La Bienal Barro de América es el proyecto al cual dedicó sus últimos años el crítico e investigador Roberto Guevara. Fallecido en fecha reciente, el Ministerio de la Cultura de Venezuela decidió honrar con su nombre la tercera edición de la Bienal.
En esta ocasión el evento se desarrolla en museos de Caracas, Maracaibo y São Paulo. Para efectos de esta crónica nos circunscribimos a la exposición presentada en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.
Al recorrer estas salas y recordar características de la Bienal pasada, se imponen varias diferencias: se evidencia una mejor selección de artistas extranjeros, y abundan venezolanos que no están a la altura del compromiso; el espacio está mejor distribuido y, en consecuencia, las obras no sufren interferencias de los vecinos; hay algunas obras en grandes escalas; se combina pasado y presente; se brindan varios homenajes (a Robert Smithson, Helen Escobedo, Francisco Narváez y el mismo Guevara, así como Stephen Cruise, cuyas Liebres en arcilla y tierra orgánica se mantienen en exhibición desde 1992); se insiste con algunos artistas (Miguel Ángel Ríos, Carlos Uribe, Stephen Cruise, Mercedes Elena González, Hugo Zapata, Lygia Reinach o Reinhard Reitzenstein), con lo cual se puede llevar un registro más cercano de su hacer y, lo más importante, se muestra el aspecto conceptual en la definición de barro/ América/obra.

Si en la ocasión anterior algunos artistas indagaban en los tesoros precolombinos para replantearse la cultura americana desde el presente, en esta oportunidad se presta atención a los objetos inaugurales del hombre americano. Guevara afirmaba que "en todo nuestro continente, y desde sus culturas iniciales, el barro ha sido la primera y esencial proyección del hombre". De allí las vasijas, los recipientes, las figuras, los objetos cotidianos y de uso ritual que establecen las cualidades humanas de los primeros habitantes del continente. En el caso venezolano, se muestran algunas piezas procedentes de Lara o Valencia, donde se toma conciencia de cosmos y territorio.
Asimismo, se toma en cuenta la vajilla española e inglesa de los períodos colonial y republicano, cuando el uso doméstico estuvo asociado a la celebración de fechas propias signadas por Bolívar o Carabobo, como sinónimos de libertad.

Entre las grandes obras a destacar en esta III Bienal hallamos Bosque para Roberto, del canadiense Reinhard Reitzenstein, consistente en discos de madera y cera de abeja en forma de árboles, colocados en el piso y cuya sombra proyecta a grandes escalas los mejores deseos de los creadores; los dibujos y estudios preparatorios para una utopía de Francisco Narváez, como sería esculpir en un tepuy el rostro de Bolívar (proyecto de 1971); Torre, del colombiano Carlos Uribe, que es la reconstrucción de un trapiche —en sus partes de torre, patio y canal— con panelas de papelón, como una manera de evocar tanto la tierra como la memoria; la habitación azul y techo blanco de la estadounidense Bárbara Bloom, con muy precisa ubicación de cada objeto para trastocar las nociones de arriba/abajo, cielo/tierra, y donde la luz viene del fondo. En la mesa hay una réplica de la vajilla del Titanic, y en el techo, instrumentos perdidos por los astronautas. Así, indicaría que se debe persistir en la aventura a pesar de los contratiempos, de la misma manera que lo esférico es concomitante a la circulación de las ideas.
El colombiano Hugo Zapata introduce elementos transformadores de la materia y el tiempo, la piedra, el agua y el efecto de la erosión, mientras que su compatriota María Fernanda Cardoso refiere un paisaje submarino. El venezolano Juan Félix Sánchez entabla su diálogo espiritual consigo mismo y con el país, desde la soledad del páramo andino, y presenta una silla, dos tallas de madera y su idea del pueblo de Belén, en pequeñas piezas de arcillas donde el sentido del trabajo artesanal es sublime. El venezolano Milton Becerra muestra el cambio urbano mediante juegos de diapositivas en los que se observan casas de ladrillo y barro de una o dos plantas y enormes edificios en una vieja zona de Caracas, con lo cual remite a un lugar de desarraigo.

Los mapas son los instrumentos del argentino Miguel Ángel Ríos, en largas tiras que ocupan todo el espacio, como obra abierta en una geografía de sentimientos. Stephen Cruise, de Canadá, con barro y paja insiste en los sueños de siempre: la silueta de un hombre, que a su vez es su tumba, está cubierta por cientos de estrellas, lunas y soles amarillos, azules y rojos. Sergio Vega, de Argentina, revisa el urinario modernista. Charles Simonds, de EE. UU., conduce a moradas, y Sigfredo Chacón, de Venezuela, alude a Adán y Eva.
Dos obras principales serían las de los venezolanos Mercedes Elena González y Miguel A. Sucre, quienes en un espacio cerrado y apenas iluminado, dividido en cuatro y trabajado con tierra seca, delimitan la ciudad, los emblemas, los epitafios y las flores como únicos acompañantes; y el argentino Pablo Suárez, quien creó un terreno baldío como crítica al espacio inmundo que rodea al caraqueño. Basurero urbano donde pernocta un hombre-batracio. Y allí, sorpresivamente, en medio de la desolación, crecen algunas ramas verdes.
JUAN CARLOS PALENZUELA

