La selección que se expone en esta edición de la Bienal Bidimensional del Salón Nacional de Artes Plásticas evidencia la crisis actual de las definiciones con las que se intenta explicar buena parte de la plástica contemporánea. La muestra se lleva a cabo dentro de las instalaciones del Centro Nacional de las Artes (donde se conjuntan escuelas de música, danza, teatro y artes plásticas, así como diversos centros de investigación) con el fin de que los alumnos entren en contacto con la producción artística más reciente de un selecto grupo de artistas residentes en el país. Además, la exhibición no se limita a ocupar la Galería, sino que se dio la oportunidad de realizar obras para sitio específico en todas las zonas y edificios del Centro. Los resultados son tan ambiguos como el concepto de bidimensión. En este contexto, este año se seleccionaron varias obras que se salen de la tradición y que se inclinan hacia la recuperación de una variedad de aspectos conceptuales que desde hace varias décadas han caracterizado a la llamada vanguardia.
Una de las primeras obras que en este sentido llaman la atención es El tránsito intervenido, de Cesar Hayashi. Se trata de aproximadamente 11 metros cuadrados de mosaico, provenientes del estudio del artista. Mientras funcionó como piso, el mosaico "documentó" la vida dentro del estudio: el andar del artista y de sus visitantes, las marcas del tiempo, manchas y escurrimientos de pintura, vino y demás.
Huellas que una vez desprendidas del piso recuerdan ciertas soluciones plásticas del expresionismo abstracto. Ya con el mosaico como lienzo, el artista enfatizó ciertas texturas e insertó y corrigió algunos elementos compositivos, —de ahí la intervención— antes de presentar la pieza como un gran cuadro, en diversos lugares públicos como paradas de autobús y techos, todo ello a lo largo de seis meses. Lo que se muestra en la Galería del CNA es el fragmento de piso —colocado como piso y no como cuadro—, además de una serie de textos y fotografías documentales del proceso.

Dentro de este tipo de reinterpretaciones de la abstracción norteamericana se puede incluir el tríptico de Carlos Márquez, titulado El canto de las cerdas con plumas. Se trata de tres cajones de madera dentro de los que Márquez ordenó una serie de cepillos y de plumas que, vistas a distancia, conforman una composición abstracta. Las franjas resultantes aprovechan tanto la textura como los valores cromáticos de sus materiales, dando lugar a una bien lograda síntesis del principio del ready-made con las propuestas de la abstracción monocroma y el informalismo.
Paloma Torres también presenta una síntesis de este tipo en su Paisaje Blanco, compuesto por un políptico de cerámica pintada en donde la materialidad y la objetualidad de la obra se imponen sobre cualquier constricción a la bidimensionalidad.
Incluso una pieza como Clonación, de Lupina Flores y Juan Caballero —una serie de pequeños espejos cuadrados que conforman una superficie cóncava— enfatiza sobre todo la posibilidad de superar la mera presentación de objetos cotidianos a través del reforzamiento de algún aspecto conceptual, en este caso desatado mediante el título (y en efecto, la pieza logra "clonar" las obras que la rodean en la Galería).
Otras obras que también se presentan como bidimensionales, son en realidad trabajos más complejos que involucran características objetuales. Tal es la serie que conforma la Bitácora del performance como ritual personal, de Enrique Ferreol. La obra parte de un curso impartido por la conceptualista Mónica Meyer, en el que el artista participó. Durante los 12 lunes que duró el curso, Ferreol reunió una serie de apuntes, fotografías, recortes, dibujos y objetos que conjunta en esta serie de 12 obras que lindan entre el collage y el assemblage, y que a su vez conforman un ritual personal, un performance privado.

En la misma categoría puede insertarse el trabajo de Carlos Arias, Didáctica, varios pañuelos sobre los que Arias ha bordado una serie de textos en torno al sexo. Los escritos abarcan desde La historia de la sexualidad de Foucault, hasta descripciones de libros de texto. Se trata ante todo de objetos con un valor de uso particular, que son transformados material y conceptualmente.
Además de esto, la Bienal incluye algunas muestras de fotografía, de collage tradicional y de medios compuestos, claro está que junto a obras que caen cómodamente dentro de los parámetros tradicionales. En este sentido, el contraste entre estos dos tipos de trabajo —el de tendencia conceptual y el tradicional— evidencia, en general, la pobreza de las soluciones convencionales al problema, de por sí cuestionable, de la bidimensionalidad. Probablemente una excepción sea el trabajo que presenta Trini. Con la unión de cinco óleos de mediano formato, forma un políptico que por su colocación —los lienzos se encuentran suspendidos formando una columna que hace ángulo con el techo del mezzanine del Teatro de las Artes—se convierte en una especie de instalación diseñada para involucrar fenomenológicamente al espectador. Éste no sólo tiene que levantar la vista para ver la obra, sino que al encontrarse con una serie de escenas urbanas vistas a ojo de pájaro, pierde por un momento las referencias posicionales vertical-horizontal y arriba-abajo, involucrándose en la ilusión bidimensional de la profundidad y el fondo.

En el contexto del complejo arquitectónico que alberga la exposición hay obras que logran una buena integración con la construcción, como los estandartes que forman la Víbora de mar, de Paloma Menéndez, o el Vacío, de Cuahutémoc Rodríguez, aunque en estos casos es difícil discernir si forman parte de la decoración habitual o de la exposición.
Así pues, lo que queda indefinido es el concepto mismo de bidimensionalidad, sobre todo tomando en cuenta que se trata de una categoría que, en rigor, sólo puede aplicarse a las representaciones pictóricas ilusionistas que hacen aparecer el espacio y la profundidad —tercera dimensión— donde no los hay. Hace ya varios años que la abstracción cerró "la ventana al mundo" y reconoció la objetualidad del cuadro. Gran parte de la selección de esta Bienal parte de esta premisa y hay obras que logran llevarla a sus consecuencias más radicales —lúdicas, conceptuales y decorativas. Aún cuando el apoyo y la difusión de la producción plástico-contemporánea son necesarios, también es justo esperar mayor claridad en las premisas teóricas e históricas sobre las que se fundamentan los criterios de selección de este tipo de eventos. Ello, si de verdad se pretende el desarrollo y la retroalimentación crítica del arte contemporáneo en México.
ISSA MARÍA BENÍTEZ

