La artista repartió las paredes de Benzacar entre dos "migúeles" con historia local e internacional, adentrándose en un serio juego de opuestos. De un lado, con llamativos colores, fragmentos de figuras y onomatopeyas, pintó un mural sobre el que colocó más de 30 cuadros (de 36 x 36 cm) del personaje del ratón Mickey de Disney, que irrumpe, sobresale, entre fondos abstractos, motivos figurativos, elementos políticos, mapas de Argentina, las imágenes del Che Guevara y del presidente Carlos Menem, imágenes banales, corazones, frutas. Enfrente, Fuertes colocó 250 camisetitas que tienen a Miguelito, el amigo filósofo de Mafalda —la historieta de Quino—, como protagonista. Miguelito está en todas las camisetas (de 18 x 22 cm) que son de un mismo color bastante neutro, verde agua. Miguelito, en blanco y negro, convive con frases de escritores, políticos, artistas y periodistas argentinos o fragmentos de textos de Quino, pronunciados por el pequeño protagonista.
¿David contra Goliat? Es el ojo del que mira el que deberá dilucidar si la magnífica puesta en escena de Rosana está más cerca de una batalla que de un diálogo. Estas imágenes seductoras, simples en su complicación, parecen interrogar a dos sociedades, con sus valores y estéticas distintas, ¿o no? Hegemónica, la cultura norteamericana se expande sin límites y Disney es un pasaporte para la historia.

A los 36 años, la artista es dueña de una trayectoria reconocida por su coherencia. Es una mujer llena de ideas que conserva un aire de maestra de provincia, una sonrisa franca y una fuerte convicción.
La obra de Rosana —pintada sobre cartón cuadradito, con forma de camiseta— aparece como un libro de imágenes para niños, en el que se eluden los estereotipos y se refuerza un discurso contra el autoritarismo. Precisamente, en un país como Argentina, en donde la educación constantemente pierde terreno por carecer de fondos y en donde los maestros representan uno de los escasos núcleos de protesta sindical organizada, su trabajo artístico, tan cercano al escolar, crece por lo resistente.
Con un dibujo casi infantil, Fuertes logra que la apariencia de su pintura contradiga su esencia. El candor de sus colores, los objetos insignificantes, las siluetas planas —todos ingredientes del repertorio pop— que utiliza, contrastan con la mordaz crítica social que aventuran. Rescatadas y resemantizadas, las figuras —de una camiseta, una pelota, un huevo frito, un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo, un Mickey— insisten en una silenciosa repetición, como "una manera de afirmar la idea, de hacerla más potente", dice. Una reiteración que no es tal, no sólo porque el artista y los espectadores siempre son distintos, sino, porque, de acuerdo con el montaje que ella decide, cada una de las piezas —que va de 50 a 250 o más— de su pintura establece un coloquio cambiante, diferenciado del significado dado por el contexto anterior.
La serie de las camisetas, que mostró por primera vez en 1992, empezó como un juego que todavía continúa. Ya son más de 400 repartidas por el mundo. La camiseta —en este caso los 250 Miguelitos— es como un hijito preferido, una marca registrada. Rosana comenzó a utilizar las camisetas de los 27, 28 clubes de fútbol argentinos y terminó apropiándose de la prenda —que por sus colores e inscripciones permite vislumbrar casi automáticamente el lugar de pertenencia de un individuo y que, además, es un medio casi ideal de publicidad comercial— para desarrollar una obra quintaesencialmente local que, paradójicamente, es más difundida en el exterior que en Buenos Aires. Sus obras son de una rara perfección. La enorme paciencia con que corta, pinta y pega su obra habla de una mujer que concibe lo manual como un dique contra el olvido. Pero la precisión casi industrial de su pincelada parece imponer una distancia contra la facilidad, la irresponsabilidad. Ella busca que la huella sea lo más plana posible, que ni se note, que hasta parezca una impresión. La excelencia técnica lograda es a esta altura un sello.
Fuertes, que trabaja en grandes series de pequeñas obras donde hay un predominio muy fuerte del concepto, dice que la suya es una pintura mucho más mental que otra porque sabe de qué color va cada cosa, y no decide a medida que van pasando las cosas. Antes de comenzar la obra sabe exactamente cómo va a quedar terminada, no deja nada librado al azar. La idea de la serie y la repetición remite a su preparación en grabado, en el que dejó de trabajar cuando comenzó a sentir que la técnica la detenía y pasaba a ser más importante que la imagen.
Es por eso que casi todas las piezas de sus series están pintadas. Es una pintura prolija, en apariencia ingenuista, no ingenua. Logra que la obra parezca fabricada en forma industrial aun cuando cada una está realizada a mano. El dibujo es fundamental porque primero traza cada elemento en papel de calco y luego pasa la imagen al cartón, que reitera y almacena en unos cuadernos de escuela que lleva a modo de archivo ambulante. En su muy personal registro incorpora motivos de objetos que utilizó en otras obras: abstractos, geométricos, políticos, letras, cómics, fotos, cartas, estampados orientales, guardas, números, camisetas dedicadas a otras personas. El diario de todos los días, los borroneos de sus alumnos, las figuras que dibuja y las ideas sueltas que escribe, los patrones y módulos, son parte de su biblioteca de imágenes.
VICTORIA VERLICHAK
