A aquellos que ya están familiarizados con las perturbadoras imágenes de recelosos perros que han aparecido por muchos años en las obras de José García Cordero, no deberían tomarles por sorpresa las visiones igualmente atormentadoras de otros animales, peces y naturaleza que presenta en sus obras más recientes. Sin embargo, lo que sí podría desconcertarlos un poco es ver el autorretrato del artista incluido entre sus lienzos dominados por la angustia. La creencia universal en las fuerzas transformativas del artista, que inspira todas sus obras, y la angustia de pintar pueden ser un acto depurador, catártico, que le permite tratar la condición humana.
Para un artista nacido en República Dominicana, los horribles perros, los peces muertos, y su propia figura angustiada pueden adquirir diversos niveles de asociación que van desde la violencia social hasta problemas de inmigración y desigualdad económica y racial.

Más allá de estos conceptos tan serios, en las pinturas de García Cordero hay también un elemento de fantasía que está muy arraigado en su experiencia caribeña. Los pescados asados a la parrilla se confunden con personas asadas en la misma forma, y los gusanos adquieren vida propia como ornamentos estéticos. Al mismo tiempo, su agudo sentido de la línea y el diseño (producto de sus estudios de arquitectura) estabilizan las texturas de la superficie pintada. Mediodía en Montecristi, 1997-1998, parece un elegante batik, aunque en realidad se compone de cabezas y ojos de pescado; más vivos que muertos, estos pescados de ojos brillantes exhiben sus dientes en estrambóticas sonrisas.
En la obra Nubes ciclópeas, 1997- 1998, hasta las nubes tienen ojos, y el arreglo surrealista se hace aún más absurdo mediante escaleras que se conectan (¿para llegar al cielo?) Tal vez ese sea su sueño, retratado en El Sueño de García Cordero, 1997-1998, obra en la cual el artista se ve feliz, encaramado en las ramas más altas de un árbol y rodeado por el cielo y las nubes.
Esta tranquilidad desaparece y da paso a la angustia en Autorretrato con perro en París, 1994-1997, en el cual el artista, acompañado por un monstruoso y repulsivo perro con cabeza de cerdo, parece aterrorizado ante la posibilidad de entrar a un pasillo alfombrado en rojo; mira hacia atrás con temerosa resignación y adquiere la polémica fuerza de uno de sus animales. Aquí, él reemplaza al animal que a menudo retrata. Al igual que los animales tienen miedo de ser atrapados, el artista está en crisis, aislado en un espacio que ha creado para sí, y del cual no existe escapatoria. Es una imagen perturbadora.
Combinando constantemente elementos discordantes y discrepantes y lo normal con lo absurdo, García Cordero hace que el espectador se cuestione sobre sus propias percepciones. Si los animales revelan lo absurdo y lo impredecible de la naturaleza, el retrato del artista contribuye poco a aliviar nuestros temores.
CAROL DAMIAN
