Exposición Individualene 1999 - mar 1999· Por Bélgica Rodríguez

Adrián Pujol

Galería Mendoza

Adrián Pujol y sus retratos suscitan una historia que debe contarse con pausas. Más de cien personas posamos para quien, creando el instante de un nacimiento, sin dilación, pero con la paciencia del que sabe esperar, hizo que un rostro emergiera posicionándose de aquel pedacito de madera que reposaba en el caballete. En ese proceso, dos fueron los protagonistas de un acto creador. Uno que veía y actuaba (el artista), frente a otro, expectante, que se dejaba ver (el modelo). Una mirada dentro de otra mirada, un tiempo dentro de otro tiempo, el tiempo del rostro temporal que se hace intemporal por la acción del que pinta. Con el rostro dirigido hacia allá o hacia acá, o mirando directamente al pintor instalado como un mago con sus instrumentos de hechicería, el modelo, como en todo retrato, debió tratar de parecerse a sí mismo, o tal vez de engañar a aquel que lo miraba para captar algo más allá de una facciones amables o des-amables. Como partícipe en esta experiencia, creo que Adrián Pujol, artista venezolano nacido en Palma de Mallorca en 1948, desnudó poco a poco, pero en varias horas, una interioridad existencial usando un método analítico totalmente plástico. Dos situaciones para el artista: el regocijarse en mirar al otro y el deleitarse en pintar-pintar. Su comportamiento no fue el de un simple registrador de las características faciales de una persona determinada. El pintó esos rostros como si estuviera recreando modernamente aquellos famosos retratos funerarios de El Fayoum. No fue un capricho simbólico que el título de la exposición haya sido Animania. Retratos.

Exposición Individual: Adrián Pujol — imagen 1
Adrián Pujol. Vasco Szinetar, 9 diciembre, 1997. Óleo sobre madera. 23 x 15 cm.

El retrato pintado es tan viejo como la historia del arte. La paradoja es que siendo tan viejo sea aún tan importante, que no haya podido ser reemplazado. Ha servido para muchos fines: familiares, sociales, políticos, funerarios, psicológicos o estrictamente plásticos. En el caso de Pujol, un rostro ha sido la excusa para crear un cuerpo pictórico, no para llegar al lugar común del rescate de un género poco practicado en términos estrictamente plásticos, sino para expresar la continua pasión por el acto de pintar. En cada uno de sus ciento veintinueve rostros-retratos se percibe el lado ilusorio del materialismo humano, el del rostro que parece ser pero que no es, o que es y parece no ser. En este caso, el ojo del artista es el que atentamente reconoce e intercepta en el gesto y en el movimiento de su modelo, batiéndose para definirse fuera de las modas, pero siguiendo una valiosa tradición. En sus retratos, él deja la huella del estudioso de la historia del arte, reivindicando, en otro contexto, un tema anatematizado por la modernidad, así como un método pictórico expresionista.

El pintor se mira a sí mismo como creador en cada una de esas obras de pequeño formato, en la que no son importantes las facciones, ni el rostro por el rostro en sí, sino la posibilidad de hacer un ejercicio creativo gustoso de la materia pictórica. Pujol, con cortos y enérgicos gestos, deja la huella en un fuerte impasto, de una imagen que es el objeto de su mirada: movimientos de olas, de hojas movidas por el viento, pinceladas efervescentes, trazos de color reveladores de un carácter psicológico, pero sobre todo pictórico. Captar el silencio del rostro que lo quiere decir todo en una mirada y en una pose. Al final, el resultado es una correspondencia interior, introspectiva y ontológica con un yo. El artista no busca complacer a su modelo sino complacerse a sí mismo, regalarse el más puro acto de crear con la pintura. Es su propia y única libertad, la única que todo verdadero creador defiende.

El realizar esta serie de retratos fue, a su vez, un ejercicio de disciplina. Los trazos fueron emanando libremente de unos dedos que dirigían el pincel, dejando colar el fluido de una corriente emotiva, que paso a paso dejaba emerger un tejido pictórico pastoso, como si fuese desentrañando (o develando) el misterio de algo no conocido. Pujol propiciaba una revelación del ser a través de una imagen que resultaba ser el modelo que posaba. Así, todos los modelos, en un glorioso acto narcisista, fuimos a contemplarnos en la Galería Mendoza, donde se realizó la exposición de los ciento veintinueve retratos, que representaban a hombres y mujeres de la vida cultural de Caracas; entre ellos, Mara Comerlati, Pedro León Zapata, Simón Alberto Consalvi, Víctor Guédez, María Elena Ramos, Corina Briceño, Rafael Pereira, Sofía Imber y, por supuesto, no faltó el autorretrato. La serie, conformada por piezas realizadas en óleo sobre madera de veinticinco por quince centímetros cada una, fue instalada en la galería siguiendo una línea horizontal sin fin, en un orden intrigante.

En su esencia, la muestra fue una suerte de instalación dentro del discurso visual de la línea de horizonte que caracteriza el paisaje. Una línea de horizonte formada por una hilera de rostros, que al dividir el muro rompía su blanco silencio y conformaba un paisaje humano inexistente totalmente controlado por la fantasía del que lo creó.

BÉLGICA RODRÍGUEZ

Adrián Pujol, por Bélgica Rodríguez | artnexus