Uno de los artistas más prestigiosos de la generación intermedia chilena es, sin duda, Arturo Duelos (1959). Su actuación pública, que se inicia hacia 1980, registra una multiplicidad de presentaciones individuales, siempre reconocidas por la crítica, en galerías de Santiago (Tomás Andreu), París, Nueva York (Annina Nosei Gallery), Roma, Milán, Bogotá, Caracas y Buenos Aires. Participó en la Bienal Internacional de La Habana y en la Bienal Iberoamericana de Arte de Lima.
La pintura de este artista, y ésta es una de sus grandes cualidades, participa de muchas condiciones de nuestra actualidad postmoderna, tardomoderna o transmoderna. Esto se manifiesta en sus telas, que no desempeñan una función representativa, figurativa o mimética, ni manifiestan nunca la desesperación expresionista. En buena medida, sus cuadros nos recuerdan algunas actitudes de los artistas del siglo XVI, susceptibles de ser calificadas como manieristas. De similar modo que las de esa tendencia, las propuestas de Duelos poseen un evidente equilibrio, refinamiento y sofisticación. Todo está bien articulado, aunque todo es antinatural. Tal cual se decía del arte de los manieristas, el suyo es "un estilo estilizado", bizarro, artificioso (entendido como un elogio).

Como se puede comprender, el artista chileno participa de muchos de los rasgos que marcaron la fisonomía de los ochenta en las artes visuales. Es moderno por ser hijo de su tiempo; heterodoxo por ser latinoamericano; postmoderno por su convicción sobre el fin de lo social, de la razón, del progreso y de lo político.
Las pinturas, de dimensiones medianas, exhibidas sin bastidor, muestran una casi maníaca reiteración de imágenes pertenecientes a contextos diversos. Representadas con precisión, se presentan, sobre un fondo manchado libremente. Son figuras tomadas de diversos repertorios iconográficos, reunidas caprichosamente. Elude en todo momento la lectura lineal y unitaria de las imágenes. Pero la combinatoria, aunque sin sentido, parece señalar que cada cosa "está en su lugar", como en la arbitraria contigüidad de la enciclopedia. No sería demasiado arriesgado señalar que, emulando a los manieristas, colecciona y exhibe las meraviglie. Sus telas recuerdan los "gabinetes de curiosidades" en los que se acumulaban extraños especímenes geológicos, caprichos biológicos y rarezas zoológicas (recordemos la colección que tenía Rodolfo II en Praga).
En las telas de Duelos, plásticamente, no existe un "centro" visual, jerarquizado. Con un ordenamiento que muestra su admiración por Mondrian, Malevich, el constructivismo y el minimalismo, presenta con rigor analítico las figuras y los símbolos. De ésta la combinatoria distanciada, según dice el artista, no le interesa qué es lo que se combina, ni tampoco que relación puede tener con la verdad. Así, reúne en sus paneles las cuatro creaturas: el ángel, el águila, el toro y el león; también los cinco animales básicos chinos. Como es imaginable, también está presente en su operatoria el libro de Borges sobre los seres imaginarios.
En las telas expuestas en esta oportunidad aparecen algunos iconos: árboles, diagramas de la masonería, símbolos alquímicos, huesos humanos, etcétera. Pero existen cuatro símbolos permanentes, con claras referencias históricas: la cruz (Duelos dice que puede ser la cruz de Malevich y la cruz de la Cruz Roja); la hoz y el martillo (el comunismo); la estrella (que tiene que ver con la magia, con la estrella de Belén, con las banderas de algunas naciones y con el éxito); las espadas cruzadas (es un símbolo medieval que tiene que ver también con el poder a través de la fuerza). Estos símbolos están siempre en las esquinas de las telas. Quizá estas presencias abundantes de símbolos y de signos aludan a la pérdida de las significaciones, de las verdades, de las ideologías.
Por otra parte, todas las telas no presentan sólo imágenes visuales, asimismo, son abundantes en ellas las escrituras, las citas de múltiples tradiciones culturales y de diversos saberes: religiosas, herméticas, cabalísticas, filosóficas, científicas, mitológicas, etcétera. Todo es discontinuo, hasta los idiomas: castellano, latín, inglés, francés. Se puede leer en algunas telas: "De vera Christiana Religio"; "True Freedom"; "There’s no reason to believe in art".
En ocasiones cita la tradición alquímica y sus intentos de transmutación del individuo (como en su momento lo hiciera, con diversa intención, Marcel Duchamp). "Yo comencé con ciertas referencias alquímicas, dice Duelos. Sin embargo, este revival era para mí una postura: se trataba de buscar en el pasado, pero para ponerlo en situación ahora. Los alquimistas buscaban acelerar al máximo los efectos del tiempo, acelerar los procesos hasta cambiar la naturaleza de los metales, transmutarlos de manera mágica".
Aunque Duelos no lo diga, parece que coincide con Duchamp en más de un secreto. Quizá en el entusiasmo por Raymond Roussel, el autor de Impresiones de África y de Locus Solus. No existen dudas de que el pintor se interesa por el método creador fundado en la exploración del automatismo del sentido que subyace en los juegos de palabras y de las imágenes. También en el humor. Con estos juegos, que abundan en la obra del artista chileno, se ocultan las certidumbres. Es imposible decidir si hay un secreto o ningún secreto en cada cuadro; si existe en ellos algún sentido o si nos presentan la devaluación de la cultura, el fin del proyecto histórico y otras caracterizaciones a las que nos han habituado los teóricos de la postmodernidad.
Con ironía, hasta hace algún tiempo, Duelos firmaba sus cuadros como los artesanos renacentistas: faciebat, composit. Ahora lo hace, citando a la industria contemporánea, con un copyright.
JORGE LÓPEZ ANAYA
