Félix Perdomo es un artista dotado de un don muy especial para sustituir la visión de la realidad a través de una nostálgica mirada infantil. Esta la defiende continuamente a lo largo de toda su obra. Su aparente despreocupación estética está muy comprometida con la recapitulación de la inocencia.
Sin embargo, detrás de esta aparente candidez, se vislumbra un pensamiento casi metafísico por sus concepciones atemporales y por la soledad de sus figuras. El resultado de un cuadro de Perdomo estaría muy cerca de un campo neutralizante e inmóvil, carente de acción y de ideas transformadoras de su realidad interior.
Hace cinco años Meyer Vaisman dijo a la revista Adscribe algo que me parece muy oportuno: "Yo me siento verdaderamente paralizado. No veo en este momento ninguna oportunidad para revoluciones". Creo que las intenciones de Vaisman tienen otras connotaciones que se alejan de la poética de Perdomo, pues fueron originadas en otro contexto en el que la novedad es una exigencia continua. No obstante podrían relacionarse completamente con el espíritu silencioso de Félix Perdomo. En efecto, en la concepción de los cuadros de este artista nada está contorsionado ni activado. Todo está suspendido o paralizado, sin espacio para la revolución o la ironía, el humor o el dolor. Paralizado quizás a través de la profunda melancolía de Morandi o tal vez por la conmovedora soledad de Giacometti. Paralizado también por la atmósfera de ese paisaje humano que conocemos en toda Latinoamérica, donde la vida es precaria y el dolor con la angustia es condenado al silencio, haciendo de la civilización una mancha abstracta e incomprensible.

Pero, ¿cómo una obra tan "paralizada" puede sugerirnos tales asociaciones?
Estos paisajes interiores tienen una manera casi imperceptible de producir sensaciones dignas de ser consideradas cuidadosamente, aun cuando son concebidos en un espacio y en una tradición muy convencionales (como convencionales son también nuestras emociones, sean melancólicas o eufóricas). Antes que ellos, nos ubicamos — como en cierta poesía— en una zona de olvido aunque no de abandono. Ese olvido actúa recordándonos algo importante de la vida que no podemos precisar; algo que respira frescamente en lugares que reconocemos como nuestros, pero que inevitablemente se hace profundamente enigmático o lejano.
Podríamos intuir que estas pinturas quieren olvidarlo todo. Quieren existir como final de una tradición arrogante e insatisfecha del arte contemporáneo y quieren verse, naturalmente, como el inicio de una nueva relación con el espectador dándole pautas para contemplar su propia vulnerabilidad.
La crítica de arte inglesa Cyril Connolly escribió: "Desde ahora, un artista será juzgado sólo por la resonancia de su aislamiento y la cualidad de su desesperación". Esta célebre frase ha sido vorazmente aplicada a casi todo el arte de este siglo, especialmente al arte que se originó después de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, ningún rasgo de desesperación es visible en la obra de Perdomo aunque sí un heroico aislamiento, no de sí mismo sino con lo extraño a él.
En 1985, luego de un afortunado encuentro con un cuadro suyo, comencé a indagar en este, hasta entonces, desconocido artista. Supe que estudiaba en el Instituto Pedagógico de Caracas. Allí lo conocí y desde entonces he disfrutado de su trabajo. En muy pocas oportunidades he perdido el asombro que me produjo su pintura. En trece años he visto cómo su trabajo ha mantenido esa justa medida ante el mundo real e irreal. Creo que mientras lo real es estable, lo irreal desestabiliza lo representado, haciéndose lógico a niveles de inconsciencia.
Todo lo dicho anteriormente intenta tratar de "entender" a una de las pinturas en apariencia más escuálida, austera y sobria desde el punto de vista cromático que se haya visto en los últimos años en Venezuela. La paleta de Perdomo no varía entre transparencias de grises y colores tierra, mezclados precariamente con diversos aglutinantes que luego raspa de la tela hasta dejar una superficie seca, pobre y desteñida. Hay también un insondable desprendimiento en la obra de Perdomo. Cuando pinta, práctica un procedimiento implacable que consiste en reducir todo vestigio de la buena pintura a un mínimo de expresión pero trascendiéndola sin gesto, ni ardor, ni color, ni materia, hasta convertirla en una "muerta viva".
Esta "descuidada" manera de trabajar se hace más evidente en sus últimos "paisajes" desolados. La tela es expuesta tanto a las lluvias como a las pisadas impunes de quienes caminan en su taller. Prepara así el soporte que será, más tarde, el elemento indispensable de la superficie pictórica.
Sólo una inmensa superficie color tierra, en la cual flotan tímidamente unas pequeñas tazas u otros elementos pasivos, da pruebas de que su obra se dirige hacia un hecho real o humano. Lo abstracto sería la mirada perdida del desprevenido espectador, quien inconscientemente busca en cada obra de arte su espejo ideal.
Estas pinturas, gracias a su aguda simplicidad, no nos seducen (la seducción es un recurso trivial en las artes plásticas). Su simplicidad, por el contrario, más bien nos conmueve, incluso mucho después de haber sido expuestos a su paralización.
EUGENIO ESPINOZA
