La última propuesta de Diego Toledo se plantea al margen del ámbito resguardado y restringido de la galería para ubicarse en el espacio público. Se trata de cuatro anuncios espectaculares colocados estratégicamente en puntos clave de lo que unos años para acá ha funcionado como el corazón artístico de la ciudad de México: la Colonia Condesa.
Los cuatro están conformados por elementos visuales y lingüísticos que no sólo remiten a la publicidad, sino que se confunden con la que implacablemente los rodea. Lo que en todo caso los diferencia del resto de los anuncios con los que compiten por la atención del público, es la descontextualización de los mensajes. Se trata de frases directas e imperativas que, sin saber quién las pronuncia, por lo menos dejan intrigado al espectador casual independientemente de que éste reconozca su condición artística.
Aunque no es claro que tengan que leerse en un orden determinado, comenzaremos por comentar el que le pone título al proyecto: Te tenemos rodeado. El anuncio muestra el fragmento de un gran plano de la ciudad de México, sobre el que caminan varios pares de piernas anónimas, la mayoría de las cuales se encuentran dentro del semicírculo que circunscribe la frase "te tenemos rodeado". En este caso, el texto funciona simultáneamente como discurso y como descripción gráfica: el deambular de los seres sin rostro sobre la ciudad-plano (es decir, la ciudad sintetizada en una estructura casi geométrica) los condena a permanecer dentro del doble límite del anuncio y del texto. El espacio vital de la urbe se ha abstraído hasta atraparlos (atraparnos).

Esta situación de restricción se repite en Esperando instrucciones, donde los cuatro personajes que ocupan el centro de la composición están concentrados dentro de un aro que limita e incómoda sus movimientos: en este caso, se trata de cuatro futbolistas, tres de ellos saltando para alcanzar un balón que sólo se supone pues se encuentra fuera del campo del anuncio. La concentración central de la imagen contrasta con el paisaje que se abre a su alrededor, no sólo porque no se trata de nada ni remotamente parecido a una cancha de fútbol, sino porque hace aparecer inútil —y por lo tanto deliberado— el amontonamiento de los personajes. El texto, en este caso, enfatiza la tensión y expectativa del instante congelado que se vive dentro de la escena.
En Manten tu distancia, la composición central se ha roto para diseminarse a todo lo largo del aviso aprovechando la horizontalidad del soporte. Esta vez sí encontramos el campo de fútbol que faltaba en el cartel anterior. Dentro, se alcanzan a ver dos jugadores caminando, mientras un tercero quedó tendido en el campo. La coherencia de la escena es abruptamente cortada por la presencia de otro personaje. Dentro de una franja central color sepia aparece, en posición frontal, un jugador más que juega otro juego. Las dos escenas están irremediablemente fragmentadas a pesar de la continuidad de las líneas blancas del campo que las une.
El texto se yuxtapone sobre toda la composición, de modo que la sílaba en coincide exactamente con el recuadro sepia. Aquí el juego texto-imagen es más complejo. El personaje central se encuentra claramente distanciado del resto de la escena: juega otro juego, probablemente en otra época, con otro uniforme y otro tipo de reglas. Pero los otros tres jugadores tampoco forman una unidad clara y, de hecho, la indiferencia que se adivina en los que están de pie es más marcada cuando reparamos en que comparten uniforme con el jugador herido.
Sólo recibimos órdenes es el último anuncio de la serie. En él observamos en primer plano la parte inferior del rostro de un hombre con la boca abierta, en lo que puede ser tanto un grito de dolor como una revisión dental (sobre todo porque el rostro es sujetado por una mano que parece forzarlo a abrir la boca, tal como se hace en una cárcel o con traficantes de drogas en aviones, por ejemplo). En el fondo se adivinan fragmentos de una ciudad, sobre los que se despliega una especie de burbujas que parecen salir de la composición. El tamaño de la tipografía no es demasiado grande y es la escena central la que atrapa nuestra atención. Este es probablemente el anuncio más literal, pues en efecto el hombre al centro es forzado —ordenado— a abrir la boca (¿a hablar?, ¿o incluso a emitir él mismo las órdenes?)
El proyecto prueba ser interesante sobre todo por la reflexión que propicia en el espectador casual. Funciona, pues, como una auténtica intervención urbana —vienen a la memoria los trabajos de Jenny Holzer— en la que es más importante el efecto sobre el receptor que la intención del emisor, quien finalmente es desconocido para el transeúnte promedio que se encuentra con los carteles. Evidentemente, los efectos de este tipo de trabajo no se pueden evaluar con todo el rigor deseado, sus consecuencias rebasan los límites de lo cuantificable —especialmente en una ciudad como ésta—, pero los cuatro anuncios quedan como la evidencia del pronunciamiento de un sujeto que optó por tomar la palabra para devolvérnosla ahí, en el campo que abre a nuestra interpretación.
ISSA MA. BENÍTEZ DUEÑAS
