Aunque esta exposición presenta pinturas, esculturas e instalaciones de los últimos diez años de la muy apreciada carrera de María Brito, los temas y materiales que son ahora tan característicos de su obra surgieron después de un período de desarrollo incluso más largo, que realmente abarca toda su vida. Nacida en Cuba, María Brito llegó a Miami a la edad de trece años, y se educó en un mundo bicultural. Miembro de la "Generación de Miami", compuesta por artistas que se educaron por completo en los Estados Unidos y que a menudo expresan la lucha por reconciliar en su obra los recuerdos del pasado con las realidades del presente, desarrolló su propio lenguaje visual para tratar los delicados temas de la aculturación y la identidad. Su imaginería se basa en un sistema personal de símbolos y significado que se manifiesta en instalaciones y en pinturas y objetos que normalmente combina.
El título de la exposición, Rites of Passage, es una clave, no sólo para esta selección de obras, sino para toda su producción. A pesar de que tal vez Brito haya superado ahora lo que usualmente se asocia con los ritos de transición de la adolescencia, como mujer, identifica las experiencias de la vida con una interminable secuencia de viajes. Esta secuencia es personal y universal a la vez, y no es necesario ser mujer, ni tener determinada edad, para apreciar los ritos que ella está describiendo, o las esperanzas, alegrías y temores que residen dentro de tales conceptos sagrados. Los ritos de transición implican profundas alusiones al alma que habita en cada uno de nosotros y que es una fuerza determinante de nuestras existencias y nuestras relaciones.

No es difícil identificar a la artista en todas las obras de María Brito. Ya sea que se encuentre descrita con realismo en un autorretrato, o insinuada de manera surrealista por su ausencia total, ella está presente, y cuando se embarca en los viajes de la vida, invita al espectador a que la acompañe física o metafóricamente. La reconocemos como la malabarista en The Juggler (1989), artista/Virgen/santa, realizando labores maternales a la vez que intenta encontrar su propio lugar y una justa recompensa. Es el viajero de The Traveler (1993), exhibiendo su propia versión de los estigmas en una celda medieval, mientras la pintura se filtra como sangre que sale de las paredes y cae en un balde de metal colocado en la parte inferior. Aunque no aparece en Self Portrait (1989), el fiero artefacto que semeja a la vez una silla de ruedas y una trampa, las alusiones a sí misma son obvias. Al mismo tiempo, utiliza referencias históricas al arte como sutiles mecanismos de martirio y dolor. El hecho de apropiarse de iconografía e imaginería del pasado de la historia del arte, le permite re-contextualizar temas personales en formatos asombrosamente nuevos que hacen énfasis, una y otra vez, en su educación estrictamente católica y el efecto que tuvo en todos los aspectos de su vida. Estas referencias son también un conducto para experimentar con nuevos medios y técnicas que le aportan su propia riqueza a sus extraordinarias combinaciones y construcciones.
Las grandes construcciones escultóricas e instalaciones que son quizás sus obras más características, le han permitido a María Brito explorar más allá de su yo inmediato y crear ambientes completos para sus viajes por la vida. En Merely a Player (1993), la mayor de sus instalaciones, evoca el dolor de la soledad, el despojarse de máscaras con su simulación de falsos papeles e identidades, y la búsqueda de la paz eterna. En una pequeña casa que es a la vez un laboratorio para introspección y una trampa que nos advierte sobre los errores del pasado, fotos y documentos rasgados compiten con el prístino equipo de experimentos científicos por llamar la atención, mientras una película de un niño que toca a la puerta, pasa una y otra vez a través de una diminuta mirilla. A medida que uno pasea claustrofobia y angustiado por los angostos corredores de la casa, descubre puertas falsas que no conducen a ninguna parte, y una escalera de escape cuyos travesaños están cubiertos de púas; es claro que el viaje por la vida está lleno de peligros. El mismo tema de engaño artificioso y temor aparece en otros artefactos e instalaciones; sus mensajes pueden entenderse dentro del ámbito de las experiencias personales de la artista, pero también deben interpretarse como comentarios sobre las injusticias y las falsas expectativas de la vida.
La instalación independiente titulada Trappings (1995) es otra inquietante visión del laboratorio personal de tiempo y lugar de María Brito. Con su molde de yeso de la cara de la artista, colocado sobre un tablón de madera y rodeado por el extraño aparato que está siendo utilizado para preparar la "carne" para su transformación final en una nueva persona, la "operación" es limpiada con agua bendita que fluye de un grifo. El cuarto, pintado de colores barrocos, está cubierto de cortinas plásticas y capas de tela, pero el efecto es definitivamente extraño. La "carne" cuelga de la pared, y una mirilla permite ver una imagen aún más rara: la de la Virgen y el Niño dentro de una jaula. ¿Fue la Virgen quien estableció los parámetros que deben regir nuestra vida? ¿Puede alguien estar a la altura de tales expectativas?
Las pinturas más recientes de la exposición presentan una nueva dirección para la artista, lejos del revoltijo de esas extrañas sensibilidades barrocas, y dentro de una manifestación mucho más mínima y directa. Aunque todavía son sombrías en cuanto al tema, estas pinturas incluyen elementos escultóricos colocados dentro de los contornos de un oscuro panel que juega con las texturas de la superficie para lograr sus efectos.
En Becoming (1996), la imagen de un bebé flota en un vacío terrenal y un oscuro cielo; las cuerdas que se mueven sobre él parecen estar listas para atarlo y crear una vida de dependencia por medio de dicho vínculo. Para María Brito los ritos de transición parecen haber vuelto al punto de partida, nacidos de la nueva esperanza de que el mensaje que ella envía con tan serio compromiso, sea finalmente escuchado.
CAROL DAMIAN
