Con el patrocinio de la Universidad Nacional de Colombia, el Ministerio del Medio Ambiente, la Federación Nacional de Cafeteros, Ecopetrol y Aces, en el Museo de Arte de la Universidad Nacional se llevó a cabo durante los meses de junio y julio la exposición titulada Fragilidad, arte y medio ambiente, un proyecto que reunió a cerca de 50 artistas provenientes de distintas regiones del país, quienes participaron con obras realizadas en el pasado o con obra actual, cuyo único requisito consistía en la relación que estas establecen con el tema del medio ambiente.
La muestra, coordinada por Manuel Romero, Gustavo Zalamea y Juan Alberto Gaviria, estuvo acompañada de un coloquio en el que durante tres días se realizaron ponencias a cargo de especialistas en el tema y con la participación de algunos artistas. El propósito de este proyecto apunta a generar una reflexión acerca de la fragilidad de nuestro medio ambiente y de la posición que el arte asume ante tal condición. Como lo indica Manuel Romero, "El arte es un productor de imágenes; las imágenes, en general, son instrumentos que nos permiten tener una comprensión del mundo y orientan las relaciones que establecemos con él. Es así como los mapas y las anatomías orientan los recorridos físicos y conceptuales que hacemos del espacio y del cuerpo"1. De esta manera, las imágenes exhibidas conformaron una especie de mapa, un recorrido visual y sensorial que hizo posible que el espectador percibiera la íntima vinculación que algunos artistas contemporáneos establecen entre la ética y la estética; en este caso específico, la ética referida al comportamiento que el hombre asume ante el medio ambiente. Es así como el recorrido total de esta exposición se convirtió en una exploración a través de las diversas imágenes que lo conforman, las que obedecen a las distintas actitudes y reflexiones que los artistas elaboran ante las condiciones actuales de habitabilidad.

El montaje de las obras principales se apoderó físicamente de todos los espacios del museo; se utilizaron los jardines interiores y los aledaños, el follaje de los árboles y sus troncos, el espacio amplio del patio, los corredores que lo circundan y las dos salas de exposición. Sin embargo, las obras fueron tan cuidadosamente dispuestas en cada uno de estos lugares, respetando las distancias entre una y otra, que en ningún momento se experimentaba fatiga por saturación; el recorrido, por el contrario, conducía amablemente al espectador de una imagen a otra, de manera que se iba entretejiendo un discurso unitario teniendo como base los distintos medios y los diversos lenguajes a los que recurren los participantes. El papel jugado por la curaduría y el montaje se convirtió en un facilitador del diálogo que los artistas quieren establecer con su particular forma de abordar el tema y con el espectador.
Al ingresar al patio del museo el espectador se encontraba con el enorme ensamblaje de Alvaro Franco, un artista muy joven, construido con guacales de madera en los que se transporta fruta, con los que, a la manera de un juego de niños, se crea una retroexcavadora, titulada Cuchara de palo y contrapeso. Esta gran pieza ocupaba gran parte del patio y estaba circundada en los corredores por la obra de tipo documental, mapas, fotografías y textos alusivos a distintos proyectos de grupo o individuales que han reflexionado en torno al medio ambiente. En un muro superior del patio, donde por mucho tiempo estuvieron las matas de maíz de Antonio Caro, ahora se podía ver la firma legendaria de Manuel Quintín Lame, realizada también por Caro. En la sala principal se encontraba la manualidad (así definió el autor su medio), de Humberto Junca, titulada Suave con las manos, una frase que sirve de eslogan publicitario a un jabón para lavar ropa. Es una obra realizada directamente sobre el muro, en la que la barra de jabón se representa con un icopor (poliestireno) blanco y la espuma se trabaja con finas lentejuelas plateadas rodeadas de una mancha con color azul muy plano.

Al interior de la sala principal, en el espacio central se encontraba la obra de María Consuelo García, una frágil cuna construida a la manera de un nido que evocaba múltiples asociaciones acerca del afecto y la fragilidad de la vida. En un extremo fueron colocadas las iguanas en cerámica de María Combariza, quien tenía otras tres instalaciones igualmente delicadas y poéticas, colocadas en otros lugares del museo. Se colocaron sobre el piso unas pinturas de María Elena Bernal, en las que se trabaja el tema de los charcos y que hacen parte de su reflexión acerca del paisaje natural y urbano.
Alrededor de este espacio central se dispusieron las obras de otros artistas; el recorrido se iniciaba con la instalación de la artista antioqueña Patricia Lara, quien realizó un buen trabajo al colocar sobre la pared un mapa en el que se ve el recorrido de algunas quebradas, y sobre éste se colocaron —a manera de visores— imágenes de las mismas, en el que se manifiesta la intervención de la ingeniería sobre la naturaleza.
Otros de los trabajos importantes eran las obras de Alicia Barney, que han trabajado con insistencia en torno a la ecología; de ella se recogieron diversas obras, algunas presentadas a nivel documental, con fotografías y textos; en todas ellas se evidencian la seriedad y la ética de su trabajo. Una de ellas consistía en una mesa de madera con dos sillas rojas colocadas en los extremos, en las que el espectador se podía sentar y ver una colección de páginas de distintos periódicos del país, en los que desde los años ochenta se evidencian desastres ecológicos y otros temas relacionados con el medio ambiente.
También estuvo presenta María Angélica Medina con su tejido y con algunas de sus faldas enrolladas y empacadas al vacío entre vidrios enmarcados con acero; en estas piezas se asume la presencia del cuerpo, el tema de la imagen personal y las relaciones que establecen con el tiempo. Es un trabajo concebido desde una perspectiva muy íntima en la que prima ante todo una actitud ante el arte y la vida.

La fotografía tuvo una doble presencia en este evento, como documento y como obra en sí misma; tal es el caso de los trabajos de Juan Pablo Fajardo, con su Serie doméstica, y Andrés Fresneda, con La política de la casa; el primero ha iniciado una reflexión acerca de los jardines de residencias urbanas, y el segundo, en torno a los interiores de la vivienda. Adolfo Cifuentes también recurrió a las fotografías familiares, retocadas con color, ampliadas y enmarcadas, ante las que colocó jarrones de vidrio con flores artificiales, y uno con flores naturales que se fueron marchitando a lo largo del tiempo que duró la muestra. Juan Fernando Herrán estuvo presente con una fotografía de pequeño formato montada en marco metálico, donde se observan las piernas de un hombre descalzo sobre la tierra apisonada y húmeda. Algunos artistas que han realizado performances, como María Teresa Hincapié y Gloria Pérez, presentaron una serie de registros fotográficos. En el caso de la primera, a través de estos registros el espectador podía acceder a distintos estadios de su trabajo, acompañados de textos en los que se ponen en evidencia las intenciones de cada uno de ellos, las que se pueden englobar dentro de su última propuesta titulada Hacia lo sagrado. Gloria Posada también presentó registros fotográficos de dos trabajos suyos titulados Todos los días otros y Territorio para colibríes. El grupo conformado por Gonzalo Cano, Paul Lashmet y Lisa Andrew presentó una serie fotográfica de la Avenida Caracas, una de las calles más complejas y polucionadas de la ciudad de Bogotá a nivel ambiental, tanto visual como auditivo; está congestionada avenida fue observada durante el día y la noche.
Germán Martínez realizó una obra impactante; sobre una base de madera muy baja colocó jabones de uso corriente de color verde pálido, envases de champú de tonos rosa, de crema de manos, otros de suavizantes de ropa de color azul celeste, y otros de laca y betún negro líquido cuyo contenido se regaba sobre la madera. Como en todos sus trabajos, se combina una factura refinada y sutil para denotar hechos dramáticos, pues los elementos colocados conformaban la silueta de un cadáver.

Algunos artistas participaron con pinturas, entre ellos, Luz Angela Lizarazo, Carlos Jacanamijoy, Raúl Cristancho y Olga Lucía García y Rodrigo Facundo. Como es habitual en Olga Lucía García, con mucho ingenio y humor abordó temas como La selva y el desierto, a través de pinturas-objetos en las que se ensambla una diversidad de materiales, y con ellos una infinidad de sentidos; mientras que Rodrigo Facundo presentó una de sus evocadoras y sugerentes imágenes, creada a través de medios pictóricos y de impresión, que tenía por título El rey de la selva, en la que se contrasta la figura del hombre urbano, con sombrero y vestido de paño, con la de los animales.
También hubo instalaciones sonoras, como la de Gustavo Bejarano; videos, como el del grupo Ku, formado por Manuel Santana y Graciela Duarte, quienes desde tiempo atrás vienen reflexionando a través de un trabajo participado con el ciudadano común, acerca del significado del arte, pregunta que esta vez, a través de una encuesta, inquiría por el sentido del arte y el medio ambiente.
Otras formas de participación propusieron las obras de Miguel Ángel Rojas y Antonio Cadavid. La del primero, concebida dentro de una estética que buscaba activar todos nuestros sentidos; con el nombre de Mañana le digo, esta pieza de pequeño formato combinaba pescado seco y delicadas flores de seda de tonos blancos y rosa. Por su tamaño, era preciso que el espectador se aproximara a ella; entonces, de inmediato, le sorprendía el olor fuerte a pescado, dando origen a una extraña experiencia olfativa y visual. Antonio Cadavid colgó manzanas verdes y rojas en el árbol principal del jardín del museo, empacadas en bolsas de material ecológico, de manera que su instalación evocaba el árbol del paraíso. Las manzanas podían ser tomadas por los espectadores, no sin antes pasar un enorme susto pues al jalarlas, la mayoría de ellas accionaba un ruido fulminante.
La nota más destacada de esta muestra radica en el respeto y la seriedad con la que fue concebida; respeto con el espectador, con las obras, con los artistas y con el tema. Esta condición hizo posible que en un mismo espacio habitaran obras de artistas muy jóvenes, con las de otros de amplia trayectoria, trabajadas con medios muy disímiles. La selección obedeció a un estudio cuidadoso por parte de los coordinadores, que permitió al espectador acceder a una experiencia reflexiva donde el cuerpo, el vestido, la casa, la calle, la fábrica, el río, el surco, la selva, el mar, el pensamiento, la palabra, la materia y la imagen, el sentimiento, la sensación y el movimiento2, se constituyen en elementos a partir de los cuales el arte y los artistas se interrogan, elementos muy próximos a todos los seres que hacen parte de un mundo frágil que inciertamente habitamos.
NOTAS
1. Manuel Romero, en el plegable que acompañó la exposición. Museo de Arte de la Universidad Nacional, 1998.
2. Estas palabras fueron incluidas en el plegable que acompañó la muestra.
MARTA RODRÍGUEZ

