IV Bienal de Arte de Panamá

Fernando Toledo. De la serie Los damnificados, 1998. Técnica mixta sobre papel. 90 x 189 cm. Foto Walter Valenzuela.

Colectivaoct 1998 - dic 1998· Por Adrienne Samos

IV Bienal de Arte de Panamá

Museo de Arte Contemporáneo de Panamá

 Hace dos años, en este mismo espacio, la crónica sobre la Bienal de Arte Pictórico —el único termómetro para medir el estado del arte joven en Panamá— concluyó diciendo que su tercera edición marcaba bajos niveles creativos. La cuarta confirma el diagnóstico.

La exposición de 45 obras de 38 artistas, seleccionadas (entre las 257 que concursaron) por un jurado de sólida reputación internacional, fue inaugurada el 11 de junio en la ceremonia de premiación y se mantuvo abierta al público durante un mes. A pesar del obvio esfuerzo organizador que la hizo posible, incluido el buen montaje, tras recorrer las cinco salas del Museo de Arte Contemporáneo quedaba la clara sensación de que la muestra carecía de peso e intensidad. Las obras que movían a la admiración, al cuestionamiento o a la reflexión eran contadas.

La exposición que genera este certamen cada dos años tiene un valor sin parangón para el arte hecho en Panamá, ya que es muy poco lo que se presenta en el tiempo que separa una versión de la otra. Por ello, es absurdo pretender mejores resultados en la bienal mientras que el país continúe sin espacios que acojan las expresiones más osadas y menos comerciales del arte nacional y extranjero. El artista en potencia no puede crecer si no expone su trabajo al escrutinio de una curaduría inteligente y a la mirada de la crítica, y si no se educa al público espectador, incluidos los coleccionistas y los mismos creadores. Es bien sabido que a menudo lo más valioso de la producción contemporánea es aquello que todavía no ha sido digerido por el mercado y sus consumidores, y esto se aplica con mayor certeza a Panamá, cuyas galerías rara vez se atreven a exhibir obras poco complacientes, ya que perciben a su clientela como ultraconservador.

Ni siquiera el Museo de Arte Contemporáneo —institución privada con más de treinta años de existencia y que sin duda conoció mejores tiempos— cumple con su misión de impulsar la buena salud de la producción artística del país. Hoy por hoy, el museo está en malas condiciones físicas y desprovisto de personal capacitado en todas las áreas (dirección, curaduría, consecución de fondos, educación, investigación, restauración y mantenimiento de la colección). En el ámbito gubernamental le toca promover las artes al Instituto Nacional de Cultura, pero carece de toda credibilidad y eficacia, por lo que sirve más para desorientar que para educar en este terreno. En resumen, la falta de espacios se debe a la apatía e ignorancia de quienes detentan el poder económico y político en Panamá.

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Iraida Icaza. Caja iluminada No.1,1998. Transparencias y vidrio en caja de madera. 27 x 33 x 34 cm. Foto: Silvia Grünhut.

Frente a este panorama, la bienal —auspiciada por la Cervecería Nacional y a cargo de especialistas independientes— se ha consagrado desde sus inicios como la única ventana para apreciar el devenir del arte actual hecho por jóvenes (en su mayoría). El manejo eficaz y altamente profesional de todas las etapas preparatorias—desde la invitación de jurados de gran prestigio internacional hasta la confección de un estupendo catálogo— asegura su poder de convocatoria y su incuestionable valor para las artes plásticas del país.

Pero también es preciso que la bienal mejore para que su aporte sea más rotundo. De hecho, las propias organizadoras, Irene Escoffery y Mónica Kupfer, así como Alfredo Arias (vicepresidente de la empresa patrocinadora), han introducido cambios positivos en cada nueva versión y manifestado públicamente que seguirán haciéndolo.

La mayor innovación fue la de este año; se cambió el nombre para abrirse al medio escultórico, creándose un galardón especial de 5 mil dólares (que, como los demás, es un premio de adquisición de la obra).

El Premio Especial de Escultura lo obtuvo la obra titulada Caja iluminada No. 1, de la panameña Iraida Icaza, "por aportar a la tradición escultórica local una nueva orientación posible, definida mediante el uso sutil de elementos, materiales y conceptos visuales complejos, en una obra poética de múltiples lecturas", según reza el acta firmada por el jurado que estuvo conformado por Virginia Pérez-Ratton, directora del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de San José, Costa Rica; la catedrática de historia del arte Ivonne Pini (quien además es la editora ejecutiva de la revista colombiana ArtNexus), y Edward Sullivan, director del Departamento de Bellas Artes de la New York University.

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Jorge March Milagro, 1998. Acrílico sobre lienzo. 200 x 200 cm. Foto: Walter Valenzuela.

Icaza, quien hace muchos años reside fuera del país —primero en Tokio y ahora en Nueva York—, se ha destacado en la fotografía comercial y artística; de hecho, su obra ganadora toma este medio como elemento primordial. Se trata de una pequeña caja de madera con una vitrina que permite ver lo que hay en su interior iluminado con luz fluorescente: varios espejos, dos transparencias suspendidas como en el aire y, al fondo, una fotografía en blanco y negro forman sugerentes juegos visuales que varían con la posición del espectador.

Muchas de las fotografías de Icaza presentan múltiples imágenes en delicadas yuxtaposiciones, pero en este caso la tridimensionalidad y la interacción de los diversos materiales confieren mayor hondura y ambigüedad a una propuesta estética que siempre se ha caracterizado por explorar los confines fragmentarios de la memoria emotiva. La artista confiesa que a pesar de haber realizado varias "cajas", se animó a mostrar una por primera vez ahora que la bienal se abrió a la escultura.

En la exposición de la IV Bienal de Arte de Panamá la única sala dedicada a la escultura fue la más impactante, apenas siete obras tridimensionales, expuestas y distribuidas en forma impecable, que se alejan por completo de la escultura convencional, tanto en las formas como en los materiales. El jurado explicó a la prensa que las muchas piezas que concursaron mostraban escaso dominio de las técnicas y los conceptos históricamente considerados como propios del medio, lo que los llevó a deducir —acertadamente— que en Panamá no existe una verdadera tradición escultórica. Por ello se hizo una rigurosa selección que dio como resultado un puñado refrescante de trabajos que dan la espalda a las nociones clásicas del término escultura.

El jurado quiso distinguir con una mención de honor otra obra en esta sala, Luz mascota, del panameño Ramón Zafrani, por el carácter lúdico e innovador en el diseño y empleo de materiales. Los demás artistas seleccionados por sus piezas tridimensionales fueron los panameños Manuel Montilla y Dickey Velarde, y las estadounidenses Lezlie Milson y Emily Zhukov.

En la categoría de arte sobre la pared, el ecuatoriano Fernando Toledo recibió el Primer Premio con un díptico de su serie Los damnificados, "por la fuerza con que utiliza el recurso tradicional del dibujo, mezclando esta técnica con el soporte de plantas arquitectónicas con claras referencias a la fragmentación del ser humano en la urbe contemporánea", en palabras del jurado. Además de 6 mil dólares, el Primer Premio incluye un viaje a Nueva York por una semana con gastos pagos.

Toledo ya había sido premiado en dos versiones anteriores de la bienal: con el Primer Premio en 1994 y con el Segundo en 1996. Me parece que en las tres ocasiones la decisión ha sido acertada porque el artista ha participado cada una de las veces con propuestas válidas y novedosas respecto a su obra anterior. Este año Toledo presentó un dibujo sobre papel, reivindicando así una técnica y un soporte poco valorados en Panamá. Su iconografía personal —sujeta a incesantes exploraciones formales y poblada de seres cada vez menos rígidos y totémicos, más corpóreos— se entrelaza con los interiores de un lujoso edificio de apartamentos diseñado por un arquitecto local. Para realizar esta serie, Toledo tomó prestados los planos y fotocopió varios pliegos sobre papel de acuarela. Sus "damnificados", trazados en colores tenues, parecen vagar tímidamente por habitaciones destinadas para otros. Con esta obra, la meditación intimista sobre la vida en nuestra ciudad tropical, que marcó su trabajo por años, ha trascendido hacia una dimensión social.

Jorge March obtuvo el Segundo Premio —4 mil dólares— por Milagro, un gran acrílico sobre lienzo que, por su uso dramático de la perspectiva y de la figura humana sin recargar el espacio, representa un salto cualitativo en la producción del artista panameño. El Tercer Premio, de 3.500 dólares, fue para Jorge Ruiz Melgar, pintor de la península de Azuero, quien con Más allá de la luz abandona la figuración característica de sus coterráneos, para formular una parca geometría que, no obstante, mantiene vínculos estrechos con su región en cuanto al color, la técnica y los materiales.

Dos menciones de honor fueron conferidas en esta categoría. Panamá, corazón del universo, de la panameña Haydée Victoria Suescum, es un lienzo cargado de humor e ingenio que rompe con su trabajo sobrio y cuasi abstracto de años recientes, pero retoma su vieja fascinación por signos y nombres que ostentan sitios como el mercado público y barrios populares. La otra mención fue para Acuérdate, de la panameña Viviana Rivera, cuadro en el que con audacia se fusionan la pintura y el collage, la imagen y el mensaje escrito, aunque el jurado recomendó a la artista mayor cuidado en el área conceptual.

Esta es la primera versión en que el jurado escribe sus comentarios sobre cada una de las obras premiadas y distinguidas. El acta firmada por Pérez-Ratton, Pini y Sullivan también incluye una serie de excelentes recomendaciones a los encargados de la bienal. Entre otras cosas, se aconseja que en las próximas ediciones la convocatoria apunte a dos categorías genéricas, obra bidimensional y obra tridimensional; que los artistas concursen con dos o tres obras, ni más ni menos; que se establezca la mayoría de edad como requisito para participar, y que se programe un salón paralelo de invitados. No hay duda de que la ejecución de estas propuestas, pero sobre todo de la última, fortalecería sustancialmente la Bienal de Arte de Panamá, y por fortuna las organizadoras han asegurado que así se hará. Sabemos que los artistas "veteranos" rehúsan concursaren la bienal, como sucede en los certámenes nacionales de su especie en todas partes del mundo. Un salón paralelo que garantice un alto nivel creativo le otorgaría mayor peso a la exposición de los concursantes seleccionados y ofrecería una perspectiva más completa del arte hecho en Panamá.

ADRIENNE SAMOS

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