Priscilla Monge tiene una percepción especial y personalísima del cliché y lo tabú y denuncia los supuestos de "femenino y masculino" con un refinamiento muy sutil y acerado, prefiriendo la insinuación y el humor a la postura tajante o radical. Puede representar el cliché de lo masculino con el recurso del deporte y el de lo femenino en referencia al quehacer hogareño y artesano.
Habiendo observado que la mujer, desde el origen de la historia, en lugar de inventar, de crear, de protagonizar los hechos, se vio sistemáticamente apartada de la acción y de la creación, siendo reducida al rol pasivo de espectadora y si acaso de testigo por escrito; en lugar de pintar sobre una tela empezó por utilizarla a modo de hoja de papel, valiéndose del pincel para escribir textos. Más tarde dejaría el pincel por la aguja para incidir de lleno en el tema de la costura, reservada tradicionalmente a la mujer y convertida en uno de los atributos más celebrados de la feminidad.

"Al salir de la Escuela de Bellas Artes en San José, empecé por hacer algo de pintura, pero muy poco. En seguida preferí escribir textos sobre la tela porque había leído un libro de una feminista británica que decía que la costumbre inveterada que tiene la mujer de escribir lo que le ocurre obedece al hecho de que tradicionalmente ha tenido siempre vedada la acción. Así empecé por imitar las recetas de cocina donde se indica qué ingredientes hay que emplear y cómo hay que manejarlos, y me dediqué a escribir en la tela no una receta de cocina sino más bien una especie de consejas supersticiosas que explicaban, por ejemplo, cómo atrapar a un hombre, como convertirlo en el propio esclavo o cómo matarle el animal de compañía a la vecina, dándole la receta de carne con veneno. Los textos los coloreaba con tinta china, café o té y luego planchaba por encima para que todo se fijara".
Pero para Priscilla la incorporación del bordado representaba integrar en su obra una actividad atribuida a la mujer en su cultura desde tiempos ancestrales y, a la vez, rendir una suerte de homenaje a la artesanía, lo que no le impedía poner en cuestión la validez actual de la misma ni denunciar el aspecto de reclusión y trabajo casero silencioso que ha representado a lo largo del tiempo para la mujer, apartándola así de las tareas y decisiones de la sociedad activa.
"Hice muchas obras a base del bordado; lo primero que trabajé con el bordado fue mi nombre, bordaba mi firma sobre pequeños recuadros de lona porque para mí, mi firma bordada sobre la tela me parecía una especie de autorretrato. Los bordados son hechos por computadora sobre arpillera, sobre lino o sobre lona".

Los primeros bordados sustituían al texto pintado. Pero un día cayó en sus manos un libro que iba a dar a su obra un sentido todavía más comprometido e incisivo porque fue la confirmación de hasta qué punto podía ser agresiva, hipócrita y cruel la sociedad costarricense del siglo XIX. El libro describía una serie de sentencias de muerte en las que se entremezclaban la brujería y cierto ritual.
"Hallé por casualidad un libro que describía las penas de muerte de la época, con gran complacencia en el detalle. La que más llamó mi atención hablaba de un marido que después de haber asesinado al amante de su esposa fue condenado a muerte. Primero lo ahorcaron y luego lo metieron en un saco conjuntamente con varios animales vivos (un mono, una víbora, un gallo y un perro). Y, después de haber pedido el permiso de costumbre a Guatemala, lanzaron el saco a la laguna del Real Hospital San Juan de Dios. Hice una serie de estas penas de muerte, las cuales fueron bordadas sobre lino de manera primorosa; la única alteración al documento original fue el sustituir algunas de las palabras por pequeños dibujos bordados a la manera de los libros escolares que pretenden hacer más fácil la lectura. Así que, sin leer el texto, los bordados daban la impresión de algo muy dulce y bello".
Pronto dio un paso más, y de la aguja y el bordado pasó a la indispensable actividad denominada "corte y confección". La primera condición, nada irrelevante, fue "confeccionar" las piezas (pantalones), no con telas sino con unidades constituidas por las consabidas toallitas higiénicas que ensamblaba como en un singular tablero dando otra vuelta de tuerca y pasando insensiblemente del humor a un cierto sarcasmo.

"Los pantalones hechos con las toallitas sanitarias fueron inspirados no sólo por la publicidad obsesiva que se hace de ellas por televisión sino también por el hecho de que a lo largo de la historia el tema de la sangre siempre ha tenido esa connotación de tabú, asociado a la suciedad, a la enfermedad y, finalmente, a la muerte. Es sabido que en algunas religiones la mujer se convierte en algo tabú durante el período de la menstruación: no puede acercarse al hombre y no puede hacer tareas domésticas, como cocinar, pues es considerada impura. Sin embargo, no se da ningún valor a las connotaciones positivas, vitales, que posee este proceso. Presenté este trabajo en 1996 en mi exposición de la Galería Thomas Cohn de Río de Janeiro. Este año he retomado el tema y hecho una serie de performances en la calle: me puse uno de estos pantalones durante mi período menstrual; el pantalón se impregnó de la sangre y luego me fui al centro de San José y me dediqué a hacer vida normal: hablar por un teléfono público, esperar una luz roja, etc. Todo fue documentado con fotos y un video. Me seducía la idea de salir a un lugar público y hacer visible algo que generalmente se disimula, se esconde como algo muy privado"1.
Sin recurrir a la denuncia frontal o agresiva, Priscilla Monge prefiere hablar con segundas y recurrir al sobrentendido. Así, se inspira en la superstición tan extendida de las "Cadenas" poniendo de relieve su inconsistencia y su pretensión de dominar al individuo mediante el consabido recurso al miedo y a la mentira, ambas armas habituales para dominar no sólo a la mujer, sino al individuo en general.
"Trabajar basándome en texto sigue teniendo gran interés para mí, así que, tras las ejecuciones, proseguí con una serie de 'Cartas-Cadena'. Siendo adolescente recibí una de estas cadenas y, asustada y sin saber qué hacer con ella, saqué una fotocopia, me fui a un parking y las dejé en los parabrisas de los coches. Cuando tuve un nuevo encuentro con una de ellas decidí usarla. La bordé al igual que las sentencias de muerte, sin cambiar ni una palabra, fiel al documento original".

"Esta cadena decía haber sido iniciada por un padre en California, y debía proseguirse antes de diez días sino se quería caer en grave peligro. Explicaba así mismo que, habiendo sido interrumpida por un hombre, éste fue atropellado, y una mujer que también la rompió sufrió un aborto. Me interesa mucho cómo se usa el terror como mecanismo que hace difícil, y en algunas ocasiones imposible, actuar o reaccionar ante ciertas situaciones. También es importante el factor cadena, esa secuencia que no se rompe y que hace que el individuo continúe con algo que no debe. He trabajado intermitentemente en las cartas-cadena, desde 1992 a 1997".
Su método acusa la larga herencia de la vía indirecta por la que ha optado siempre la mujer que ha aprendido, a fuerza de jarabe de palo, que hacer valer la razón mediante el enfrentamiento directo conduce inevitablemente a la descalificación y al fracaso. Por ello, Priscilla recurre a la vieja sabiduría, comúnmente llamada "mano izquierda", que trata de agradar y complacer hasta ganar una confianza que ha de permitir lograr un diálogo que, a la larga, le facilitará transmitir sus ideas, introducirlas e incluso imponerlas.
Puede aludir a la callada tarea hogareña de mil modos. En la última edición de ARCO, la galería Jacobo Karpio de Costa Rica exponía una obra suya de apariencia inocente, pero en realidad cargada de intención. La actividad hogareña, lenta y callada, de planchar estaba representada por la marca de la quemadura de una plancha sobre la tela en un momento de descuido, denunciando por ende que ninguna mujer, a pesar de la rutina y monotonía de su trabajo puede permitirse, a riesgo de tener que corregir con más trabajo, el "accidente" indeseado y fortuito.

"Efectivamente, es la huella que dejó una plancha ardiendo sobre una tela cubierta totalmente con escarcha plateada y reluciente, propia de una fiesta. Sentí el deseo de agredir ese brillo glamoroso, efímero y frívolo, de desmitificar el oropel de un día con la marca de lo que en realidad es un objeto cotidiano".
Y como Priscilla Monge no concibe el mundo habitado por uno solo de los sexos, se fija también en el hombre, y si de la mujer le atraía sobre todo el trabajo casero que la mantiene ausente de la acción, personifica la masculinidad del hombre, el machismo, en uno de sus ejercicios más globalmente populares: el deporte. Y en el deporte, empieza por aquel considerado el rey que arrastra masas, es decir, el fútbol.
"Me interesa mucho el fenómeno del fútbol y la pasión que despierta no sólo en la sociedad costarricense sino en toda América Latina; me interesa la violencia camuflada que se da a todo nivel, donde muchos espectáculos futbolísticos terminan como verdaderas catástrofes, sucesos ampliamente aprovechados por sectores de poder para escudarse bajo la «pasión» que desencadena un partido de fútbol".

"Este tema lo abordé estando todavía en la escuela, cuando configuraba la tela a la manera de un campo de fútbol, pintando sobre ella los jugadores que en lugar de correr tras el balón practicaban una especie de lucha grecorromana, de características muy violentas pero a la vez muy sensuales, produciéndose un contacto muy íntimo entre los jugadores, casi una suerte de toqueteo sadomasoquista. Trabajé algún tiempo en esta serie de campos de fútbol, uno de los cuales fue adquirido por el MEIAC de Badajoz. Retomé el tema recientemente confeccionando balones de fútbol con toallas higiénicas blancas y cuero negro".
Priscilla Monge no se limita a poner de relieve la identificación de la supuesta hombría con la violencia, sino que incide así mismo sobre el atractivo irreprimible que el deporte de masas ejerce sobre la afición, atraída como las moscas a la miel, y busca el símil de las moscas y los caramelos de azúcar.
"Utilizando este símil presenté en 1996 en el Museum van Hededaagse Kunst de Gante una Cortina para moscas, confeccionada con 120 m de ositos de azúcar hilvanados".
"Y después del gran espectáculo de masas de América Latina, la denuncia de la violencia usa como metáfora el boxeo".

"Se encuentra en Düsseldorf, en una colección privada, una instalación que hice con cincuenta pares de guantes de boxeo que colgaban del techo. Al estar uno tan cerca del otro producen la sensación de numerosos nidos que guardan algo. El guante se usa para pegar, pero al mismo tiempo sirve también para proteger. Para acentuar la sensación de violencia, de incertidumbre y peligrosidad, uno de los guantes escondía un reloj mecánico cuyo tic tac se amplificaba por medio de un micrófono en miniatura y un altavoz, dando la sensación de que aquella especie de corazón mecánico bien podía ser una bomba de tiempo".
En la última Bienal de La Habana, Priscilla Monge tenía una instalación titulada Cállese y cante, que proponía, por reducción al absurdo, una reflexión sobre la violencia y la libertad de expresión. Esta vez no se trataba de una supuesta bomba de relojería sino de contraponer agresividad y arte, boxeo y música.
"En la Sexta Bienal de La Habana presenté una instalación de ocho máscaras de boxeo hechas de cuero negro, montadas sobre metal y madera para darles una forma parecida a la que podría tener la cabeza dentro de la máscara, logrando así 'robar' la identidad del que la usa o podría usarla, buscando la facultad que tiene de ocultación. La parte destinada a la boca la sustituí, y en su lugar coloqué cajas de música como las que se disponen en joyeros o juguetes de trapo. Las cajitas fueron despojadas de todo adorno y reducidas a su apariencia más esencial. Poseen una manivela que, accionada por el espectador, producirá tonadas muy diferentes como el Bolero de Ravel, la Quinta Sinfonía de Beethoven, la Marcha nupcial o Limelight de Chaplin. La música hace alusión al título de la obra Cállese y cante. Me llamaba mucho la atención que en Latinoamérica cuando alguien es interrogado por la policía se le dice que 'cante', lo que en realidad significa que diga lo que sabe. Otra cosa que me interesó fue el hecho de que hay terapias para personas que son tartamudas, donde se sustituye la acción de hablar por el cantar. En esta obra el acto de cantar o hablar como medio de comunicación y catarsis se torna en un vehículo de violencia física y de abuso psicológico".
El tema de la supuesta identificación entre masculinidad y agresividad, entre feminidad y pasividad, le ha llevado a valerse de la más fina de las ironías, de las toallitas higiénicas, para realizar las zonas blancas del balón de fútbol reglamentario que antes alternaba simétricamente pentágonos blancos con pentágonos negros. Y avanzando un paso ejemplifica el impacto del espectáculo violento en la sociedad con el de un boomerang que se vuelve contra quien lo lanzó, valiéndose de nuevo de otra técnica artesanal, el pirograbado, y una vez más de la palabra escrita.
Puede además convertir los Huevos de oro, máximo atributo del machismo, en algo tan trivial y cotidiano, a la vez que tan que frágil e irrelevante como unas cáscaras de huevo vacías, que aparentemente brillan como oro, presentadas en un estuche vulgar de supermercado.
"He salido con frecuencia de mi país pero nunca había vivido fuera. Poco tiempo después de conocer a mi novio vine a vivir a Bélgica, donde encuentro en los artistas de mi generación una gran afinidad con nosotros los latinoamericanos. No porque estén muy comprometidos a nivel político sino más bien por el humor tan retorcido que poseen. Y hablando más específicamente de mi país y Bélgica, encuentro que comparten la misma pasividad y apatía; en ambos, 'pasó de todo' es una frase muy generalizada".
"Pasar de un país a otro siempre toma mucho esfuerzo; en mi caso personal, y considerándome una persona bastante tímida, me ha resultado muy difícil, no sólo a nivel personal sino también artístico. Yo suelo trabajar con medios artesanales, y encontrarme en un país totalmente industrializado como Bélgica me ha ocasionado ciertos cambios, o para realizar algunos de mis trabajos me veo obligada a volver a Costa Rica. Todo cambia, las galerías con las que trabajo están en Latinoamérica, muchos de los proyectos que tengo son fuera de Bélgica o de mi país, así que mi trabajo ha sufrido un cambio considerable al igual que el de muchos artistas contemporáneos que tienen que convertirse irremediablemente en especies, de magos que sacan todo del sombrero o, en este caso, de la maleta".
"Así que, en realidad, siempre regreso a Costa Rica para trabajar, por aquello de que el criminal siempre regresa a la escena del crimen".
NOTA
1. Este texto contiene apartes de la entrevista que Maria Lluïsa Borràs hizo a Priscilla Monge en marzo de 1998.
MARÍA LLUÏSA BORRÀS

