Una de las exposiciones que más llamó la atención fue Insectario, de Francisco Toledo. Efectuada en la Galería Juan Martín de la ciudad de México, esta muestra dejó ver a un creador que hacía varios años no exponía y cuya obra se extrañaba en el circuito de museos y galerías.
En esta ocasión se presentaron dos libros de apuntes de este pintor juchiteco, uno de ellos de colección particular (propiedad de la Galería Quetzalli de Oaxaca), y el otro a disposición de compradores. En ambos casos las libretas debieron desencuadernarse para efectos de montaje y exhibición, siendo en muchos casos necesario enmarcar algunas páginas que contenían dibujos por ambos lados.
El montaje, por lo tanto, tuvo características muy singulares: se colgaron del techo los cuadros de manera que el público pudiera mirarles por ambos lados, estando algunas de las imágenes, por obvias razones, invertidas. La técnica de estas piezas, aunque realizadas todas con tintas y acuarela, es muy variada. En algunos casos, Toledo solamente hizo el dibujo sobre el papel y trabajó los contornos y la imagen central. En otros, utilizó un trozo de petate (tejido de paja muy popular en México para hacer cestas y otros objetos), que marcó, tal vez con prensa mecánica, en la hoja humedecida, dándole textura.

En todos los casos la obra de Toledo presentada en esta ocasión, y realizada casi en su totalidad durante 1997 y 1998, alcanza proporciones de magnificencia plástica. La delicadeza en los trazos y su precisión, la inventiva fantástica y los alcances creativos vuelven a sorprender una vez más.
Alacranes, avispas, mariposas, palomillas, arañas y hasta seres humanos "insectificados" habitan esta nueva exposición y llenan las páginas, hasta hace poco en orden y juntas, de humor socarrón y chocarrero. Toledo volvió a tomar la plumilla de varias puntas y disfrutó haciendo los cuerpos de la zoología insectaria más creativa que pudiera imaginarse.
Aunque si algo ha caracterizado a Toledo es justamente la facilidad inmensa de inventar personajes fantásticos (sólo reconstrucciones de historias y anécdotas zapotecas, se dijo alguna vez), en esta ocasión no puede dejarse de ver además que la obra expuesta no fue hecha tanto para ser exhibida, sino a manera de trabajo íntimo. Esto le da a quienes visitan la exposición un carácter vigilante, ya que sólo por estas circunstancias es posible acceder a los cuadernos de trabajo que en otro momento estarían destinados a no abandonar el estudio o el taller y permanecer como obras en vías de convertirse en otras mayores o ejercicios cotidianos para, como dicen algunos creadores, mantener la mano.
El movimiento ininterrumpido de las criaturas plasmadas por Toledo en estos papeles, sus vuelos rápidos, su incesante escalar y reptar y depredar criaturas, unas más quiméricas que otras, es sólo un poco de lo que se pudo ver en esa exposición que, apuradamente, contó con un par de notas periodísticas especializadas que se ocuparon de ella.
Habrá que hacer, seguramente, una recapitulación de la entomología para incluir en ella no sólo los cientos de especies que Toledo ha reinventado, sino también su comportamiento burlón y su inteligencia, su veneno oculto y disfrazado de buen humor, pero sobre todo la rapidez con la que pasaron por delante de nosotros sin poder siquiera nombrarlos para, algún día, contar que los conocimos y que no fue necesario más antídoto que el de la complicidad.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
