Exposición Individualoct 1998 - dic 1998· Por Erena Hernández

Manuel Alcaide Majendie

Centro de Desarrollo de las Artes Visuales

Habrá un momento en que los historiadores cubanos, para conocer datos objetivos de lo acontecido en el país en un determinado período, deberán comenzar por rastrear en las artes plásticas, sobre todo en las de estos años finiseculares, porque el elemento narrativo predomina en muchos artistas, y Manuel Alcaide Majendie es uno de los que más emplea ese recurso.

Pareciera que cada quien tuviera su versión de lo que ocurre a nivel social y deseara aprovechar los medios disponibles para contar su historia, por tomar partido, por hacerse sentir. Como en el cuento del perrito exiliado: se marcha por darse el gustazo de ladrar. Patriotismo de extrañas vestiduras (en Cuba todo es posible).

Como otras palabras, patriotismo parece en desuso (internacionalmente incluso abundan el cinismo y el escepticismo): pero nadie critica lo que realmente le es indiferente. Y últimamente puede verse que los sucesos en este pedazo sobre el Caribe son leitmotiv de muchas obras, al punto que algunos creadores corren el riesgo de caer en el "pecado" del localismo. ¿Signos post papales? Sería bueno ver a la gente salir del letargo y que la desidia se les vea fea. Opción adecuada para llevar a papel secundario la cantaleta del bloqueo, y que nuestras culpas caigan en nuestras cubanas cabezas (de arriba pa’bajo).

Exposición Individual: Manuel Alcaide Majendie — imagen 1
Manuel Alcaide. Los hombres no toman sopa. 1997. Técnica mixta. 25 x 30 x 10 cm.

Alcaide expuso en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, auspiciado por la Fundación Ludwig. Armó una historia sobre la educación que se da a un niño cubano hasta que alcanza la adultez. Se podría resumir en títulos de obras al sentido de Los hombres no lloran, Los hombres no toman sopa, Los hombres no conocen el miedo, etc. Pareciera chistoso si no fuera patético; en Cuba se ven hasta homosexuales machistas. Peor: casados, con hijos, amantes (masculinos) y discriminadores —más o menos subrepticiamente— de las mujeres. ¿Quiénes son los engañados ahí, empezando por el propio sujeto?

De la esfera de las aberraciones individuales, sexuales (donde se puede ver que las primeras machistas son las madres), Alcaide pasa a otras distorsiones del valor. No por gusto, con clara ironía, la exposición parafraseó el flaubertiano título de La educación sentimental. Y en sus disquisiciones sobre la mala forma de educar, engrampó todos los estereotipos acuñados en la retórica del discurso político grandilocuente, con augurios en su momento de construcción de hombres nuevos y románticos planes económicos que todo resolverían.

En una época, la de Alcaide adolescente, cortar caña en jornadas de trabajo voluntario era "formador" y se hacía bajo consignas al modo de "sólo los cristales se rajan", aludiendo al hecho de que la entereza de carácter significaba aguantar estoicamente picadas de mosquitos, fango, mala comida, separación de la familia... al que le endilgaban el calificativo de "rajao" le ofendían su virilidad.

Alcaide construyó su arqueología personal rescatando el sentido distorsionado detrás de esa educación "espartana" que obvió tantas cosas que no se debieron pasar por alto, y por las que hoy se pagan consecuencias. Sobre todo, al traducirse en vacíos espirituales (de los que la religión sacó partido), en conductas duales donde está ausente la responsabilidad individual ante sí mismo y ante los demás. Al parecer, no se logró crear una suerte de decálogo de ética socialista lo suficientemente diáfano entonces, y se acude ahora a los diez mandamientos de la ley de Dios, lo más expedito para reconstruir el civismo. Estoicos y aún algo utópicos, pero con una dosis de pragmatismo, aunque pueda parecer paradójico. Repito: en Cuba todo es posible, siempre y cuando Cuba sea lo primero. Tropicalización de ciertas dialécticas.

Por eso Alcaide pintó eficazmente, elaboró pequeñas esculturas con objetos encontrados, talló, creó instalaciones... todo con el sabor detrás de la buena factura y de la preocupación por los detalles, a la manera de la academia rusa donde estudió; pero sin negar sus deudas con la generación de jóvenes que desde la Escuela Nacional de Arte de La Habana renovaron la plástica, con quienes compartió imaginación y poder fantaseador. Sobre todo, su estadía moscovita no le hizo abandonar la innata capacidad de los cubanos para burlarse hasta de la madre que "sentimentalmente" los educó. Por suerte, de ser espartanos pasamos enseguida a los cuentos de Pepito y viceversa. ¿Y ahora qué viene?, se ha de preguntar el emblemático personaje de los chistes populares, condensador de dramas y comedias en esta Isla tropológica. Habrá que leer entre líneas para entresacar de las diversas capas de textos el verdadero sentido.

ERENA HERNÁNDEZ

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