Exposición Individualene 1999 - mar 1999· Por Christine Frérot

Gabriel Orozco

Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París

Durante este verano abundaron en París importantes exposiciones consagradas a artistas mexicanos: pintores históricos como Frida Kahlo y Diego Rivera, en el Museo Maillol y en la Fondation Dina Vierny. En el Museo de Arte Moderno se presentó la obra de un artista contemporáneo, Gabriel Orozco (Veracruz, 1962), quien vive y trabaja en México y en Nueva York.

La fama internacional del mexicano no está desligada del reconocimiento que el medio artístico francés le ha brindado muy tempranamente. Desde su primera exposición individual (Galería Chantal Crousel, París, 1993) con el famoso coche DS Citroën truncado, sus exposiciones, tanto las individuales (en 1995, Migrateurs, en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de París, y en 1997, en el Musée de la Vieille Charité, en Marsella) como sus únicas exposiciones colectivas en el transcurso de 1995 —la del FRAC Bretagne (Réalités décalées) y la del Magasin en Grenoble (Morceaux choisis)— han gozado de una excelente acogida en Francia.

Exposición Individual: Gabriel Orozco — imagen 1
Gabriel Orozco. Maman, 1998. Instalación. Dimensiones variables.

El interés del público parisino (23.000 visitantes en dos meses, catálogos agotados desde finales del julio y en reimpresión, la decisión de prolongar la exposición por un mes) no deja de sorprender si consideramos que Orozco es un artista complicado y que el espacio del ARC (Animation, Recherche, Confrontation), abierto a artistas jóvenes, con obras experimentales, goza en general de una recepción más confidencial, a veces limitada a algunos initiés.

Para la exposición del ARC, Orozco concibió un proyecto específico, incluidas obras existentes y obras creadas para esta ocasión, invitando al espectador a una experiencia sensible global a través de un recorrido proteiforme y polisensorial.

Un enorme panel semicircular inaugura la exposición con el enigmático e impactante —por su tamaño— "Clinton es inocente". El espacio se abre después sobre un inmenso corredor curvo con vista panorámica: seis ventiladores en marcha hacen girar tiras de papel higiénico blanco. Sobre el piso, diez ramos de flores artificiales blancas cohabitan y alternan con nueve piezas esculpidas como escurridores de aluminio. En la pared, seis pizarrones negros, pre-dibujados con varias tramas serígráficas en blanco, invitan al espectador a intervenir (presencia de tiza y borrador). Antes de abordar un espacio más intimista (corredor estrecho con paredes pintadas de azul profundo), tres construcciones-instalaciones, Ping pong table (mesa en forma de cuatro hojas de trébol con agua en el medio), Maman (casa de muñecas con dos pianos) y Kiss of the egg (estructura-suspensión de hilos de aluminio con huevo) —las tres de 1998— ofrecen otras alternativas de juego, tanto visual como conceptual y físico (tocar el piano y jugar ping-pong), al visitante. La última parte, a la manera de un cabinet de curiosités, incluye fotografías, objetos y dibujos (con la muy hermosa tierra cruda, My hands are my heart, 1991). Es un espacio laberíntico, mental y geográfico, bajo el sello del tiempo: con el Sismographe (1997), Orozco ha creado un objeto en forma de estrella con páginas de su agenda; la fotografía El jardín del mundo (1998) corresponde a un mapamundi deshaciéndose en un jardín tropical: objetos como el reloj mojado, el juego de ajedrez con caballos o los boletos de avión usados y dibujados... son señas de un espíritu nómada, tanto del artista como de su obra. Obra sin límites, en movimiento perpetuo, que construye y deconstruye, para captar mejor lo efímero y no estar en contradicción con ese deseo de percepción de lo fugaz que conmueve, antes que todo, de Orozco.

En ese recorrido se relacionan o se oponen evocaciones y significaciones, imágenes o experiencias antinómicas. Lo real y lo virtual, lo estable y lo inestable, lo aleatorio y lo sistemático conjugan esa metáfora de la libertad, esencial en la obra del artista. Cercana a un collage de sensaciones, sueños e ideas ancladas sobre lo real y convocando a todos los sentidos, la muestra está acompañada musicalmente por una grabación de Orozco improvisando al piano (pensamos en la ambientación de las películas mudas).

Paseamos por esta exposición como descifrando un paisaje musical, con su diversidad, sus altos y bajos, sus pasos más sútiles o más físicos. Sentimos, a pesar de la dispersión conceptual y material aparente, la permanencia de una obra global. Está presentada según un discurso punteado que propone fragmentos de instantes, detiene lo irrisorio, fija lo inalcanzable, yuxtapone imágenes opuestas (Follaje, fotografía, 1997) y se interesa en el revés de las cosas (Under the table, fotografía, 1993). Si la primera parte de las instalaciones donde dominan, el blanco y negro expresa una poética bastante aséptica, la parte donde están las fotografías y los objetos introduce una dimensión más humana, más cultural. A pesar de ser bastante descarnada, sueño-espejismo sobre lo inestable y lo estable, esta primera parte contiene una magia que es brutalmente interrumpida por los golpes desordenados de los visitantes sobre los dos pianos, en sobreimpresión con el sonido ambiental. El encanto puede entonces rozar la pesadilla. Para el visitante, se trata de reestructurar el puzzle de las ideas, de las representaciones, de los juegos, de las libertades posibles e imposibles, de las asociaciones mentales. Tendrá que despertar todos sus sentidos sin a priori, dejar fluir su capacidad imaginativa y poética, y vincular con toda libertad su inteligencia a su emoción, rehaciendo la obra, a su manera.

CHRISTINE FRÉROT

Gabriel Orozco, por Christine Frérot | artnexus