Las mágicas imágenes de Julio Larraz son tan enigmáticas como hermosas desde el punto de vista de la técnica. Maestro de la luz y el color, este artista describe el mundo de la realidad cotidiana con el toque de un coreógrafo que diseña cada movimiento dentro del ritmo de una composición musical. Nacido en Cuba, llegó a los Estados Unidos cuando era apenas un adolescente sin ninguna capacitación formal, aunque con un talento para el dibujo, que le permitió sostener su carrera como caricaturista en Nueva York, y que todavía se manifiesta en la precisión de las imágenes que pinta. Esencialmente autodidacta, se inspiró en libros de arte y en su prodigioso estudio de la historia del arte, especialmente en los maestros holandeses y españoles, y en los realistas norteamericanos.
Julio Larraz ha tenido un éxito considerable en las Américas, especialmente en Nueva York, en donde vivió por muchos años, hasta cuando se estableció en Miami a principios de los noventa. Curiosamente, ésta es su primera exposición importante en el área del sur de la Florida. Esta exposición consiste en más de cuarenta obras de arte, incluyendo pinturas, dibujos y esculturas, que son el producto de más de 20 años de trabajo, lo cual demuestra claramente la gama de temas que ha explorado durante todo este tiempo, y su total dedicación a la representación del mundo objetivo.
Sagaz observador de todo cuanto le rodea, desde las semillas de una fruta hasta la efímera naturaleza de las nubes, Larraz está en permanente contacto con la esencia de los objetos más comunes, o los más extraordinarios. Está fascinado con los aspectos concretos de su mundo y con sus formas, y resuelto a monumentalizar y aumentar sus temas con el propósito de examinarlos tanto física como psicológicamente. Todos estos temas, que incluyen bodegones, paisajes, interiores y figuras, hacen parte de esta exposición.

Tal vez en donde más se manifiesta el verdadero impacto de su particular composición, es en sus arreglos de bodegones. Pintados en fuertes y vibrantes colores e imbuidos de la penetrante luz de los trópicos, los objetos toman nueva importancia y un cautivador sentido de presencia. En Study for Jupiter, una acuarela de 1994, el punto focal es un detalle de la parte superior de una calabaza verde; en White Dwarf, 1997, es una cabeza de ajo que proyecta una sombra que es más humana que vegetal. El interés de Larraz no se centra en el objeto en sí, sino en sus cualidades plásticas. Aunque el extraño corte y las composiciones son a veces perturbadores, a él no le interesan las interpretaciones metafóricas, sino la realidad intensificada que puede adoptar un objeto corriente cuando se le mira muy de cerca.
Julio Larraz sugiere que deberíamos pensar en la vista de un insecto que se encuentra con los gigantes de los vegetales, las frutas, la flora y la fauna, que normalmente son indeterminados para nosotros. Un insecto vería una cordillera de picos y sombras en la caja en donde se encuentran espléndidos frutos rojos de la obra Cónclave, de 1995. Las frutas adquieren una apariencia monumental que es tan ilusoria como real. En su obra North of Roswell, pintada en 1991 durante una prolongada estadía en Nuevo México, hay una extraña correlación entre la fruta roja y el arenoso paisaje. La vista a vuelo de pájaro es frecuente en sus obras, especialmente representada en imágenes del cielo y las nubes tomadas desde aviones. Larraz investiga el color, la forma y las propiedades de la textura de todo lo que explora, para luego recrearlo con sorprendente veracidad y arreglarlo como piezas de un gigante juego de ajedrez. Escoge cada movimiento con las cuidadosas maniobras y perspicacia con que lo haría un jugador maestro.
Cuando esta misma habilidad para maniobrar, y coreografiar se aplica a escenas de interiores, el resultado es especialmente enigmático. Por mucho tiempo, el artista ha incorporado a sus pinturas ventanas de piedra que se abren a onduladas colinas o a desiertos océanos. Pueden ser tranquilas, como en Hondo Valley, 1993, o tomar el aspecto de lo humorístico y lo extravagante en Apples and the Moon, 1992, en donde un mono está encaramado sobre un colador de manzanas para mirar hacia los arrecifes que bordean un mar iluminado por la luna. Las sombras son claves para los estados de ánimo que provocan todas sus obras. En The Chart, 1987, una figura ocupa un espacio interior/exterior. Normalmente, Larraz no incluye figuras en sus obras, pero cuando lo hace, los efectos son particularmente dramáticos. Las ambigüedades psicológicas que están presentes en todos sus arreglos objetivos adquieren nuevo significado con el tratamiento de la figura. La mujer de The Chart es su tía, vista desde arriba, quien lleva puesto un tipo de tocado medieval que le da el aspecto de un astrólogo o navegante que estudia lo que parece ser un mapa, o quizás una carta astrológica. Las sombras agregan un misterioso y potente efecto que es además exacerbado por la técnica que combina la exactitud con una peculiar falta de detalles en su rostro. El resultado es desorientador y cautivador. Tales técnicas artísticas y efectos luminosos tienen el mismo inquietante efecto en Itinerant Oracle, 1997, una de las obras más impactantes de la exposición. Un mayordomo con guantes blancos está al servicio de la gran figura de un adivino, quien espera su próxima visita en una plataforma elevada, y el espectador se ve inmediatamente tentado a asomarse por la entrada, llegando a verse implicado en la escena.
Las bellas pinturas de Julio Larraz nos hacen entrar en una realidad mágica que es tan fantástica como lúcida y creíble. Al igual que los diminutos insectos que se enfrentan a sus monumentales gigantes de formas y figuras llenas de color, se nos fuerza a ver el mundo en forma diferente y a compartir el extraño punto de vista panorámico del artista.
CAROL DAMIAN
