No hay más que visitar la tienda de cualquier gran museo para comprobar que el CD-ROM ha reemplazado en parte a los catálogos como recuerdo para llevarse. El crecimiento exponencial de Internet contribuye aún más a aumentar el radio geográfico de las colecciones que están al alcance del aficionado al arte. Si dispone del instrumental necesario, está en condiciones de entretenerse y disfrutar mucho. Pero tiene que ser consciente de que accede así a un aumento del saber, no a un sustituto de la experiencia directa del arte: por eso puede decirse que son infundados por ahora los temores de que la gente no vaya a los museos porque puede visitarlos en línea.
El Museo Virtual de Arte El País (http://www.diarioelpais.com/muva) ofrece desde Montevideo una perspectiva propia que, junto a sus cualidades innegables, le ha valido todo un rosario de distinciones internacionales y un número impresionante de visitas electrónicas. Es el ser justamente "virtual", es decir (como en otros pocos casos), no reproducir una colección física ni una arquitectura real. Menos mal, podría agregarse, pues su página inicial muestra un edificio que avanza invasoramente sobre una de las plazas definitorias de Montevideo.

El MUVA tiene la vocación de dar visibilidad a obras que están en los talleres de los artistas o pertenecen a colecciones privadas. No sustituye a un museo, sino que "es" un museo; como puede verse en la muestra actual, un museo que junto a maestros desaparecidos muestra a pintores vivientes, algunos muy jóvenes.
Luis Solari (1918-1993) se presta particularmente bien a una exploración en pantalla, dado el carácter afirmativo de imágenes que apelan a la imaginación y la memoria antes que a la sensualidad del color. Representa un compromiso típicamente uruguayo entre la voluntad de figurar la visión interior y el pretexto "realista" que elige: el carnaval, o más bien la impresión del carnaval sobre un niño de los años veinte, cuando todavía era muy vital la tradición del disfraz. El terror y el mito se codean con la fiesta, mirada por ojos infantiles: tal ese lobisón con alpargatas que amenaza a una ronda infantil salida de una película de Busby Berkeley o Esther Williams.

Pedro Figari (1861-1928) es un valor internacional, quizá el principal con que cuenta Uruguay junto con Joaquín Torres-García. La selección del MUVA, aunque reitera los temas bien conocidos del artista —la vida rural, el Montevideo romántico, la presencia de la cultura negra—, ofrece el placer adicional de que sean obras desconocidas en los museos.
Javier Bassi (1964) sufre de la insensibilidad del medio electrónico a lo que constituye el interés principal de su obra: la textura de colores sombríos y espesores sutilmente graduados. Más llamativa es la serie de pintores reunidos últimamente para ilustrar lo que con acierto destaca la curadora Alicia Haber como gran novedad en el arte uruguayo.

Un medio dominado hasta la fecha por la placidez y los colores terrosos, y donde la abstracción geométrica representó un episodio aislado, se atreve ahora a una imaginería fuerte y colorida, eco de una libertad interior que sienten los artistas desde el fin de la pesadilla política que duró hasta 1984.
Varios pintores ilustran esta libertad, fruto no sólo de su voluntad expresiva sino de su recepción del arte europeo, fuente de estilos y soluciones que acercan la producción uruguaya a una tónica figurativa y expresionista. Las influencias europeas son patentes y no traban su originalidad: Van Gogh en Virginia Patrone, con su poderosa Maternidad y Hotel Colón; Dubuffet y Hans Arp en el colorido chillón y las formas agresivas de Hugo Longa; Francis Bacon en la desolación catatónica de Carlos Musso; el simbolismo de fin de siglo en la Salomé de Álvaro Pemper.
El MUVA es auténticamente "interactivo" en el sentido de que mantiene una comunicación personal con cada visitante. Pero debe advertirse que sólo funciona en forma óptica con Netscape 3.0, es decir, con la penúltima versión de este navegador.
MARIO TRAJTENBERG
Periodista cultural uruguayo. Residente en Montevideo.

