Las pinturas que Amalia Tapia presentó en su más reciente exposición reflejan madurez artística y verdadero deleite en el proceso pictórico. Al observar estos trabajos resalta no sólo el dominio técnico, sino también una actitud estética y emotiva hacia la variedad de elementos cotidianos que se presentan al espectador como detalles —consciente o inconscientemente— autobiográficos.
Pintora panameña de conocida trayectoria, Tapia se inició como acuarelista y presentó sus primeras exposiciones hace más de veinte años. Con tenacidad y autodisciplina, esta artista ha desarrollado su pintura al óleo, atravesando una variedad de etapas definidas principalmente por cambios temáticos. Son conocidas sus composiciones realistas, aunque perturbadoras, de cocos suspendidos en el espacio o amarrados con sogas; pantalones colgados e inertes; bolsas de papel manila; y por muchos años, lienzos rasgados o el dorso de telas sobre bastidores, pintados con minucioso detalle. En sus trabajos de años recientes, Tapia llegó a usar con gran sutileza la técnica del collage, mediante la cual incorporó a sus lienzos elementos como fotos, recortes de periódico y pedazos de documentos manuscritos, introduciendo así trozos de realidad en obras que siempre se han balanceado entre lo real y lo imaginario, lo evanescente y lo perenne.

Todo ese proceso, tanto técnico como iconográfico, parece culminar en estas obras recientes en las que Tapia conjuga componentes ya familiares con otros nuevos, en pinturas de gran lirismo. Es tentador explorar los posibles significados del gran número de elementos que aparecen en tantas de sus obras, algunos más enigmáticos que otros: llaves y ojos de cerraduras, libros deshojados o cartas y sobres rasgados, graffiti, caracoles, sogas o alambres de púas, paños anudados, tubos de pintura, fósforos y clavos al trompe l'oeil, lustrosos centavos de cobre, manzanas cortadas o mordidas, soldaditos de plomo caídos o en aparente formación.
La manera en que estos múltiples elementos conviven flotando en los espacios imaginarios de los lienzos de Tapia, ligan a esta artista a una larga tradición histórico-artística. Saltan a la mente los mundos soñados del surrealista René Magritte, los objetos triviales pero cargados de significados de Liliana Porter, y las pinturas de recuadros borrosos, aunque no los colores, que hicieron famoso a Mark Rothko. Tapia ha sabido aprovechar las lecciones de la historia del arte, reinterpretándolas y volviéndolas suyas. Hay algo intensamente personal —casi íntimo— en su manera de pintar y en la sensación de abandono y soledad que transmiten estos lienzos desde el primer momento. El efecto melancólico lo corroboran la penumbra de sus obras y los títulos que hablan de sueños, olvidos, ausencias y recuerdos.
En obras como Recordando esencias, Tapia, quien además de pintora es una excepcional bailarina de flamenco, hace referencias personalistas al pintar sus zapatos de danza rodeados de una nube oscura, aparentemente cargada de recuerdos representados por pequeñísimos detalles como una ficha de juego y un anzuelo de pescar. Sin embargo, la composición y el mensaje resultan menos impactantes en sus imágenes de zapatos que en otras pinturas que retan más al espectador, como el magnífico lienzo titulado Un reflejo de soledad, en el que el espacio oscuro e indefinido del lienzo ha sido ocupado por doce imágenes pequeñas, distribuidas como en un álbum de recuerdos. Partes de un muestrario iconográfico, con característico drama en el uso de la luz y la sombra, cada pequeño recuadro sugiere múltiples interpretaciones. Al encajar con la manera en que los cuadros de Tapia incitan al espectador a lograr una lectura, estas doce imágenes se podrían interpretar como estrofas de una composición poética.
A la vez, como en pergaminos oscurecidos por el tiempo, el verde del trasfondo en esta obra, y las diversas variaciones del blanco al crema en otras de esta muestra, proveen un alivio en relación a los terrosos —y a veces hasta lúteos— fondos que han caracterizado tantas de las obras de Tapia en años recientes. (Cabe mencionar que, lastimosamente, el catálogo de la muestra no le hace justicia a la sutileza y luminosidad de los colores de Tapia, ni en las reproducciones interiores de las obras, ni el desafortunado tono de la portada).
Tan notable como los colores en estas obras es la novedad que representa la ausencia del recurso del collage, así como el uso constante de texturas, aparentemente creadas a priori sobre los lienzos. Sin embargo, la aplicación generalizada y arbitraria de texturas cumple un propósito sólo en aquellas composiciones en las que la superficie adquiere personalidad propia, convirtiéndose en una piel o un muro sobre el cual Tapia escribe sus historias, como es el caso de Pasando por calle cuarta.
En otros lienzos, mucho más que la textura, son valiosas las diferencias logradas con los óleos que la artista emplea impecablemente para recrear lo vaporoso de una nube o la transparencia del agua. En Amalia Tapia, la atmósfera de ensueño y misterio, el discurso pictórico y los códigos simbólicos —aun aquellos que no logramos descifrar— no tienen nacionalidad, sino que de alguna manera pertenecen a un mundo inconsciente que todos compartimos. Quizás sea por ello que esas obras tan silenciosas parecen hablarnos.
MÓNICA KUPFER
