Exposición Individualoct 1998 - dic 1998· Por Graciela Kartofel

Rosana Palazyán

Galería George Adams

En casi todos los pueblos y ciudades de América Latina era común que los niños cada noche fueran a dormir con cuentos —Bedtime Stories— que les relataban junto a su cama. ¿Quiénes relataban cuentos? Las nanas, las mamás, las abuelas o los abuelos; por pautas de esas sociedades los padres solían ocuparse poco de los cuentos y los niños. ¿De qué trataban esos cuentos? De apariciones nocturnas —personas convertidas en animales, por ejemplo, lobisones—; de castigos por pecado, maldad o desobediencia, de reencarnaciones y, ocasionalmente, el tema de la relación entre la bondad y las gratificaciones aparecía en los cuentos... De esta suerte, durante los primeros sesenta años del presente siglo se continuaba el ejercicio del castigo al pecador que la religión católica ha ejercido desde tiempos inmemorables —como durante la Inquisición—, transmitiendo temores y sufrimientos a niños que crecerían como adultos aprensivos. Años más, años menos y dependiendo de si se trataba de un medio rural o urbano, esas historias comenzaron a ser reemplazadas por cuentos actuales creados por cuentistas para niños, por invenciones de ambos padres que estaban aprendiendo a turnarse junto a las cunas y, sobre todo, por cuentos con menos amenazas, surgidos de sociedades que buscaban nuevos caminos, que se autodefinían del siglo XX y comenzaban a registrar los cambios producidos por la psicología y la educación. El extremo viraje olvidó la necesidad de justos términos medios. Por esa falta de equilibrio se están sufriendo actualmente los horrores en vivo a cambio de los cuentos en la noche junto a la cama.

Los ritos populares se mantuvieron en pueblos y ciudades lejanos de las grandes capitales. En éstas entraron el rock, el consumismo, los medios, la anti-cultura, el ingenuo cultivo inicial de la droga y todos los factores de cambio que conocemos. En un lapso de tres décadas, se pasó de los cuentos de temor para niños muy adiestrados y controlados a cuentos para niños que crecerían como adultos angustiados por no haber conocido límite alguno. Si la libertad es un arma maravillosa también lo es el ejercicio de ciertas mínimas pautas, en especial las referidas al afecto, la mayor vitamina de la humanidad. La fórmula de una cultura de masas fue provocando un acelerado y depravado cambio, llevando a millares de niños a no tener más cuentos —ni populares ni intelectuales— y a no tener más padres, ni abuelos, ni camas, ni proyectos de vida, ni moral, ni hijos.

Exposición Individual: Rosana Palazyán — imagen 1
Rosana Palazyán. Ciranda Cirandinha, 1997. Bordado sobre muñecos. Diámetro de 35,5 x 91,4 in.

Bedtime Stories, la exposición constituida por una serie de sábanas y ropa interior de niños, introduce a la intimidad, a la fragilidad y al exterminio físico y moral, a la pérdida del derecho a vivir y morir con dignidad. A que niños y adulto puedan tener su propia historia, acaricien sus propios sueños y los desarrollen en el tiempo.

Palazyán relata lo trágico de esta situación en Brasil. Lo hemos leído todos, lo hemos escuchado, nos hemos horrorizado. Cada letra en tinta está trazada por su original en sangre. Antes de que una noticia entrara en prensa había entrado como piquete en el cuerpo de alguna persona. Si hasta hace una década los niños jugaban a rondas y cantos... Si hasta hace una década se consideraba que sólo los adultos corrían peligros sociales, el círculo se abre de manera infernal y macabra. Al Ciranda Cirandinhal Merry-Go Round entran los criminales a darse la mano con los niños. El extremo de la pureza y el extremo del sadismo permitirán decir que se ha cambiado a las viejitas por los niños. Si esto no es excluyente —porque se continúa asesinando y vulnerando a ancianos—, el incremento de la criminalidad ejercida a menores y por menores es inconcebible. La exposición de Palazyán es toda de materiales blandos, tiernos, íntimos, impúberes. Por los materiales utilizados se diría que ésta es una exposición de escultura blanda, de fibras, de fibras o textil. Es una catalogación acertada en cuanto a la materia y a la técnica; se usa tela, hilo, se rellena, cose y borda. Un paso más allá y el uso de prendas de dentro de la casa y muy junto al cuerpo —como es el caso de los calzoncillos, la sabanita o la almohada— establecen un antiarte en cuanto a que no es pintura, ni óleo ni tela restirada en un bastidor sino elementos que habían estado siempre ajenos al terreno del arte, estaban en contacto con el cuerpo del artista, de la modelo, del que realizaba los bastidores, del que atiende en un banco, de quien maneja un taxi o vende pan, del que hace joging o del maestro de escuela, de usted, de Rosana, de mí.

Ante un nivel de dolor tan profundo, las obras de Palazyán en Bedtime Stories pudieran parecen ingenuas sólo por una mínima fracción de segundo, porque en ese mundo tierno y gélido se percibe algo que altera el aire y desvirginiza la aparente ingenuidad. Es dolor congelado. Son gritos ahogados y regresiones a situaciones infantiles. La aniquilación del espíritu que lograron los seres humanos de esta generación ha podido desvestir a los niños, desvestir los sueños, aniquilar a los niños y aniquilar los sueños. Madre-Hijo/Mother- Son es una prenda bordada que perteneció a la madre de la artista. En ella, Palazyán bordó escenas de la vida de su madre y de la del hijo —el hermano de Rosana, que fue asesinado alevosa y gratuitamente en una esquina, junto a un semáforo, cuando estaba esperando que cambiara la luz. ¿Bordar una escena de asesinato? ¿La del propio hermano? ¿Bordar en una sábana ya usada, en una almohada, en calzoncillos infantiles? Cada puntada es una espinosa lágrima. Cada color es un paso al abismo de la angustia e impotencia ante lo irrevocable. Cada piecita es un doblarse, un sentir en sueños la puñalada en el estomago, el golpe en el ojo... Las historias de niños raptados, violados y asesinados sólo se da en el desvalor de la vida.

Las obras de Palazyán son la certeza de una extremada confusión de valores en todas las edades, y de criminales sufrimientos irreversibles. En un mundo de pandillas de niños, de adolescentes y de adultos drogadictos que ya no cuentan historias al lado de la cama sino que clavan los cuentos/las cuentas/los desajustes mentales en tumbas abiertas, son enterrados vivos. Estos seres están fosilizados en vida y han perdido toda relación con la realidad. Así lo refiere la artista al bordar diminutas escenas de cuentos de niños que, al verlas en detalle, son las masacres que ella oye, ve y sufre. Una elegiaca blanca escena general de tul, algodón y seda emana de las ropas en la instalación. Cada pieza tiene su historia propia, parecen tener todavía las formas de aquellos cuerpos tibios. En el bordado, la alternancia de los prototipos de bebés —rosados y azules claros— con rojos-sangre-dolor- muerte ratifica el horror, el dolor, la impotencia de quien no puede ni quiere aislarse de la vida cotidiana. El bordado punto atrás es como las mandíbulas apretadas, los puños contraídos, los ojos secos, la incredulidad.

Las tradiciones orales hilvanaban los sueños; hoy, las cruces y las estrellas de David hilvanan las muertes de las que Rosana Palazyán, nacida en Río de Janeiro en 1963, es más que testigo —es testigo autobiográfico— de esta cruel situación cuando a cientos de miles de niños no se les cuentan sino que se les somete a diario a las más violentas realidades: haber visto cómo mataron a balazos a su madre por no entregar su dinero, o su anillo recuerdo de familia, o su auto, o por proteger a su hijo, o porque la alcanzó un balazo dirigido a otra persona. Otros niños fueron violados y torturados frente a los ojos enloquecidos de los padres; otros..., bueno, ¡todos leemos los periódicos y escuchamos los noticiosos! A Rosana Palazyán y a mí nos alelan todas las muertes gratuitas de todos los asesinados cotidianos, y también la muerte gratuita de su hermano en Río de Janeiro y de mi hermana en Buenos Aires.

GRACIELA KARTOFEL

Rosana Palazyán, por Graciela Kartofel | artnexus