Sebastião Salgado ha pasado más de 25 años documentando la vida de los desposeídos de América Latina, de África y de la India. De la gente que, en realidad, constituye la inmensa mayoría de la humanidad y que aún permanece invisible para las minorías que se han apoderado de la modernidad. Pero Salgado cree que un proceso de "modernización fabulosa" está en curso en el llamado Tercer Mundo, del cual ya no se podrá excluir a los desposeídos de la historia, cuyos desplazamientos forzosos no han logrado destruir su propia dignidad.
Sus fotografías, con su luz cargada del drama barroco de la gran pintura española, con su realidad alucinante y la mirada penetrante y directa de sus personajes, han sido elogiadas y difundidas a escala mundial. También han sido fuertemente criticadas a veces por su manipulación de la miseria en pos de una belleza delirante. Pero para Salgado la "belleza" y la "miseria" son conceptos relativos y demasiado obvios para captar la esencia de su obra, que encierra algo mucho más trascendental: la búsqueda y la expresión de la dignidad humana, sinónimo para él de la historia del hombre y de su residencia en la tierra. Una dignidad que sólo puede existir cuando está compartida, en una comunión entre el personaje de la fotografía, el fotógrafo y el espectador.
En asociación con Christian Aid, Sebastião Salgado acaba de inaugurar en Londres una exposición de fotografías sobre los cincuenta años de independencia de la India, mientras Terra, una muestra de 250 imágenes sobre los desplazamientos humanos, se presenta simultáneamente en diferentes países del mundo. Brian J. Mallet conversó con el fotógrafo en París sobre su obra, sus críticos y su concepto del arte.

Brian J. Mallet: Se ha dicho que el gran enemigo de su obra es su propia belleza, que logra escamotear la miseria humana de la cual usted se sirve como punto de partida...
Sebastião Salgado: La belleza no es mi gran enemigo, sino mi gran amigo. Yo no nací en Europa o en Estados Unidos, donde corre este fantasma de culpabilidad de la filosofía cristiana, donde las cosas tienen que ser buenas o malas, sin más ni más. Es prácticamente imposible para la gente en Europa admitir que existe la belleza en los lugares cuyos habitantes son pobres en términos materiales. Pero esa gente, en África, Asia o América Latina, tiene una riqueza de espíritu que ya no existe en muchos lugares del Primer Mundo. Acá, en París, existe mucha miseria espiritual, que se ve en las caras de la gente que ya no tiene el sentido de su comunidad, de su grupo, de su familia. La belleza, como la civilización, es un conjunto de muchas cosas diferentes, pero existe en todas partes del mundo. No es propiedad de un solo grupo, o de las culturas "ricas". En Europa hay mucha gente que piensa que es importante —para efectos, digamos, documentales— presentar el aspecto feo de la miseria. Para mí, no hay tal aspecto. La luz está presente en todas las latitudes, al igual que el medio ambiente y la dignidad humana. Entonces, para mí, no hay dualidad ni dicotomía entre la belleza y la miseria. En este momento, hago una serie de fotografías sobre las poblaciones en desplazamiento, gentes que viajan desde países materialmente pobres hacia el norte, en búsqueda de trabajo. Vienen con mucho coraje y mucha dignidad, atravesando desiertos, montañas y mares, en diferentes lugares del mundo. Hay una belleza en esta gente, una belleza que se ha convertido en amiga mía.

B.J.M. En este contexto, la crítica de arte parece más bien como un pariente pobre...
S.S. Muchas veces los críticos de arte o de fotografía crean polémicas, las cuales sirven para sus propios fines de autopromoción. En mi caso, son críticos que nunca han ido donde yo he estado, nunca han visto lo que he visto con mis propios ojos. Esa gente ve solamente el lado supuestamente estético de las cosas, y con una pretensión que sólo se puede calificar de grosera, decretan que "esto" es arte y que "eso" no lo es. No creo que lo que hago en mi fotografía se pueda llamar arte. El arte existe, por supuesto, pero no es el artista quien lo hace... Para mí, el artista no existe. Lo que hace al arte es la historia y las cosas se vuelven arte con la referencia de la historia, como consecuencia de la historia. Se puede crear un objeto, pero para que este objeto se convierta en arte, tiene que volverse patrimonio de la humanidad entera. El arte es lo que queda de la historia, las huellas del hombre sobre el planeta. Por esta razón, digo que yo no hago arte. Soy periodista. El primer soporte para todas mis fotos es, sin excepción, la prensa. Luego, por supuesto, estas fotos se presentan en museos y galerías, pero su primer destino es la prensa. Por ejemplo, mis fotos sobre el movimiento de los campesinos sin tierra en Brasil, fueron publicadas en forma de afiches de alta calidad, los cuales fueron presentadas en 3.500 exposiciones simultáneas con el fin de recoger fondos utilizados posteriormente para construir una escuela para los propios campesinos. Ahora lo que pasa hoy es que hay gente que quiere apoderarse del museo del mundo.

B.J.M Usted llegó tarde a la fotografía, en 1973, sin formación profesional. Sin embargo, la densidad de sus fotos, su carga emocional, se reconoce inmediatamente...
S.S. Como cualquier fotógrafo, tengo mi propia estética, mi propia manera de penetrar en la realidad. Este "corte", que me pertenece sólo a mí, también es el resultado de lo que soy, de mi padre, de mi madre, del pueblo de Minas Gerais donde nací, con su luz dramática y sus soles brutales. Es un corte que demuestra cómo soy yo dentro de mi grupo social y de mi familia, mis creencias políticas y mi ideología. Muchas de mis fotografías están tomadas a contraluz, de la misma manera en que en mis recuerdos de infancia, mis padres siempre aparecen de espaldas a la luz. Entonces, por un lado, hay toda esta densidad vivencial, pero por otro, hay la pequeña fracción de segundo cuando se oprime el botón de la cámara, el instante mágico cuando todo tiene que juntarse. Hace poco, presenté la exposición Terra en el Palais de Tokio en la ciudad de París, con 250 fotos, cada una tomada en un promedio de 1/250 de un segundo. Es decir, 250 fotos para una duración total de un segundo. Eso es lo maravilloso de la fotografía, la cual, en el momento de su producción, ya es producto final. Ya no se puede tocar ni alterar, con excepción de los pequeños retoques de contraste, que en el fondo no cambian nada. O así era, hasta hace poco tiempo. Hoy día, puede ser que estemos entrando en el crepúsculo de la fotografía, tal como la conocemos desde hace 150 años, a raíz del desarrollo de la técnica y con la llegada de la fotografía digital y computarizada.
B.J.M. La visión, el corte como usted dice, es algo personal, pero la técnica pertenece a todos.
S.S. Todos los fotógrafos tienen su propia estética, y por esta razón no se puede calificar la fotografía latinoamericana, por ejemplo, como "copia" de la europea. Para un fotógrafo latinoamericano, la realidad latina sigue siendo una referencia y una realidad inevitable, las cuales tendrán que reflejarse en sus imágenes. La técnica es otra cosa. La fotografía fue parcialmente descubierta casi simultáneamente en varios sitios, en Inglaterra, Francia, Brasil... A mí me gusta verla como una especie de robot, que reemplaza la mano, con la ayuda de la química y la física. Pero un robot es, o debe ser, un bien humano, algo que nos pertenece a todos, símbolo de un momento de maduración en un proceso histórico y multifacético. Y como el robot, la propia fotografía debe pertenecemos a todos. En este aspecto, la fotografía tiene una gran ventaja, en el sentido de que el verdadero original es el negativo, el cual se puede copiar sin comprometer la calidad del producto. Cuando lanzamos el libro de Terra en abril, presentamos simultáneamente 125 exposiciones de las fotografías en Brasil, en sus universidades, sus iglesias, en diferentes sitios. Sólo la fotografía permite semejante lujo. Pero es un lujo que tiene mucho que ver con las nuevas realidades del mundo. A comienzos del siglo, por ejemplo, los europeos representaban 18 por ciento de la población del planeta. Hoy día, la cifra es un poco más de 4 por ciento, y los europeos ya no tiene el derecho de pensar en términos de fronteras. De hecho, las fronteras de toda índole ya se están cayendo... tanto para los bienes materiales y las mercancías, como en el campo de las comunicaciones. Mientras tanto, hay millones de personas que caminan por todo el mundo, en un proceso de cataclismo histórico que está cambiando la faz de la tierra.

B.J.M. Al mirar sus fotografías, siempre pienso en el momento antes y después del instante captado por su lente… algo sucedía, y algo más sucederá. Casi siempre sus personajes miran directamente al espectador. ¿Se puede hablar de un mise en scène en su obra?
S.S. No creo. Por lo menos, no en el sentido en que se puede imaginarla en el caso de la pintura, donde el pintor puede utilizar bosquejos o inclusive fotos para armar su trabajo; o el caso del cine, donde por razones de logística y de costos, todo tiene que ser una verdadera mise en scène. Lo que el fotoperiodismo requiere es algo distinto, una densidad vivencial que proviene de la integración del fotógrafo dentro del contexto de su reportaje. Yo nunca 'robo' fotos, y creo que las fotos robadas siempre carecen de tesis y densidad. En mis fotos todos los personajes están conscientes, en el sentido amplio de la palabra, de lo que estoy haciendo y participan por su propia voluntad. Pero eso requiere tiempo y esfuerzo. Las personas de mis fotografías muchas veces viven en comunidades, lo cual significa que tengo que explicar en detalle a muchas personas diferentes lo que estoy haciendo porque en muchas de estas comunidades hay un verdadero sentido de democracia, donde todo el mundo tiene el derecho de expresar su opinión. Una vez, durante la preparación de mi libro titulado Otras Américas, tuve una larga conversación con algunos indígenas a quienes estuve fotografiando en la frontera con Ecuador. Hablamos de su pequeño río, que ellos llamaban "la culebra". Para ayudarles a entender de dónde venía yo, expliqué que este pequeño río iba a juntarse con otro río más grande, que luego se juntaría con otro hasta confluir en el Amazonas y llegar finalmente al Atlántico. Para nosotros, los brasileños, el Atlántico es un mar amable, al contrario del Pacífico, que tiene mala fama, y que identificamos con tempestades y naufragios. Pero para estos indígenas era todo lo contrario, y se pusieron realmente tristes al aprender que su río iba a sufrir semejante destino. Estas apasionadas conversaciones hacen parte de mis fotografías, al igual que mis estadías en las comunidades, que pueden durar un mes o más. En comparación con estas conversaciones y experiencias enriquecedoras, a veces mis fotos me parecen poca cosa. Entonces, para volver a su pregunta, no creo que exista una mise en scène en mis fotos. Pero estoy convencido de que sí hay un fuerte contenido vivencial de parte y parte, que, para mí, es indispensable a toda verdadera imagen.
NOTA DEL EDITOR
España le otorgó a Sebastião Salgado el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1998. Fue escogido entre 53 candidaturas de 22 países y en el acta del jurado se consignó que era premiado por "haber sabido retratar la condición humana y evidenciar la desigualdad del mundo actual", así como por "su lenguaje plástico personal, profundo, poético y de alta calidad formal".
BRIAN J. MALLET
Colaborador de varias publicaciones de Europa y América Latina, y corresponsal de ArtNexus en Suiza.

