A través de esta primera experiencia se hace evidente que nuestra región necesita más de un encuentro y de un foro que de una pista de carreras y obstáculos.
Hasta hace poco hablar de arte centroamericano era algo no sólo extraño sino incomprensible para el resto del continente. Bélgica Rodríguez explicó bien nuestra situación cuando señaló que, en general, los críticos o historiadores después de Venezuela pasaban por encima de Centroamérica para llegar a México. No obstante, en los últimos años parece que tal signo —o posible condena— va diluyéndose frente a un inminente momento de crecimiento. Recientes iniciativas han dado las coordenadas de un nuevo mapa del arte centroamericano, y la seguridad de que éste es más rico y profundo que una región digna de pasársele únicamente por encima.

Al hablar de las actividades artísticas a nivel centroamericano, no se encontraba una historia muy larga. Es más, ante la insuficiente información se persistía en el recuerdo de una sola bienal, aquella celebrada a principios de los años setenta, y cuya sombra persiste en nuestra memoria colectiva. En dicha ocasión el jurado calificador, formado por la ya legendaria Marta Traba, Fernando de Szyszlo y José Luis Cuevas, otorgó premios trascendentales para algunos países, y dejó otros desiertos, lo cual fue suficiente para crear un ambiente de incomodidad y desmotivar el desarrollo de movimientos artísticos importantes en su momento.
Sin embargo, la nostalgia por la anécdota y el tono competitivo comienzan a superarse a través de encuentros como la I Bienal de Pintura del Istmo, celebrada en septiembre en Guatemala. Después de esta primera edición esta bienal se perfila como una actividad que en un futuro inmediato puede generar una importante función entre el arte de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. En este sentido, el efecto de la decisión de los jurados Michael Mezzatesta, director del Museo de Arte de la Universidad de Duke, Carolina del Norte, y Celia Sredni de Birbragher, directora y fundadora de la revista ArtNexus Colombia, de cuestionar los beneficios que pueden existir al otorgar un primer lugar con un segundo o un tercero, fue la clave para no caer en el cajón de los vicios pasados. La voluntad de romper con este esquema competitivo tradicional dio a la bienal una lección de sencillez, para valorar el arte con una mirada más justa y no desde la perspectiva de lo bueno, lo malo y lo feo.

El mensaje es claro: ¿qué ganamos con estas jerarquías? Después de años en que nuestras relaciones se miden a través de la fragmentación de intereses, de títulos de origen colonial, de capitanías generales, de ser los más o menos civilizados, los menos o los más violentos, se precisa dar paso a una convivencia e intercambio más estimulantes. De ahí que la decisión de otorgar tres primeros premios y tres menciones honoríficas, hace que la I Bienal del Istmo entre con pie derecho. Se suma a este aporte el hecho de que en su organización, iniciada en abril de 1997, se unen por primera vez seis instituciones reconocidas por su contribución al desarrollo cultural de sus respectivos países: de Guatemala, la Fundación País para la Educación y la Cultura; de Honduras, el espacio de Honduarte; de El Salvador, el Banco Promérica, de Nicaragua, la Fundación Ortiz Guardián; de Costa Rica, Empresarios en el Arte, y de Panamá, la Fundación Fernández Pirla. Además de lo enriquecedor de la experiencia colectiva, más que competitiva, este primer encuentro es un importante panorama de la pintura de la generación actual, poco conocida fuera de las fronteras y poco conocida entre sí. En general, en su visión de conjunto aún pueden percibirse las preocupaciones por la cultura y la naturaleza, asociadas al color festivo, y también, que Centroamérica es el último reducto de la pintura del realismo mágico. Sin embargo, participan obras que sobresalen por su intención de abandonar los temas y las etiquetas del exotismo. Entre éstas, una interesante pieza del artista panameño Fernando Toledo, titulada El gran inquilino, y Clea, del pintor costarricense Adrián Arguedas. Asimismo, los apuntes de la hondureña Xenia Mejía, titulados Inspiración personal, y El hueso de Olivero, una obra llena de humor realizada por el artista panameño Roosevelt Díaz.

Precisamente en un momento en que el arte latinoamericano se incorpora a un arte global, pero capaz de seguir hablando de sus historias particulares, la tendencia de la premiación fue hacia obras que denotan este criterio. Entre las que comparten el primer premio se encuentran la instalación Rogatorio, del guatemalteco Francisco Auyón; Oración de la mañana, del artista salvadoreño Walter Iraheta, y Tan cerca y tan lejos, del artista hondureño Armando Lara Hidalgo, la cual se encuentra más en una línea tradicional de la pintura de caballete.
La obra de Auyón se une a la línea de los artistas que incursionan en la instalación sin abandonar por completo el medio tradicional de la pintura. Rogatorio propone como espacio de reflexión una vivienda de barriada, esa imagen común de indigencia. La obra reproduce una pequeña habitación con láminas de zinc. Sus paredes internas han sido cubiertas con pinturas de escenas reconocibles del contexto al que se refiere. Sin embargo, sin los problemas comunes y complejidades de la pobreza, la diminuta champa es más bien un espacio aséptico, con piso y techo de un blanco impecable, lo cual tiende a la confusión entre la realidad ilusoria y la realidad misma. Walter Iraheta propone una casi desaparición de la pintura a través de un collage de elementos extrapictóricos. En Oración de la mañana el artista organiza una serie de páginas sueltas de misales, métodos para oír misa, para confesiones y comuniones, las cuales hacen una inmediata relación con el peso de nuestra compartida historia religiosa y la persistencia de los mitos.

Entre las tres obras que se escogieron para compartir la mención de honor se encuentra Pirámide, del artista guatemalteco Arturo Monroy. En ésta encontramos la sugerencia de conceptos más sofisticados y el uso de líneas sencillas, casi zen. En su obra los clásicos iconos de los países tropicales y tercermundistas, el del fríjol y las bananas, han sido llevados a escalas monumentales para dar pie a interpretaciones en diferentes direcciones. Una de éstas puede ser el simple asombro ante la sobredimensión de elementos cotidianos o la sugerencia de esa necesidad tan nuestra y actual de vernos confrontados o devorados por nuestros propios estereotipos, especialmente aquellos que aluden a nuestra condición de países agrícolas y tradicionales. El crepúsculo del ídolo y Ofrenda y sacrificio, 6 lienzos de 140 x 120 cm cada uno, del artista hondureño Santos Arzú, es otra de las obras que comparte las menciones de honor y que utiliza el concepto de sobredimensión como parte de una estrategia para confrontarnos con imágenes comunes de nuestro contexto. Las paredes perforadas, la reproducción de la impronta de materiales como ladrillo y madera se convierten en una alusión evidente y en una reflexión de la cual no podemos escapar.
Entre las fronteras de la pintura y la instalación también encontramos la obra de Darío Escobar, artista guatemalteco que pertenece a la generación de los últimos años que se ha apropiado de manera creativa y desprejuiciada de los elementos constitutivos del arte occidental. Sin embargo, este préstamo se funde con la parafernalia de objetos tradicionales de nuestra herencia religiosa como los exvotos, con la estética del libro viejo, de los papeles quemados y velados que aluden a los laberintos de la memoria. En sus obras tituladas La lección de anatomía y Sin título, presentes en la bienal centroamericana, encontramos un paso importante hacia una poética más definida y un mensaje conceptual que alude a nuestras lagunas de conocimiento, especialmente a través de la presencia —o intervención— de la frase de Baudelaire, transcrita en su idioma de origen: "Pauvre homme Américanisé par des philosophes Zoocrates et industriels".

El resumen de los logros inicia con la confirmación de que la I Bienal de Pintura del Istmo Centroamericano viene a ser uno de los componentes indispensables para salir del aislamiento general. También, que un foro para reflexionar sobre nuestros aportes y nuestros desaciertos se hace cada vez más imprescindible. En este sentido, además de verse como una importante iniciativa donde se unen esfuerzos y recursos, la bienal puede plantearse seriamente un papel que implique una dinámica de discusión en torno al arte y la implementación de iniciativas educativas. En el recuento de los logros comprobamos que la pintura en Centroamérica sigue teniendo una importante vigencia aunque exista una diversidad de preocupaciones y estilos. Pero, también, que está aflorando una necesidad de incursionar en géneros artísticos distintos, que generalmente se descalifican como algo impropio para el arte de estos países, olvidando que los ensamblajes, las instalaciones y los montajes ambientales están presentes en nuestro mapa artístico desde hace tiempo. De allí también se desprende la confirmación que nos encontramos frente a un normal proceso de globalización y la normal dosis de resistencia, que defiende la preconcepción de lo que debe ser la identidad del arte de un país o una región.
De cumplirse la promesa de celebrar la segunda edición en el año 2000 en Costa Rica, la Bienal de Pintura del Istmo Centroamericano consolida la apertura de un espacio fundamental. A través de esta primera experiencia se hace evidente que nuestra región necesita más de un encuentro y de un foro que de una pista de carreras y obstáculos. De hecho, la experiencia se suma a todas aquellas iniciativas, artísticas y extra-atísticas, que tienden a reabrir las fronteras de comunicación entre los países del istmo, las que se cerraron en la época en que tres de sus países atravesaban situaciones extremas de crisis política y social. La iniciativa nos dice que el momento es propicio para cruzar el gran lago —como ilustra el I Ching— , para vernos frente a frente y reconocer nuestras historias a través del arte.
ROSSINA CAZALI
Curadora y colaboradora de la sección cultural del diario El Periódico de Guatemala. Es cofundadora del Proyecto para el Arte Contemporáneo Colloquia, en Guatemala.

