Exposición Individualene 1999 - mar 1999· Por Carlos Basualdo

Ernesto Neto

Galería Bonakdar Jancou

Todo, empezando por el propio título de la muestra, parece indicar la voluntad de Ernesto Neto de establecer una continuidad entre las obras que presenta en la Galería Bonakdar Jancou. Antes de ingresar al espacio expositivo propiamente dicho, se lee en uno de los muros exteriores de la galería el título general de la muestra: Navedenga y los Ovaloides. Navedenga es el nombre del trabajo de mayor envergadura de la exposición, un paralelepípedo de tul de lycra, que a modo de carpa ocupa la sala principal. Según reza la nota de prensa distribuida en la muestra, el título de este trabajo está compuesto de los vocablos "nave" y "denga", éste último una alusión a la fertilidad y la sexualidad femenina. Los Ovaloides son piezas individuales, grandes sacos de lycra rellenos de pelotitas de tergopol y puntuados por aberturas que se extienden como tubos o mangas confeccionadas del mismo material, y que atraviesan todo el espesor de las obras. La muestra podría ser interpretada en primera instancia como la escenografía de una película de ciencia ficción de los años setenta. Los Ovaloides parecen habitantes de algún planeta remoto en la galaxia sinuosa del pop, y la nave, su vehículo de transporte sinestésico. Se trata, obviamente, de seres amigables, como el espectador puede comprobar al descalzarse y penetrar en el habitáculo flotante de la nave, o al acariciar y penetrar, con puños y brazos, el interior escurridizo de los Ovaloides. La atmósfera gratamente lúdica del conjunto es, por otra parte, tan convincente que hasta llega a distraer al espectador de la concreta precisión formal de los trabajos, que combinan la sensualidad de la arquitectura de Niemayer con la ligereza experimental de las instalaciones que Hélio Oiticica realizó hacia fines de los años sesenta, como Edén. Desde el punto de vista de la genealogía que de alguna manera daría cuenta de estas obras, se podría mencionar quizás la posición relevante que parecen ocupar en el imaginario de Neto las experiencias grupales de Lygia Clark. Sobre todo aquellas que, reunidas bajo el nombre de Arquitectura biológica, fueron llevadas a cabo por la artista brasileña hacia fines de los años sesenta.

Exposición Individual: Ernesto Neto — imagen 1
Ernesto Neto. Navedenga, 1998. Material elástico velado y arena. 400 x 500 x 700 cm.

Pero, entre una cosa y la otra, han pasado más de treinta años, y la obra de Neto, a diferencia de la de Clark y de las de otros artistas de esa generación, no se recorta contra el horizonte determinado por una búsqueda iconoclasta de la emancipación, sino que, en cambio, se define como una práctica destinada a incitar al espectador a recuperar la intimidad de un espacio intersubjetivo no mediatizado.

La cuestión de la interacción entre la obra y el espectador ha sido un fantasma que ha venido acompañando la producción de Neto desde sus primeras esculturas con medias de poliamida y municiones hacia fines de los años ochenta: los Pesos. Tanto las Colonias —agrupaciones de Pesos— como los Pólipos —especies de protuberancias alargadas fabricadas con bolitas de tergopol y medias de poliamida— eran trabajos supuestamente destinados a ser manipulados por el espectador. La evidente sensualidad de las obras ciertamente incitaba a tocarlas, pero, por otra parte, su precisión formal las dotaba de una inequívoca autonomía que repelía cualquier tipo de intromisión externa. Hacia mediados de la década, Neto realizó una serie de trabajos en los que reemplazaba el uso de las municiones de plomo por especias. Estas obras estaban destinadas a activar simultáneamente los sentidos del olfato y de la vista, con sus esencias penetrantes y sus brillantes colores tierra. Y, sin embargo, esta vez por su carácter extremadamente frágil, la posibilidad de manipulación directa de las obras por parte del espectador también permanecía asimismo vedada. Solamente con las Naves, un grupo de trabajos realizados por vez primera hace un año, Neto consigue por primera vez llevar a cabo una escultura cuya precisión formal no compita con su potencial interactivo. Las Naves fueron concebidas como habitáculos, inequívocamente destinadas a ser penetradas por su audiencia. El tejido transparente del que están construidas permite que se establezca una curiosa comunicación visual entre los espectadores que se encuentran en el exterior de la nave y los que se aventuran en su interior.

En los últimos meses, Neto ha complejizado gradualmente tanto la superficie como el interior de las Naves, dotando sus superficies de accidentes tales como perforaciones, invaginaciones y repliegues que funcionan a modo de puntos de atracción, en una suerte de parque de diversiones topológico.

Es posible que sea éste uno de los motivos por los cuales Neto ha debido concebir esta muestra como una totalidad singular, compuesta de la Nave y de sus excrecencias ovaloideas. Una y otras se potencian mutuamente, como los fragmentos de una escenografía fantástica, y el conjunto consigue suspender temporalmente el sentido de realidad de la audiencia. Esa suspensión es necesaria, ya que estimula a los espectadores a relacionarse de una manera lúdica con las obras, y entre sí. Sin ese espacio lúdico los trabajos serían simplemente esculturas autónomas y estáticas, su interactividad potencial permanecería oculta. En los años sesenta, la interactividad era concebida como una estrategia capaz de contraponerse a la creciente rectificación de la obra y de la experiencia estética en el mundo contemporáneo. Treinta años más tarde, con objetivos más modestos, la obra de Neto se propone reactivar esa estrategia con la sola intención de establecer un espacio de contacto puramente sensorial entre la obra y su público.

CARLOS BASUALDO

Ernesto Neto, por Carlos Basualdo | artnexus