La imagen como portadora de una poética que milita sobre la apariencia de lo real, el impacto de elementos seductores en la ilusión del engaño al ojo como objeto de arte, pero reales en el contexto de la realidad real y el espacio como portador y conductor de significados, son elementos fundamentales en la obra actual de Pedro Tagliafico (Venezuela, 1944). Desde sus inicios, Tagliafico se ha ocupado fundamentalmente de la investigación, del conocimiento y la exploración de todas las posibilidades que los recursos plásticos que él mismo se ha inventado hayan podido serle útiles en el momento de la realización de una obra o un conjunto de ellas. En su caso, es evidente que el estar cotidianamente expuesto a otras culturas, a otras maneras de ver y vivir (ha vivido en varios países de Europa y hace mucho tiempo que divide su existencia y su trabajo creativo entre Italia y Venezuela), entroncándolas con la que le toca en el trópico caribeño, ha atemperado y moldeado una manera de pensar y comportarse ante el hecho creacional. Su obra es universal. Su lenguaje plástico se ha visto enriquecido con la convergencia de elementos propios de países del Caribe (la fuerza de la luz, del color y de la magia de la transparencia), del arte povera italiano y de corrientes como el arte constructivo y el minimal art.

En toda su obra él se permite la evocación, sólo la evocación, de la realidad a través de la distinción entre lo natural y lo artificial. Bajo este concepto ha podido construir un cuerpo visual que lo acomoda entre los artistas conceptuales importantes dentro de la contemporaneidad, o podemos ya plantearnos la post-contemporaneidad, en contraposición al postmodernismo, del que ya no se habla. En los años ochenta califiqué su trabajo como "constructivo orgánico", para definir una serie de obras agrupadas alrededor de unas cajas ordenadas y sistematizadas en sus elementos interiores dentro de un orden espacial constructivo. Pero la obra de Tagliafico evolucionó hacia grandes instalaciones en las que la competencia y combinación de los materiales (por ejemplo, agua con glicerina y metal herrumbrado o sal con cobre) devenía parte importante en la propuesta conceptual. Su proceder creativo parte de la cultura de lo perecedero,* que da como resultado imágenes que parecieran ser producto del instante. Un sistema de "anotaciones" que fija trazos o momentos de acontecimientos en la vida cotidiana del ser humano, pero que los hace trascender de la mera observación de la realidad a una poética plástica que llega a lo más sublime de la inmaterialidad. Los elementos que el artista utiliza (cristales, vidrios, palomadas, palabras, bolas de papel maché, bastidores vacíos, objetos comunes como cafeteras, botellas, platos), usando siempre el muro como pretexto-soporte de validez plástica, son los recursos que dan importancia a la acción creacional misma. Tagliafico pone a dialogar sus materiales; por ejemplo, en la obra 1,2,3,4 (1997-1998), ensamblaje en el que un bastidor de madera vacío actúa como el encerramiento de una composición convencional inexistente y el dibujo, a partir de un sistema sintético de cuatro clavos como puntos de tensión, de los que cuelgan cuatro hilos elásticos que terminan en cuatro bolas de papel, y se proyecta como un relieve y como una sombra sobre la pared.
El lenguaje particular de cada elemento induce al significado de la imagen en su totalidad, convirtiéndolo casi en una poesía visual hermética que es capaz de llegar en su concepto al espíritu del espectador. En la instalación de pared titulada No sé, 1997-1998, una botella art deco, llena de pelotas de ping-pong coloreadas con grafito negro, se repite en su sombra y en la plancha de vidrio, y muestra lo que es una constante en este artista: su preocupación por dominar el espacio real, el ficticio y el espiritual, por sus propias cualidades físicas, tales como volumen, superficie, texturas, transparencia y certeza física, y las de tipo emotivo que toman en cuenta la relación afectiva con el espectador. El buen gusto, la perfección técnica y el preciosismo en la realización de cada obra forman parte constitutiva de la misma como elementos que denotan significados y comportan una emoción. La claridad visual del concepto sorprende y llama la atención por el misterio casi religioso que emana de cada pieza colocada en el espacio que le pertenece por principio y que invita al recogimiento, a la contemplación emotiva e intelectual. Su eficacia visual es proporcional al grado de legibilidad ya que, aunque hermética, el artista provee claves y pautas para llegar a su comprensión en el nivel del intelecto y del corazón.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
