Exposición Individualjul 1998 - sept 1998· Por Ana Isabel Pérez Gavilán

Manuel Rodríguez Lozano

Museo de Arte Moderno de México

"La pintura es un lenguaje poético o no es nada"

En la historia del arte mexicano, la figura de Manuel Rodríguez Lozano (1895-1971) ha sido poco estudiada. La historiografía del arte lo ha ubicado cómodamente como parte de la escuela mexicana de pintura —término que por cierto él acuñó en los años cuarenta—, cuando en realidad su postura fue mucho más polémica. Existen algunas menciones sobre su función en la educación como jefe del departamento de dibujo en la Secretaría de Educación Pública, en 1924, y como director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, Antigua Academia de San Carlos; como promotor cultural, sus vínculos con el grupo teatral Ulises y la revista Contemporáneos; sus relaciones amorosas con Carmen Mondragón (Nahui Ollin), Abraham Ángel y Antonieta Rivas Mercado, y las etapas estilísticas de su obra.

Con la exposición curada por Beatriz Zamorano y Ángel Suárez en el Museo de Arte Moderno, al parecer se ganó en datos, mas no en interpretación. Siguen presentes los lugares comunes de su historiografía, sin integrar una visión crítica sobre la manera de percibir y construir la artisticidad de Rodríguez Lozano, considerando una sensibilidad diferente, a la vez social, moderna y universal: "Se pinta a una mujer como mujer, al hombre como hombre, ésta es su universalidad [...] La fuerza de la pintura está en su propia limitación [...] por su contenido poético [...]". Si realmente la pintura, como arte, tiene un valor de estimulante espiritual, désele así, auténtico, al pueblo, y entonces cumplirá su función social. A pesar de su sobriedad, museográficamente la muestra no plantea ninguna revisión. La información en salas involucra más las anécdotas amorosas personales que una interpretación de cómo estas afectaron su producción.

Exposición Individual: Manuel Rodríguez Lozano — imagen 1
Manuel Rodríguez Lozano. El holocausto, 1944. Óleo sobre tela. 124 x 177,5 cm. Cortesía: Museo de Arte Moderno, México.

Abundan las referencias a artistas europeos que sirvieron de modelos estilísticos al mexicano, o a su papel como formador de otros artistas en México, sin examinar los momentos políticos, sociales y culturales que lo llevan a automarginarse y a postular un arte basado en la espiritualidad. Uno de los logros de la exposición fue reunir la serie de Santa Ana muerta (1932-1933); el dramatismo de sus colores, la intensidad de los contrastes, la economía de las composiciones y la contundente presencia femenina permiten captar la profundidad del cuestionamiento vital sobre la muerte. A partir de ella resaltaba aún más la languidez y alargamiento de sus figuras contra los colosos y mujeres monumentales de la misma época (1930-1936).

Como escritor y crítico, Rodríguez Lozano elaboró también un discurso que tuvo, como en la pintura, su evolución. Para él, la autenticidad en la pintura mexicana era la búsqueda de nuestra propia afirmación y (de) encontrar un lenguaje propio que tuviera el sabor, el sentido, la luz, el alma y el corazón mexicanos. Su crítica a los muralistas por confundir la anécdota, lo pintoresco y la política en el arte —que para él eran una misma cosa—, lo llevó a una postura heroica en defensa de lo auténtico. La pintura debía ser expresión de valores trascendentes. El artista, según Rodríguez Lozano, debía crear su propia perspectiva afectiva.

Por ello, mostrar las diferentes facetas y relaciones que marcan sus escritos y su producción pictórica debió haber sido parte de la labor curatorial, así como explicar la función de los patronazgos privados en su producción artística y teórica. En su lugar, se incluyeron citas de críticos e historiadores del arte que se han referido a él y a su obra sin ninguna contextualización o análisis de las diferentes maneras en que se ha ubicado en la historiografía del arte.

En esta "revisión finisecular", lamento la falta de una mirada que integre al teórico, al pintor y al hombre, y que proyecte el análisis de su obra a partir de su momento y hasta nuestros días.

Manuel Rodríguez Lozano, por Ana Isabel Pérez Gavilán | artnexus