Como quiera que los medios han llegado a inmunizarnos (ideologizarnos) mediante el contrabando críptico de imágenes manipuladas (fuera de contexto), el espejismo es hoy el gobierno de nuestros ojos bombardeados y de todo el caudal fotográfico que consumimos sin digerir, como agentes pasivos, como meros contenedores de realidades virtuales y ficciones reales en dique seco. Estas imaginarias y narrativas míticas, estas culturas que han llevado a su propio límite la pervivencia de conceptos que navegan por su contradicción en permanente colapso, construyen nuevas redes de incomprensión del mundo para conspirar contra la emancipación humana, contra la naturaleza, sirviendo de coartada al mercado con tal de regir los destinos y sentidos con los que apreciamos nuestras vidas, tan vulnerables como efímeras y, ahora también, tan dispuestas a los nuevos diseños de recursos futuros que protegen y amparan el Sistema al servicio de la muerte. La realidad ciertamente se esconde, la realidad es abyecta y violenta: la realidad es ocultismo. Si no fuera así, la realidad sería otra o sería, al menos, un absoluto infundado de quimeras románticas, "cuando desear todavía era útil" (P. Handke).
Todo es lenguaje, denominación, palabra. Excepcionalmente, una imagen vale más que mil palabras, como reza la tradición milenaria y canónica china, y es verdad que generalmente los artistas están mejor pagados que aquellos que se dedican al oficio de las letras. Habitualmente, las palabras encierran imágenes, además de abstracciones, que conducen como el símbolo a sí mismas y a la muerte, como entendiera Dadá. Pero no es preciso volver a Freud, ni siquiera a Deleuze y Foucault, para asumir la inmoralidad que supone vivir de espaldas a la vida y de rodillas ante el silencio, mirando siempre para otro lado que no precise más que traición y miseria, esclavismo y propaganda.
Por otra parte, acaso por todas las partes, la honestidad no viste de acuerdo con los patrones a medida y carece de tallas para la imagen que se apodera como un ídolo de lo que nos hace seres privilegiados, con conciencia. Tampoco se ignora que la conciencia, en un mundo cada día más ultraliberal y estúpido por complicado, carece de defensores de poder. No obstante, la conciencia, sobre la que apenas disponemos de información relevante, contiene dimensiones y capacidades deliberadamente ocultas que, en cualquier caso, han explorado magistralmente muchas culturas y religiones asiáticas.
Y todo esto, ¿qué tiene que ver con Jaar? ¿Qué piensa Alfredo? En principio, son sus obras, de lenguaje y conciencia, de historias y realidades —que no aristocracias—, las que me han sugerido estas notas. Pero si es verdad que estas obras —que ahora tenemos la oportunidad de ver en el Centro de Santa Mónica, en La Rambla de Barcelona, y que luego viajarán al Koldo Mitxelena en San Sebastián— sobre el genocidio de Ruanda iluminan incluso la conciencia del que carece de ella, no es menos cierto que exigen introspección y ternura. Estas obras también nos implican como cómplices y coautores por omisión y por renuncia a ver lo que vieron sus ojos, y a más que ver nuestra propia inmolación canibalista, lo que está sucediendo cada hora y cada día más allá del almuerzo, entre la sopa y el postre, siempre aderezados con una buena ración de anuncios comerciales. De otro modo, Alfredo Jaar nos habría permitido ver las fotos que contienen las impresionantes cajas negras, fúnebres, de este holocausto tantas veces repetido. Esta ocultación, criptogramática, que para mostrar esconde, obedece al propio status actual de la imagen fotográfica, que circula como vehículo autómata, servil, entregado, con dirección establecida previamente, predeterminada por los contextos de la infamia informativa que hace tiempo renunciaron a su voluntad de servicio público para salir también ellos retratados en la foto, de la mano de los criminales y la mentira, aunque siga vigente que "el hábito no hace al monje" y "aunque la mona se vista de seda mona se queda". Hoy los protagonistas de la noticia son los que tienen el poder de fabricarla con el envase adecuado para su inmediata caducidad, lo que alimenta las sucesivas sustituciones y el reino de Babilonia la Grande en la que nadamos tan cómodamente.
Pero, acaso por obvios, estos comentarios son lugares tan comunes como la sangre nuestra de cada día preparada para llevar y consumir en el vertedero de las historias domésticas, donde el terrorismo, ¡como no!, es conducta aceptada. Yo sigo pensando, con algunos que son legión, que el silencio de la vida es la muerte. Sin lenguaje no hay vida. Y Jaar no hace uso de palabras como dogmas, y precisamente porque las usa como artista de la imagen, de lo que ocurre afuera de la fachada, nos llama la atención de la tragedia, más allá de la expresión, que ocurre en su interior, donde nos negamos a ver lo evidente. Que no veamos esas miles de fotos, ese infierno cotidiano, es, más que un gesto, una territorialidad, un contexto desde el que se discurre. ¿Acaso no es suficiente ver la sangre seca, sin tiempo, en la memoria de otras tantas, atrocidades anteriores?
La conciencia es resistencia al dogma, a la frase de portada que todo chisme comenta, a la cáscara. El dogma y la permanencia son conceptos ajenos al arte, a la creación, a la vitalidad; son enfermizos, metastásicos, pero también artificiales, protésicos, lastre.
En su célebre Teoría estética, T. W. Adorno escribió: "Sería más de desear que un buen día el arte en cuanto tal desapareciera a que olvidase el sufrimiento que es su expresión y tiene su sustancia en la forma artística. ¡Qué sería el arte en cuanto a forma de escribir la historia si borrase el recuerdo del sufrimiento acumulado!" No obstante, si, tal como señala Adorno, el arte de nuestro tiempo no expresa sino dolor, contradicción y miseria, está garantizada su existencia por mucho tiempo. Nuestra sociedad está llena de modelos a seguir, diferentes del modelo aristotélico apolíneo.
Pero no nos engañemos: en nuestra sociedad carecen de valor el sufrimiento, la desgracia y la miseria. Sólo el éxito profesional, la comodidad y el beneficio inmediato son tenidos en cuenta, así que el artista se conduce según sus propias convicciones. Han falseado su arte, debilitando su eficacia, para usarlo como mercancía hueca. Así que no es verdad que el arte de nuestro tiempo carezca de imperativos éticos. Y no es verdad que casi todos los artistas persigan la consecución de una seguridad económica y social como prioridad absoluta, aunque el mercado absorba y falsifique su verdad. Algunos artistas no han transigido. Para ellos el éxito económico, la seguridad y la comodidad no forman parte de sus preocupaciones artísticas, ni interesan a sus destinos como tales.
La modernidad, por otra parte, se ha realizado en gran parte con fórmulas de resistencia cultural, como catarsis y sustitutivos de una vida burocratizada, racionalizada al extremo, aburrida, sin alma. Nuestra sociedad, en mi opinión, ha perdido demasiado tiempo, dominada por asuntos superfluos. El arte refleja el desequilibrio, la castración, la incertidumbre, la frustración e impotencia y el escándalo que supone la actividad de nuestra especie sobre el planeta. En este sentido, si algún protagonismo ha tenido el arte de este siglo, en su conjunto, ha sido el de ayudar a crear una conciencia crítica radical, aunque haya sido frecuentemente asimilada por la cultura dominante convirtiéndola en artículo de consumo, con caducidad y sustitución inmediata. Es difícil valorar lo que no tiene precio. A la inversa, desvalorizamos lo que está en venta.
Este impulso subversivo de la modernidad es, en mi opinión, el mayor mérito de nuestra cultura. La vanguardia actuó como conciencia de que estamos atrapados en un mundo artificial, cultural, transincestuoso, de problemas y deseos intrascendentes que nos apartan de las respuestas adecuadas a las preguntas que nos hacemos cada día y que nos negamos a responder por razones diversas y complejas. Algunos piensan que la rebeldía artística se origina en la contradicción entre la sociedad y una actitud que procede de la fe.
Pero, ¿acaso el arte ha sucumbido al profesionalismo, al mercantilismo y a la burocracia y ha perdido su verdad y su conciencia? El conformismo que padece la actividad artística durante los ochenta y buena parte de los noventa se acabó, aunque al artista le siga interesando comer como a cualquier persona, tener un estudio y hasta una galería que lo represente. Es posible que la disidencia haya perdido su ascendente en nuestro esquema vigente; pero el artista ha tenido que mantener su independencia a costa de grandes sacrificios, incluso materiales, porque no es verdad, en mi opinión, que no haya dinero para comprarlo. Es como si al hombre de nuestros días le faltara la autoestima suficiente para resistirse a la prostitución, desde el momento en que la recompensa al ego es suficiente y alcanza la cifra adecuada. El arte del siglo XX, en su conjunto, no ha sido la producción de objetos de lujo innecesarios. La modernidad se comprometió siempre con una actitud que implicaba la negación de la sociedad en que vivimos y, por consiguiente, supuso un fundamento ético. Si la creatividad surge del talento y de la experiencia vital de cada uno, el elemento primordial de la actividad artística es la propia personalidad del artista, en constante renovación. La obra de arte atestigua la autotransformación; estos artistas se destacan por lo que hacen, pero también por lo que son; pero acaso nos hemos equivocado y hemos calificado como artistas a algunos que no eran tales.
Pretender, por otra parte, que la gente se interese por lo que haces, cuando pocos se interesan por las gentes, no es guapería —que diría un cubano—, es un chiste, como es lógico elogiar que centros públicos del País Vasco y Cataluña ofrezcan en su programación exposiciones como éstas, que sin duda explican el compromiso del arte de nuestro tiempo con la sociedad y la vida, con la historia y el presente y que, además, cuestionan las direcciones que omiten las realidades inconvenientes a los poderes cómplices de estas terribles masacres.
No es ésta, desde luego, una exposición entre tantas. Sobrecogedora y terrible, expresa la melancolía de un fracaso más por hacer del hombre un ser de y con la naturaleza. Un fracaso más de nuestras sociedades y nuestros tiempos civilizados, cultos. Infamia y bochorno, en fin, es lo que uno siente ante estas piezas del corazón que se entrega a los otros y, en su afán por confundirse entre los condenados, sufre de las mismas heridas, de la indiferencia por una vida sin amor donde la esclavitud y la corrupción —en todos los órdenes— es moneda corriente.
ANTONIO ZAYA
Escritor. Director de Atlántica. Curador independiente de exposiciones internacionales.

