la del espacio colectivo compartido. Idea de lugar que trasciende la exposición entera al mismo tiempo que muestra su apertura al mundo.
CHRISTINE FRÉROT

