El Premio Luis Caballero, creado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, fue una convocatoria para que artistas mayores de 35 años mostraran su trabajo en una exposición individual, una por mes durante un año, en la Galería Santa Fe de Bogotá, para finalmente otorgar el Premio Luis Caballero a uno de ellos. En esta oportunidad se escogieron 11 artistas: Luis Fernando Peláez (Jericó, 1945), Nadín Ospina (Bogotá, 1960) John Castles (Barranquilla, 1946), Jorge Ortiz (Medellín, 1948), Gabriel Silva (Bogotá, 1955), Hugo Zapata (La Tebaida, 1945), Ronny Vayda (Medellín, 1954), Víctor Laignelet (Barranquea, 1955), Rodrigo Facundo (Ibagué, 1958), Álvaro Barrios (Cartagena, 1945) y María Teresa Hincapié (Armenia, 1956). El jurado otorgó el Premio a Víctor Laignelet.
Una manera de abordar las últimas exposiciones podría ser comenzando con la definición de estilo que, desde hace un tiempo, se evade y a veces se cita como una idea sin sentido porque, tal vez con la fragmentación y la no creencia en una visión única del mundo, el artista no busca tener un estilo. Pero se puede proponer una contundente, que se planteó hace ya muchos años y que ahora se revisa y aparece renovada: estilo es una manera de ver, una manera de ver materializada en un tiempo y en un espacio. Puede ser un punto de partida para comenzar a analizar este grupo de cinco instalaciones porque en ellas los artistas plantearon más claramente que algunos de los anteriores, precisamente, una manera de ver. Sus obras manifestaron que están ubicados en un pedazo de realidad, en un aspecto de la sensibilidad, e hicieron que tomara forma en el espacio. Por esta razón, la convocatoria al Premio es importante ya qoue, por lo menos en estas últimas propuestas, el espectador estaba frente a un interlocutor con ideas en desarrollo, no sólo con ocurrencias geniales y divertidas, y podía estar o no de acuerdo con ellas, pero todas merecían una observación cuidadosa porque despertaban un aspecto de la sensibilidad diferente, que, generalmente, el espectador mantiene disminuida en su vida cotidiana. Lo evidente es que de esa real fragmentación que apunta a la independencia de las partes con un todo único, que hace que un fragmento sea equivalente a otro, el artista, al colonizar una parcela de esa sensibilidad, permite que el espectador la reconozca y la recupere. Históricamente, estilo era una palabra contrapuesta a modo de ser. Hoy parece que el modo de ser es el estilo. Tres de ellas eran un gesto expresivo en el espacio.

María Teresa Hincapié, en su obra Hacia lo sagrado, trajo a la galería lo esencial de su casa en el campo y de sus vivencias. El espacio estaba casi vacío, con brotes de pasto en algunas esquinas. El espectador encontraba un anciano, vecino de su casa, invitado por ella a habitar por un tiempo en el espacio del arte, tal vez porque ya no queda en la sociedad espacio para que habite dignamente la vejez, y también porque se cree que en una Galería sólo debe habitar lo estético-limpio y no lo estético-afecto. La galería queda en un segundo piso, y la abrió con una escalera al parque circundante, por la que podía subir y bajar su perro. En esta oportunidad logró una delicada tensión entre la limpieza del espacio y los momentos de esa vida que entraba en contacto con el espectador aunque fuera por un instante.
Ronny Vayda, en Saturno, hizo un anillo de metal que atravesaba el espacio, que no es de ninguna manera simétrico, y la curva, sin perder su forma, se acomodaba a él y lo recorría todo. La reflexión sobre la geometría, que en su obra se ha orientado principalmente hacia el cubo y sus posibilidades, casi siempre imponiéndose al espacio, aquí se transformó en los problemas de la curva, que existían a partir de las condiciones que el espacio mismo le imponía, poniendo a prueba sutilmente los materiales y sobre todo la manera de proyectar y construir.

La obra de Álvaro Barrios era un réquiem por los artistas y amigos muertos, de quienes quedan únicamente las obras que se renuevan eternamente con la mirada y se convierten, por su ausencia, en un acontecimiento. La obra planteaba dos temas fundamentales. En términos formales, era una reafirmación del kitsch como un modo de ser o un modo de ver. Cuadros de Goya, Dalí, Luis Caballero, Andy Warhol y Carlos Rojas se encontraban en el centro de dos lienzos rojos con la letra de O caritas, la canción de Cat Stevens. Al frente, un podio con carbón, y en este mismo material, tallada, la frase Ars Longa Vita Brevis (El arte es eterno, la vida es breve), el nombre de la exposición. A los lados, llamas en mármol blanco. El kitsch como pensamiento alternativo siempre logra poner en entredicho los estereotipos y, en este caso, una frase de cajón que se usa permanentemente en los medios de comunicación es hacer auténticos homenajes, que en realidad resultan melancólicos, precisamente por el uso de los mismos materiales y las mismas ideas vacías de contenido. En esta obra el ritual resultaba auténtico sobre todo, y es el segundo tema fundamental de la obra porque es un homenaje a los amigos de todas las épocas, que siempre contribuyen con su conversación, aprobación y críticas a la formación del pensamiento artístico. Dos de estas cinco exposiciones transformaron el espacio para hacer evidente la estructura del pensamiento.

Rodrigo Facundo proyectó sobre las paredes de la Galería imágenes de la historia personal y colectiva como una evidencia de la memoria fragmentada que impide construir una continuidad histórica. El nombre de la exposición, En la punta de la lengua, era significativo de aquello que aparentemente se recuerda por un instante pero que en realidad se olvida. La proyección y las imágenes heterogéneas de lo público y lo privado conviviendo en el mismo lugar eran un ejemplo exacto de una estructura fragmentaria que es inestable, leve, en la cual importan tanto las partes como los vacíos y los intervalos de silencio, que permiten la aparición de relatos, dan lugar a las ambigüedades y, en consecuencia, propician un cambio de sentido. Pero, además, Facundo se propuso someter a los visitantes, a través de los más bellos y lúdicos mecanismos, al orden espacial que marcó su memoria, y el espectador veía desfilar, a un ritmo distinto, lugares, gente, pensamientos, recorría de nuevo el camino que construyó su pensamiento.
Para Víctor Laignelet el espacio está organizado como el cerebro humano: el lado derecho, lugar de las imágenes liberadoras, y el izquierdo, carcelario, que juzga. El lado izquierdo de la Galería era entonces el espacio del vigilante, y una cámara de circuito cerrado reflejaba en la pared a los espectadores del lado derecho, que podían deambular y mirar unas imágenes suspendidas del techo, cuya cara eran rostros duros, masculinos, de delincuentes, y su anverso, el espacio simbólico por excelencia, la pintura, que aludía a un mundo donde lo femenino, entendido como seducción, aparece como un camino para la ampliación de la conciencia. Si un modo de ver es un modo de ser, esta obra es resumen y apertura, a la vez, de la búsqueda del artista por dar forma a un estado mental en el cual ideas aparentemente separadas entran en el campo de los sentidos como si se abriera una ventana y se viera el otro lado del muro y, en un solo tiempo y un solo espacio, lo que se ha aprendido a ver por separado, se logre captar como una sola unidad. Una jaula fue a buscar un pájaro, el nombre de la exposición, era una trampa para que el espectador iniciara un recorrido por el laberinto de su percepción donde, como en una frase de Kafka citada por el artista, los escondrijos son innumerables, la salvación sólo una, pero posibilidades de salvación otra vez tantas como escondrijos.
NATALIA GUTIÉRREZ
