Una muestra que alcanzó ribetes inquietantes por las interpretaciones que ha tenido es la que presentó Oscar Páez, con el sugestivo título Aquelarre, en la Galería Der Brücke.
Las imágenes no son conmovedoras por lo que representan sino por aquello que suponemos que simbolizan. Cabe la pregunta, ¿en qué radica la inquietud que genera? La variedad de respuestas que surgen hacen inasible su propuesta: es por ello que podemos afirmar que dentro de la constelación de los jóvenes artistas plásticos argentinos, Oscar Páez (1953) es un buen ejemplo de la estética de la postmodernidad.

Su punto de partida es el juego y su regla principal es la ambigüedad, es todo como que sí, pero no. La utilización de signos pertenecientes a diferentes culturas ancestrales, de nuestro continente o de otras regiones, nos induce a especulaciones esotéricas, a conjuros arcanos, a ritos iniciáticos de militantes místicos, y lo que encontramos es un hedonismo que tiene en el manejo formal su goce principal. Los contenidos y las intenciones son meras apariencias o excusas para construir obras, ya en el plano o en el espacio, las cuales nos aproximan a los umbrales de la metafísica, sin trasponerlos; verlo de otra forma es considerar al artista como un chamán o brujo que concreta objetos en función de conjuros iniciáticos.
Si bien es arbitrario buscar en la propuesta de Oscar Páez un mundo esotérico, no es menos cierto que pone en cuestión uno de los eternos problemas del arte, como es la relación entre la realidad y la apariencia. El manejo que hace del lenguaje plástico revela la solidez y madurez alcanzada. Buenos ejemplos son Jeroglíficos y Escritura 19 en ambos casos, una armoniosa composición tiene su correlato en el tratamiento medido del color.
En las cajas-objetos encontramos un tratamiento similar, si bien en ellas se hace más evidente el juego de la ambigüedad que nos hace vivenciar lo antiguo con algo recién elaborado.
ALBERTO COLLAZO
