La actual exposición retrospectiva de Francisco Rodón, titulada Rodón: un nuevo amanecen es una hazaña espléndida que de nuevo nos recuerda que él es uno de los grandes retratistas del siglo XX.
Existen artistas que nos obligan a ver a los hombres y mujeres de un modo diferente. Este es el caso de Rodón, un incisivo poeta de la naturaleza humana, quien por medio de estos imponentes e inspiradores retratos nos ha ayudado a entender mejor nuestra América y este increíble siglo nuestro.

Durante las últimas cinco décadas Rodón nos ha estado presentando revelaciones de nuestros propios rostros. Sus deslumbrantes composiciones son puertas que nos conducen a los fascinantes y a veces aterradores abismos que nos definen como individuos. Su obra, en general, puede interpretarse de la misma manera como fue interpretada en el Renacimiento la Oración de Pico de la Mirándola, —como una representación inteligente de un momento histórico complejo.
Esta es una exposición necesaria y hermosamente curada —existe una completa generación de puertorriqueños que nunca ha visto reunida una buena muestra de las obras de Rodón— que nos permite ver al maestro de Puerto Rico como un poeta lírico (A Vincent van Gogh: luz de Luna, 1969-1990, y Hongos silvestres bajo la Luna, 1967) y como uno de los retratistas verdaderamente originales de los tiempos modernos (Luis Muñoz Marín, 1974-1977; Borges o El Aleph, 1973-1980; Alicia Alonso, 1982-1983, y Juan Rulfo o Pedro Páramo, 1981- 1983).
Los artistas excepcionales son navegantes que descubren e inventan nuevos puertos y para quienes su meta es tocarnos de tal forma que aprendamos a ver de una manera diferente; ellos cambian las cosas comunes en nuevas e importantes presencias; tienen el poder de hacer que su presente sea eterno al hacerlo durar para siempre. Ellos también tienen el poder, a través de sus obras de arte, de ayudarnos a entender mejor nuestro tiempo y, finalmente, nos ayudan a acercarnos a nosotros mismos y a conocernos en mayor grado, de modo que podamos dar y amar más y de una mejor manera.
Por un lado, Rodón es bendecido con el raro don de ser capaz de establecer sus propias reglas como pintor y, por el otro, es bendecido con un amor generoso y misericordioso por este nuestro Puerto Rico y por lo que José Martí llamó Nuestra América, este extraordinario carnaval alegre y doloroso que ha durado 506 años.
Esta es la razón por la cual él puede recrear e inventar sobre sus lienzos con enorme intensidad y belleza lo mágico, lo misterioso y, finalmente, la poesía que definen sus trascendentales objetos de deseo. Esta es la razón por la cual cada una de sus composiciones —especialmente cada uno de sus admirables retratos— se convierten en la definición fundamental del modelo. Esta es la razón por la cual sus pinturas —solemnes y triunfantes, épicas pero exquisitamente humanas— son siempre enormes y espléndidos poemas que nos acercan a la vida misma y a la inmortalidad y resurrección deseadas.
Sucede que Rodón pinta desde los laberintos más intrincados de la libertad y la sensualidad. Sus composiciones son el producto de su tremendo amor por la vida, sus apasionadas aventuras con la belleza y su sincero respeto por la dignidad del hombre y la mujer.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
