Exposición Individualjul 1998 - sept 1998· Por Santiago Espinosa de los Monteros

Paolo Gasparini

Centro de la Imagen

Estamos a la mitad del camino entre la experimentación de las nuevas tecnologías aplicadas a las artes visuales y su adecuación a las necesidades expresivas de los creadores. En ese frenesí de ideas y nuevas maneras de expresarlas, pareceríamos confundirnos en ocasiones por todo eso que sucede ante nuestros ojos, todo aquello que se nos propone y cuya lectura debe ser siempre, de una u otra forma, acorde con lo que el artista nos pide encontrar.

De esta manera, muchas de las piezas que han ocupado lugares importantes en salas de museos, en galerías de renombre y en revistas especializadas son una suerte de alarde tecnológico que, al margen de que digan o no digan, no podemos obviar, la presencia a veces tan contundente de lo Hi-tech, de lo que evoluciona a velocidades vertiginosas rebasándonos sin problema, y dejándonos, por más esfuerzos que hagamos para alcanzarlo, rezagados en la vida del progreso tecnológico y de sus aplicaciones. Es entonces cuando tratamos de ver y enfrentarnos a la creación del otro como si hiciéramos una especie de acto de contrición, como si quisiéramos hacer un alto en el camino, reflexionar, recapitular, seguir después.

Ese detenernos momentáneamente, esa posibilidad de controlar (aunque sea unos instantes) el vértigo en el que se suele caer cuando de conocer nuevas propuestas se trata, es no sólo sano sino ejercicio necesario, recordatorio de que todo eso que ahora nos maravilla, que nos deja estupefactos y que nos lleva a la admiración en el primer impulso, y al intento de lectura en el segundo, no es más que materia que pronto envejecerá y será entonces juzgada ya no por nuestros ojos ni por nuestro acervo personal de documentos, sino por nuestra memoria.

Aquí justamente se inscribe una de las partes medulares de la propuesta de Paolo Gasparini, en la reutilización de medios expresivos casi en desuso, desplazados por tecnologías más avanzadas y muchas veces destinadas a sorprender, siendo esta sorpresa por lo general más llamativa que el contenido de eso que se propone.

Paolo Gasparini presentó recientemente en México D. F. el audiovisual Ciudad de México - Los Ángeles: un viaje jodido / One hell of a fucking journey. Tres carruseles repletos de transparencias; tres proyectores; un cassette con el audio, que debía ser coordinado con todo lo demás; aventura contemporánea con vieja tecnología. Ahí radica en gran parte su peso.

Exposición Individual: Paolo Gasparini — imagen 1
Paolo Gasparini. Ciudad de México - Los Angeles: un viaje jodido, 1998. Fotografía de audiovisual.

Eso hizo Gasparini ante un público inquieto y conocedor en el Centro de la Imagen de la Ciudad de México. Presentó un audiovisual a tres proyectores, los cuales debió coordinar personalmente, y dejó en la sala una de las propuestas más desgarradoras y contundentes que se hayan visto en mucho tiempo. Paralelo a la fuerza expresiva que encierra un audiovisual a la vieja usanza, el contenido de las fotografías examina un hecho que sucede simultáneamente con el de la lectura de este artículo. No se trata de rescatar lo pasado ni aventurar horizontes deseados para este mundo que Gasparini ha constatado. Se trata, y eso es lo que hizo, de poner en evidencia algunos juegos contradictorios y cotidianos que habitan en sedes de gran importancia y dimensiones, como Los Ángeles y la Ciudad de México, sin dejar de lado puntos álgidos como Tijuana y otras zonas fronterizas. 

Parecería que el tiempo se toca a sí mismo y toma el rostro de los viejos héroes, pero vistos con ojos nuevos. ¿Dicen hoy Emiliano Zapata, su nombre, su rostro, su figura y su evocación lo mismo que decían cuando éste cabalgaba en México a principios de siglo gritando tierra y libertad? No, y es el mismo Zapata, la misma inspiración, el mismo deseo de que aquello que nos pasó no se repita. Pero el esfuerzo, hoy lo sabemos, se quedó en el camino. Gracias a Paolo Gasparini tenemos ante nosotros a émulos de Zapata frente al Zócalo de la Ciudad de México, más delgados o más gordos, qué importa, su sangre es la misma, son seguidores, hijos o nietos de la bravura de esos días, que parecerían ignorar todo aquello que se fragua en su contra en las oficinas de cristal de las Holdings, Trusts y ministerios. Y es que son tan pequeños como para no poder resistir el embate de un oficio con firma y sello que ordena su brutal desalojo, pero tan grandes y fuertes como para que su sola presencia nos ponga ante la cara una lección intensiva de historia.

Otras fotos de Gasparini rescatan las viejas palabras que nos enseñaron nuestros abuelos, pero las descubre en forma de propaganda publicitaria en espectaculares avisos urbanos que usurpan el lugar del horizonte, amparados por las leyes, con permiso para estorbar y, de manera simultánea, diciendo a nuestros ojos lo que forzadamente deben mirar.

Y como último resquicio, último espacio posible de encuentro humano, la mirada de los sin casa, de los homeless que deambulan en Los Ángeles, en la Ciudad de México, entre ambas ciudades, miradas sin pasaporte ni nacionalidad, pero con historia y severa crítica al mundo que nos hemos fabricado. Ahí está la respuesta a eso que nos preguntamos y para lo que no hayamos contestación posible. Entre los textos que vemos en el audiovisual está la conocida frase: "El futuro ya no es como era antes. Sólo así..."

Para Paolo Gasparini, este audiovisual "es un... homenaje al humano sobrevivir que indios mexicanos, mestizos y marginales de todos los rangos y razas han arrastrado y soportado a lo largo de la historia de conquistas y despojamientos. Sus rostros nos miran. Expresan su condición de oprimidos de la tierra, hablan con la voz de una cultura arcaica y trunca".

Todo esto sucede mientras escuchamos música emblemática: Adiós Nonino, de Astor Piazzola, es, si acaso, el momento más conmovedor de toda la presentación. Viejas canciones italianas de protesta contra el fascismo están también ahí, al igual que Judith Reyes, trovadora mexicana que puso voz y guitarra a los momentos más difíciles de la dispareja lucha estudiantil de 1968. Ese es el otro discurso, el de la música que aparentemente no tenía relación ni geográfica ni racial con lo que se miraba, pero que sí nos enrolaba desde el punto de vista de que todas ellas, de una u otra forma, en un país determinado y un año preciso, cantaron y delataron la explotación y pusieron en alto la resistencia humana y su forma terrible y maravillosa de aferrarse a la vida, no importa lo adverso ni lo contradictorio, no importa a veces ni siquiera que ese nuevo estilo de vida atente contra la propia historia. Aunque nos pese, ése es el nuevo espacio que se abre y en el cual se sobrevive.

Hay un hombre con la cara envuelta en trapos y una luna menguante atada a su cabeza. Tal vez danza, tal vez actúa. Quiero pensar que escapa y que ya nadie le podrá echar mano, que será el involuntario fundador de una nueva sociedad, que le recordarán como el que se robó la luna, no por maldad ni mal gusto, sino por no perder nunca el derecho de soñar.

SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

Paolo Gasparini, por Santiago Espinosa de los Monteros | artnexus