En el mes de noviembre presenciamos una larga e intensa jornada de performances que convocaron treinta acciones plásticas, y que se constituye en un encuentro nacional de artistas que posibilitan el sucederse como un registro creativo. Aunque esta modalidad artística tendría distintos antecedentes en los actos protagonizados por integrantes del futurismo, del dadaísmo, del surrealismo o del grupo alemán de la Bauhaus, en realidad su tradición fuerte parece estar en el hecho de pintar en un renovado y ardiente ritual de Pollock, o en las antropometrías de Klein, sin olvidar las presentaciones fluxus o del nuevo realismo. Así mismo, el happening de los años sesenta parece ser el antecedente inmediato.
La fotografía y el video se han encargado de registrar y guardar la memoria de estos actos que defendían su carácter efímero. Para la década de los años setenta el performance fue indudablemente una de las opciones en el concierto de posibilidades creativas. Las cámaras fotográficas avanzaban, y se contó con la presencia de la máquina filmadora en video. Allí comienza una nueva era para registrar los eventos públicos y las puestas en escena o actos privados. Vito Acconci, Joseph Beuys, Daniel Buren, Dennis Oppenheim, Dan Graham, Hermann Nitsch, Gilbert and George, Luciano Castelli, Lauri Anderson, Rebecca Horn, Robert Wilson o Lucinda Childs, son algunos de los autores indispensables de estas presentaciones o representaciones.

El año pasado se celebró el Primer Festival de Performances por iniciativa de Wilson Díaz y Juan Mejía. Su memoria reposa en un video y en fotografías. Animada por un grupo de alumnos de Artes Plásticas del Instituto Departamental de Bellas Artes, este año se celebró la segunda edición, nuevamente presidida por Wilson Díaz. Un ciclo de conferencias previas sirvió de preámbulo a la presentación de treinta eventos.
El performance también es permeable a la globalización, pesimismo, final de la historia y cinismo ambivalente que caracteriza la agonía del milenio. Pluralismo, diversidad de opinión, apropiación, recreación y juego lúdico se pudieron apreciar como lugares para proyectar diversas ideas.
El festival recogió accionismo interactivo (Grupo Nómada, Fernando Hidalgo, Alejandra Gutiérrez, Luis Mondragón, Grupo Casa Guillermo, María Angélica Medina, Juan Toro, Mónica del Llano, Leonardo Herrera, Mauricio Vera, Grupo A-Clon, Club Catódico, Diana Lasso y Giovanni Vargas), realizaciones solitarias (Antonia Canal, Tomás Reyes, Francisco Camacho, El Esquimal, Janeth Blanco, María José Arjona, Raúl Naranjo) y ficciones sociales políticamente preocupadas por subvertir (Claudia Patricia Sarria, Marlan Ampudia, Rosemberg Sandoval). Apropiación de manifestaciones: cinco jugadores en calentamiento del equipo de jockey del Valle, en el evento de Diana Lasso y Giovanni Vargas; dos equilibristas para el performance de Fernando Hidalgo, y un grupo de mariachis para la presentación de cierre de Wilson Díaz.
Las acciones se ajustaban en distintas direcciones a satisfacer expectativas esteticistas, alegóricas, como afirmación de una lúdica inevitable; sin embargo, en otra dirección, se encaminaron a plantear la banalidad, el azar y la conquista de la intuición. La acción que se justifica a sí misma y que, negando la supervivencia del objeto, comienza a desaparecer en el mismo momento en que sucede.
A estas alturas, el performance es una forma artística con visos académicos, como podrían serlo la pintura, la escultura, la fotografía o las instalaciones. Por lo menos eso han dicho los eventos nacionales e internacionales del arte contemporáneo. Pero siempre resulta conmovedor el hecho de que exista una exposición viviente, que reanima un espacio (si se quiere museal) de tránsito. Repensado en esta segunda mitad de este siglo que expira, indudablemente el performance es una de las posibilidades del lenguaje visual. Entonces estamos muy sintonizados y fértiles al poder dejar que se sucedieran treinta propuestas en torno al suceso o la acción plástica.
MIGUEL GONZÁLEZ

